Autor: Navarro, Julia. 
 Las dieciocho horas más largas y angustiosas que ha vivido el país. 
 Pesadilla de metralletas     
 
 Pueblo.    25/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

Los dieciocho horas más largas y angustiosas que ha vivido el país

Ni un sólo momento dejaron de ser apuntados los diputados durante el tiempo que

duró el secuestro No se les permitió hablar, no comieron por

solidaridad y sólo los más débiles tomaban agua con azúcar Tres

diputados médicos, especialmente la centrista Carmen Echave, se dedicaron a

atender a quienes sufrían mareos o bajadas de tensión Adolfo Suárez fue

encerrado en portería, solo Felipe González, Rodríguez Sahagún, Alfonso Guerra y

Santiago Carrillo permanecieron en el salón del Reloj, con la prohibición

expresa de hablarse entre sí

MADRID. (PUEBLO, por Julia NAVARRO.)

Fueron las dieciocho horas más largas, más interminables, más angustiosas, que

vivió el país. Dieciocho horas en que el Gobierno y el Parlamento estuvieron

secuestrados, y todos, con ellos, vivíamos una espantosa pesadilla. Cuando a las

nueve y media de la noche del lunes periodistas y los últimos invitados

abandonamos el palacio de las Cortes, muchos de los diputados sintieron un nudo

en el estómago. Con la Prensa en las tribunas te sentían menos solos, más

acompañados.

Hacia ya una hora y media que miembros de la Guardia Civil habían hecho salir

del hemiciclo a Adolfo Suárez, al teniente general Gutiérrez Mellado, a Felipe

González, Alfonso Guerra, Agustín Rodríguez Sahagún y Santiago Carrillo.

Mientras Adolfo Suárez pasó esas dieciocho horas solo en la portería del

Congreso, constantemente vigilado y apuntado con metralletas por efectivos de la

Guardia Civil, Felipe González, Gutiérrez Mellado, Alfonso Guerra, Carrillo y

Rodríguez Sahagún se encontraban en el salón del Reloj. A estos últimos se les

prohibió terminantemente hablar los unos con los otros. Los colocaron esparcidos

por el salón del Reloj, para que no pudieran hablar, apuntándoles con

metralletas. Los guardias se relevaban cada cinco minutos, después, cada diez, y

ya, a lo largo de la madrugada, cada media hora.

Se les permitió tomar café, que traían los ujieres de las Cortes, y salir a los

lavabos siempre que lo solicitaban. Todos, en silencio, con la mirada perdida,

sintiendo pasar lentamente las horas que marca el viejo reloj que le da nombre

al salón donde se encontraban. Todos mantuvieron una actitud serena; ninguno

intentó hablar. Se limitaron a dejar sentir el peso de las horas.

En la portería, donde se encontraba Adolfo Suárez, acudía con bastante

frecuencia el teniente coronel Tejero para informarse si todo iba bien. A

ninguno de los seis políticos que fueron conducidos fuera del hemiciclo, al

igual que al resto de la Cámara, se les pasaba ninguna información de lo que

sucedía fuera del palacio.

Alfonso Guerra señaló a nuestro periódico que según pasaban las horas iba

creyendo más firmemente que el «golpe» no iba a tener éxito, aunque, eso sí,

mantenía la pesadumbre de pensar que podía ocurrir una «masacre» y que ellos

serian las primeras víctimas. Alfonso Guerra también dijo que, en ningún

momento, sintió miedo, aunque sí una enorme preocupación por lo que podía estar

viviendo el país en esas largas horas.

En el hemiciclo; la tensión dominaba a todos los diputados sin excepción. No

obstante, ninguno de los parlamentarios perdió la calma y todos se mantuvieron

aoarentemente tranquilos. Hubo momentos de miedo. Por ejemplo, hacia las diez de

la noche, cuándo el teniente coronel Tejero. obsesionado por el temor a que le

cortaran la luz del palacio, mandó a varios efectivos de la Guardia Civil que

trajeran material con el que poder encender una hoguera. Miembros de la Guardia

Civil se dedicaron a romper sillones y sillas, mesas, etc., y organizaron una

especie de pira sin encender, dispuesta a prenderle fuego si apagaban la luz. El

servicio técnico del Congreso le explicó repetidamente al teniente coronel

Tejero que no se podía cortar la luz desde fuera, ya que el palacio cuenta con

un grupo propio. En ese momento cundió el miedo, ya que el teniente coronel

Tejero dio orden de disparar si alguien se movía de su asiento o hacía cualquier

movimiento que pudiera resultar sospechoso.

Cada media hora, aproximadamente, se permitía que algunos diputados fueran a los

lavabos. Los parlamentarios decidieron, unánimemente, no tomar ningún alimento,

y esta postura la mantuvieron a lo largo de las dieciocho horas, en que en

algunas ocasiones se les ofreció algo de comer. Sólo bebían agua de los lavabos

mezclada con azúcar que Carmen Echave, de UCD, médico, llevaba a los más

decaldos. La diputado centrista, junto con otros dos diputados médicos también,

el socialista Donato Fuejo y el centrista Carlos Gila cuidaron durante esas

horas de todos aquellos compañeros que sufrieron indisposiciones.

Gracias a un transistor de bolsillo que llevaba Fernándo Abril Martorell, y a

unos cascos que dejaron abandonados los periodistas de una radio, los diputados

podían, silenciosamente y con gran temor, ir enterándose de las noticias que

pasaban en el exterior.

Hacia la una y treinta de la madrugada, el teniente coronel Tejero se dirigió a

la Cámara para decirles que la II, III, IV y V Capitanías Militares habían

secundado el golpe y que el teniente general Milans del Bosch pasaba a ser el

nuevo presidente del Gobierno.

Esta noticia intranquilizó a los diputados, que, con grandes dificultades,

obtenían noticias del exterior, casi, casi, con el «tan-tan» de los murmullos de

unos a otros, contándose lo que se escuchaba en la fila de Abril Martorel, que

era quien tenía el transistor, o lo que oían a través de los cascos olvidados

por los colegas dé la radio cuando sallan del hemiciclo para ir al lavabo.

Durante toda la noche se les instó a permanecer en silencio y sin moverse.

Los d i p u t a d o s, según transcurrían las horas, y por las declaraciones que

hicieron posteriormente, tenían cada vez más la sensación de que el teniente

coronel Tejero no se encontraba psíquicamente bien, a pesar de que mostraba una

gran tranquilidad.

El presidente del Congreso, Landelino Lavilla, sufrió numerosas humillaciones a

lo largo de esas dieciocho horas. Le hacían levantar el dedo para pedir ir a los

lavabos.

Ya en la madrugada el diputado centrista Joaquín Satrústegui, desde su escaño,

increpó al teniente coronel Tejero diciéndole que él era amigo personal del

teniente general Miláns del Bosch y no le creía capaz de sublevarse en contra

del Rey y pidió hablar con el capitán general de Valencia. El teniente coronel

Tejero no respondió.

El incidente más grave de esas dieciocho horas se produjo hacia las ocho y media

de la mañana, cuando Manuel Fraga Iribarne se levantó de su escaño y.

dirieiénr´ose al teniente coronel Tejero, le dijo que la operación había

fracasado y que eso era un atentado intolerable contra la democracia.

Varios diputados gritaron «¡Viva la democracia!» y «¡Viva la Constitución!» e

inmediatamente los miembros de la Guardia Civil les amenazaron con disparar sí

no callaban. Fraga se abrió la chaqueta y gritó: «¡Disparen!» Este gesto fue

secundado por e! ministro de Cultura, Iñigo Cavero, que también se puso en pie y

gritó: «¡Disparen!» Fraga dijo que nadie como él había defendido a la Guardia

Civil y que esa actitud mantenida era intolerable.

También señaló, cuando le intentaban sentar a la fuerza en su escaño, que «a mí

no me pone nadie la mano encima». En ese momento el teniente coronel Tejero le

replicó: «No, le pongo las dos», y le sacó de la sala con la ayuda de otros

números de la Guardia Civil.

La Cámara se quedó sin respiración durante este episodio. Todos los diputados

pensaban que se podía haber organizado una matanza si el teniente coronel Tejero

o alguno de sus hombres pierden la calma y hubiesen disparado, al hemiciclo.

Las dos últimas horas fueron las más angustiosas. Los diputados eran conscientes

de que algo se estaba negociando, de que había algún movimiento.

No obstante, les sacudía el miedo al escuchar a un teniente de la Guardia Civil

repetir de cuando en cuando: «De aquí nos echan a tiros y nos vamos matando.»

Casi no se lo podían creer cuando hacia las once de Ja mañana se les dijo que

iban a abandonar la Cámara.

Algunos pensaron que era una broma de mal gusto. El teniente coronel Tejero, muy

serio dirigiéndose a ellos, parece ser que les dijo: -Yo depongo en mi actitud y

a mí me esperan por lo menos veinte años en prisión: ustedes están libres.»

Numerosos diputados le con testaron que esa era la actitud más sensata para

todos y el mejor final.

 

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