Autor: J. R. A.. 
   Ante la libertad amenazada     
 
 Pueblo.    25/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

ANTE LA LIBERTAD AMENAZADA

UN importante diario francés ha titulado su editorial «Los viejos demonios de

España», como si fuésemos país sin remedio, proclive a través de los siglos a

los golpes de Estado y a las conmociones nacionales.

Nada es hoy más inexacto, pese al tremendo suceso del lunes, cuando un teniente

coronel que debía estar vigiladísimo por todos los servicios de seguridad del

Estado pudo apoderarse del Parlamento y del Gobierno con dos centenares de

guardias, de los cuales sólo un grupo muy pequeño sabia de qué se trataba,

porque los demás fueron llevados o arrastrados por la ciega disciplina que

imponen las ordenanzas hechas hace siglo y medio por el duque de Ahumada,

sobrino, por cierto,- de aquel duque de Bailen que jamás en su larguísima vida

militar se sumó a nada que le desviase del culto de las ordenanzas.

El mundo se estremeció ayer con nuestra peripecia interna, sumándose con el

corazón y la cabeza a la causa de nuestra democracia, como al parecer lo

hicieron llamando por teléfono al Rey el Presidente francés y el Presidente

norteamericano. ¡Qué lástima que esa conmovedora nota de las Comunidades

Europeas declarándonos su amor no tenga vigencia cotidiana! Ahora, y tras el

restablecimiento de la normalidad, darán comienzo las necesarias acciones

judiciales.

Tejero y los suyos estarán pronto en prisiones militares, y el general Miláns

del Bosch ha sido arrestado y cesado en su mando. ¿Recuerdan ustedes que el

primer Miláns del Bosch fue un intimo de Prim, destacado siempre por sus ideas y

sus generosas conductas liberales? Antes de condenar, hagámoslo con sumo

cuidado, dejando que en su día se pronuncien los tribunales. Anteayer fueron la

conducta del Rey y la prudencia del Ejército lo que salvó a las libertades. Nada

sería ahora más necio que caer en antimilitarismos ingenuos y trasnochados. El

Ejército es una grande e imprescindible ortopedia, que ha de quedar limpia de

sospechas y de ruindades.

AHORA se trata de que todos aprendamos la tremenda lección, y contribuyamos

desde nuestra vida civil a la defensa de la democracia. El pueblo está cansado

de partidos chocando diariamente, de grupos innecesariamente enfrentados, de

líderes obstinados en llevarse la contraria mientras este gran barco que se

llama España navega a veces a la deriva, dejando solo al timonel mientras todos

se pelean en la sala de máquinas. ¿Habremos aprendido ayer la dura lección de

que en esta discusión los conejos —recordemos la fábula— fueron sorprendidos por

los podencos, que estuvieron a punto de devorarlos? Hemos pasado por una

tristísima aventura tercermundista, como pudiera suceder o ha sucedido en

Liberia o en el Yemen, pongamos por caso, y nuestra democracia padeció en su

limpia ejecutoria un gravísimo percance. ¿Qué hubiera sido de todos, si el Rey

no hubiera asumido su altísima y delicada función de llevar con tino y tacto las

riendas del Estado? La Monarquía ganó ayer ante la opinión pública puntos muy

importantes, y no parece que desde Carlos III hasta hoy hayamos tenido los

españoles un Soberano semejante.

¿Estamos seguros de merecerlo, mientras todos nos tiramos los trastos a la

cabeza, olvidando que gústenos o no navegamos en el mismo barco? Sin el Rey Don

Juan Carlos, ayer hubiéramos vuelto no solamente al siglo XIX, sino que

hubiéramos hecho méritos para el manicomio de Ciempozuelos, pongamos por caso.

«En cada esquina, cuatro mil poetas», exageró un día Quevedo. Luego, en cada

esquina cuatro mil locos, contando por lo bajo.

Y sin embargo, ayer fue un día de prueba para las instituciones, para el

Parlamento, para el Gobierno, para la democracia... La institución regia quedó

por encima de todo, como apaciguadora de los pasionales incendios de nuestras

almas. El Parlamento, secuestrado, no se tiró por las ventanas —¡ay, Señor, ni

esa opción le dejaron!— y los ministros se portaron con coraje, comenzando por

Suárez, que se opuso a cuerpo limpio a la coacción, y por el general Gutiérrez

Mellado, que rehabilitó su valor ´demostrado.

¿Han aprendido los partidos y los políticos la lección tremenda del 23 de

febrero, que prueba que para la defensa de la democracia y de la libertad todos

hemos de ser solidarios? Casi sin excepciones, los políticos salieron de su

entrevista con el Rey llevando como miel en los labios, pero esas palabras

habrán de ratificarlas con las conductas inmediatas. Hoy Calvo-Sotelo se

presenta a la investidura como presidente, y bueno sería que aprendida la

lección lograse la mayoría absoluta, consiguiendo los pocos votos que antes le

faltaron. Hemos de probar que ante los desafios a la democracia somos

solidarios, y que algo hemos aprendido de la gran locura del 23 de febrero, una

fecha miliar en nuestra historia contemporánea. Terrible seria que de la enorme

lección del lunes último no hubiéramos aprendido nada. Discutamos, pero

conllevémonos, que es lo que hace falta.

UN ilustre profesor de Historia ha comparado los sucesos del 23 de febrero con

la entrada de Pavía en las Cortes, y lo cierto es que no se.parecen en nada.

Tejero interrumpió una votación normal, con plena paz en España, mientras Pavía

se adueñó del Poder cuando éste se encontraba en la calle, y al día siguiente

convocó a los políticos, que de común acuerdo nombraron presidente del Ejecutivo

al inevitable general Serrano.

Pavía logró el orden en la nación, mientras Tejero encabezó ´un «putsch» de

lunáticos. Por eso puede decirse que lo sucedido el lunes nada guarda en común

con el histórico suceso del 3 de enero de 1874, y exagerando algo podría decirse

que ahora en nuestro Parlamento no ha entrado ningún Pavía, y solamente el

caballo, sin descartar que aquel noble bruto acaso tuviese más sesera que los

sublevados de hogaño. Lo que el lunes fracasó fue una estrategia de cafetería,

digna de pasar negativamente a todos los manuales del arte. Los medios de

comunicación ganaron a su modo una batalla. Los micrófonos de la SER pudieron

más que doscientos guardias civiles, comprometidos, pero mal mandados. Con las

«mass media» sueltas no hay golpe de Estado que gane.

AHORA, señores, tratemos todos de salir del bache, que a veces parece trampa de

lobos tendida a la democracia. Habrá hoy —lo imposible no se repite dos veces—

un Gobierno de Calvo-Sotelo, que sucede a la transición que ha llevado con

difícil pero buen pulso Adolfo Suárez. ¿Pero de dónde ha salido la idea

demencial de que en todo esto Suárez tenga la culpa de nada, a no ser que

asumiese, y ni los tuvo ni los quiere, poderes dictatoriales? Vamos a entregar

el Poder a un hombre cauto y frío, que tiene el mismo oficio que Sagasta y que

Echegaray, ambos ingenieros de caminos; que toca al piano partituras de

Beethoven y que con su telescopio contempla en los días claros las profundidades

estelares.

Es bueno tener un jefe de Gobierno con los oídos hechos a la música y los ojos

al cielo, además de mirar con mucho cuidado el suelo que .tiene delante. Hemos

salido 37 millones de españoles de una aventura tremenda, y oportuno será que de

ella saquemos las consecuencias naturales. ¿O vamos a esperar que en cada

ocasión el Rey nos saque de] pozo, sin poner nada por nuestra parte? Entiéndanse

los partidos, sosiégúense las ideologías, cálmense las huelgas, modérense las

querellas y los enfrentamientos innecesarios. Nuestra democracia es todavía

planta muy frágil, a la que no es posible tratar como a roble centenario. O

aprendemos la lección del 23 de febrero o seremos pueblo sin remedio, navegando

a la deriva guiado por los viejos «demonios de España». Así, ni recogeremos

cosecha ni iremos colectivamente a ninguna parte. Lo que no aprendamos ahora

tendremos dramáticamente que repetirlo mañana. Que la luz verde del sentido

común se encienda para esta estremecida España.

/. R. A.

 

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