Todo un Rey, todo un pueblo, todo un gobierno     
 
 Ya.    25/02/1981.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

25-II-1981

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Todo un Rey, todo un pueblo, todo un Gobierno

DE bochorno fue nuestra primera reacción ante el golpe de Estado y de bochorno

continúa siendo después de su fracaso. Se trata del suceso más grave que se ha

producido en España durante los últimos cuarenta y cinco años. No vale limitarse

por eso al relato de lo que sucedió, por muy circunstanciado que sea, ni pasarlo

por alto como un incidente del camino; hay que ahondar en su significado, causas

y consecuencias, y eso es lo que nos proponemos hacer. Pero en esta labor, e

inmediatamente después del bochorno que nos produce el que acontecimientos de

esa naturaleza puedan tener aún lugar en nuestro país, brota, y así lo hemos

puesto ya de manifiesto, la reacción de orgullo ante los hechos eminentemente

positivos, que pueden ser el mejor punto de apoyo y la base más sólida ante el

porvenir.

Todo un Rey

EL nombre del Rey está en todos los españoles, de cualquier condición e

ideología, como el de quien una vez más, ante una ocasión decisiva, ha salvado

la paz y la convivencia.

Don Juan Carlos se na consagrado definitivamente, si es que le faltaba esta

prueba, como el eje insustituible. En efecto, ha tenido el pulso firme para

marcar, recordándolas y ejerciéndolas, las tres características esenciales de la

democracia: se ha ocupado de que las instituciones funcionasen, constituyendo en

reunión permanente a secretarios de Estado y a subsecretarios; ha respondido a

la violencia con la serenidad y la razón, y ha ordenado, en uso de sus poderes

militares, que el Ejército proteja la Constitución. Salvando a la democracia, ha

salvado al país. Se ha estrechado aún más, en consecuencia, la comunión de

confianza y afecto entre el pueblo y la Corona. Como con justicia se le

calificaba recientemente en el título de una biografía, don Juán Carlos de

Borbón ha confirmado que es todo un Rey.

Todo un pueblo

PERO una vez más también se ha confirmado que este pueblo español, tan

denigrado, es todo un pueblo. Bien podemos decir que del Rey abajo, todos,

porque unánimemente se ha manifestado un pueblo cuyo comportamiento, contra

engañosas apariencias, revela que posee unas autodefensas que ni la extrema

derecha ni la extrema izquierda le quieren reconocer.

Por ello esta aventura puede servir providencialmente como prueba de niego para

nuestra democracia y el final del trauma «nostálgico» siempre latente de la

amenaza de un golpe de Estado.

Si se analizan los comunicados que han realizado los hombres de segunda fila de

los partidos políticos, de las organizaciones sindicales y profesionales y de la

Administración pública, se observa que, sin necesitar la inspiración de sus

líderes, todos secuestrados en el Congreso, son un modelo de sensatez, sentido

de responsabilidad, patriotismo y conciencia de lo que es una sociedad adulta.

Lo mismo se puede decir del comportamiento de todos los sectores sociales, desde

las familias hasta quienes trabajan en los puestos más diferentes; dentro de la

natural preocupación, nadie ha interrumpido sus quehaceres normales; todos han

seguido en ellos como si no estuviera pasando nada.

Y nada puede pasar, efectivamente, cuando un pueblo se comporta así.

Por eso, quienes mantuvieron la idea falsa de que ésta es la misma España de

otros tiempos, en los que, ante un suceso como el que comentamos, los españoles

se hubiesen lanzado a la calle a matarse, tenían que estrellarse contra el muro

de una realidad social que ni siquiera sospechaban. ¿Qué podría hacer un país

«ingobernable» —se dirían— si conseguían secuestrar a toda su clase política,

Gobierno incluido, y cómo no iban a ser ellos quienes llenasen el consiguiente

vacío de poder?

Pero no ha habido vacío ni ingober-nabilidad, ni éxito, por lo tanto, de los

«golpistas». Podemos pensar que éstos especularon también con el descontento de

muchos ante la marcha de las cosas. No conocían, repetimos, la España de 1981.

Incluso los españoles más desilusionados han gritado con dolor: «así no». La

teoría de los golpes de Estado, de la excepcionalidad como regla, de las

dictaduras sin salida, no la aceptan ya los españoles. A la fuerza de la razón

ya no puede oponerse la razón de la fuerza.

Minuto a minuto fue el país siguiendo, expectante, el desarrollo de los

acontecimientos, que desde él principio calificó de disparatados. Cuando el Rey

se dirigió a su pueblo a través de la televisión, con palabras tan breves como

inequívocas y rotundas, la suerte de la aventura estaba echada; el desenlace era

solamente cuestión de tiempo.

Todo un Gobierno

NOS parece bien que el presidente del Congreso haya convocado a la Cámara para

que hoy reanude sus funciones en el punto mismo en que fueron violentamente

interrumpidas. El «decíamos ayer» con que legítimamente podría iniciarse la

sesión estaría sobradamente justificado, pero, naturalmente, no se trata sólo de

dar lugar a una rememoración erudita, sino de que España tenga cuanto antes un

Gobierno. Ahora bien, no puede tratarse de un Gobierno cualquiera, sino de lo

que hemos llamado «todo un Gobierno».

La democracia es flor delicada. E igual que no tolera las actitudes violentas,

no se compadece tampoco con las actitudes indecisas. De hoy en adelante van a

tener que cambiar cosas en España.

La primera de todas es la que seguramente está en el fondo de los

acontecimientos que deploramos; porque, al decir que hace falta un Gobierno para

que llene el vacío de poder existente, no nos referimos simplemente a la falta

de un sucesor del presidente dimitido, sino a quien realice esa política que

venimos pidiendo desde hace tiempo; y es que, como hemos dicho innumerables

veces, cuando falta la autoridad o ésta es débil, acaba siendo la fuerza la que

aspira a ocupar su sitio, y cuando la política menor desplaza en los Gobiernos a

la gran política, se abre la puerta a las mayor.es audacias de los

irresponsables, que nunca faltan en ningún país, y en los que el nuestro ha sido

siempre pródigo, precisamente porque la debilidad del poder ha sido crónica en

nuestra historia. Nunca como ahora podemos comprender que si se quiere

democracia ésta ha de ser una democracia fuerte.

¿Cómo conseguirlo? No hay más que un camino, y es la asistencia general al

Gobierno; sólo que, por su parte, este Gobierno no podía lograr esa asistencia

(no necesariamente a su investidura, sino a su política posterior), más que

remontándose al plano de los grandes problemas nacionales pendientes que todos-

los partidos pueden sentir como propios. El cambio de actitud de la minoría

catalana, del que nos ocupamos separadamente, es un síntoma prometedor, pero

tampoco queremos limitar este comentario a

una votación de investidura ni a la asistencia a un Gobierno: es mucho más lo

que pedimos.

Lo que debe cambiar

DE ahora en adelante va a tener que entenderse que la. guerra contra los

extremismos de derecha y de izquierda no es única ni primordial mente un

servicio de las Fuerzas de Orden Público, sino un compromiso social. Aunque no

exista la-más remota justificación de los hechos que hoy deploramos, /puede

desconocerse su relación con lo dicho? Aquellos polvos, podríamos recordar,

trajeron estos lodos.

De ahora en adelante los partidos políticos van a tener que entender que la

España que deseamos no se puede constituir sin el esfuerzo de todos y no

mediante la reticencia de todos, menos el partido gobernante. La táctica del

«sí, pero...» va a tener poco que hacer. No se puede nadar y guardar la ropa y,

o salvamos entre todos lo sustancial, o nos jugamos todos hasta lo adjetivo. El

pueblo espera una política de realidades y la democracia no es lan holgada ni

tiene tan anchas espaldas que pueda soportar las veleidades partidistas.

Y de ahora en adelante, sobre todo, unos y otros, en lugar de exigir por

sistema, han de aprender a reconocer. Reconozcan las izquierdas que no ha habido

en la historia otro caso de unos núcleos de poder consolidados durante cuarenta

años que, conservando los instrumentos de poder, cedan voluntariamente sus

posiciones privilegiadas y acepten compartir sin reservas sus ventajas.

Reconózcanlo y no fuercen el proceso. Reconozcan las derechas que hay que

abandonar ciertos talantes que inconcebiblemente se mantienen y de que de una

España plural y socialmente avanzadas no pueden obtenerse más que beneficios

para el conjunto. Y unas y otras reconozcan que no son enemigas, sino

complementarias, y que la verdadera línea divisoria no es la que las separa,

sino la que a todas ellas en su conjunto las separa por la derecha y por la

izquierda del irracionalismo de los extremismos que, alternativa o

simultáneamente, zarandean y ensangrientan a este pobre país.

Las horas de incertidumbre y angustia vividas en común en el Congreso, ¿no

habrán facilitado decisivamente lo que pedimos? Tenemos todo un Rey, somos todo

un pueblo; ¿no podemos aspirar a tener también todo un Gobierno?

ya

 

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