Autor: Blanco Vila, Luis. 
   La mañana de los rehenes cansados y los ocupantes vencidos     
 
 Ya.    25/02/1981.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

La mañana de los rehenes cansados y los ocupantes vencidos.

«Los que peor lo pasaron fueron los fumadores.» Enrique Sánchez de León, ex

ministro de Sanidad, diputado por Badajoz de Ucd y hasta hace unos días

expulsado del partido, tiene la barba poblada. La intensidad en las vivencias —

dicen— hace crecer la barba más que tiempo real transcurrido.

En la primera fila del tendido de la carrera de San Jerónimo, mientras un

corresponsal de la televisión francesa decía: «Voila, le Roi d´Espagne a sauvé

la democratie», ios señores diputados reciben los primeros abrazos y los

primeros vítores tin face» a las doce y un minuto. El encierro había durado, en

total, veinte horas; la tensión un poco menos, casi dieciocho.

Los restos del festín

La mañana, fría y luminosa, tenía buenos presagios. Había que llegar hasta la

primera fila y no era fácil. La verdad es que con el brazalete rojo del

Ministerio del Interior (prensa), la Policía Nacional no puso especiales

dificultades. Una mirada discreta era suficiente para bordear por dentro el

círculo policial en torno a te plaza de Neptuno. A las puertas del Palace, un

grupo de esposas de diputados se consuela como puede. «¿Crees que acabará

bien?», pregunta una mujer pequeña, de pelo rizado, que después identifico como

esposa de un diputado socialista. «Eso está hecho», respondo entre convencido y

deseoso de que así sea.

Con el pretexto de una condición policial que algunos quieren adivinar y que yo

no trato de desmentir, llego hasta la primera fila. He dejado atrás unos

pequeños grupos que gritan «libertad», «Constitución», que, en algunos momentos

se enfrentan a puñetazos con otros que piden «Tejero, mátalos». Es un

espectáculo bochornoso bajo el sol acariciador. Los pies, en cambio, sufren los

efectos de una temperatura que raza los cero grados.

En la primera fila hay algunas dificultades. No se trata sólo del cordón de la

Guardia Civil —mucho más enérgica que la Policía Nacional—, sino, incluso, de

las canastas de plástico llenas de botellas de cerveza vacías. En un momento

dado, un número de la Guardia Civil me pone la metralleta al pecho: he dado una

patada a una cafetera —tal vez tetera-metálica que está en el suelo junto con

otros adminículos de servicio urgente. Pero no me asusta demasiado el contacto

con el cañón. La tarde anterior fue mucho más emocionante, cuando el teniente

jovencito —ayudante del «salvador», como se le llamaba a Tejero desde el suelo

del Congreso— dijo muy serio que mientras no se le descerrajara la cabeza a

alguno de los traidores que estaban en el hemiciclo no iban a aprender.

A las once de la mañana, con un sol radiante, la carrera de San Jerónimo

presentaba el aspecto de un escenario con restos del festín. Un festín doloroso,

amargo, con una gran resaca moral al fondo. Han comenzado a llegar los autocares

de la Guardia Civil, algunos «jeeps» y algún minicar de empresas privadas. En

uno de estos últimos, que contamina horriblemente cuando calienta motores, los

números de la Guardia Civil que han sido relevados de mañana dormitan como si

con ellos no fuera el espectáculo.

Veo en el centro del círculo, campando sin obstáculos, al gobernador civil,

Mariano Nicolás, con oíos de cansancio; el coronel Estrada, con su Policía

Municipal —él de paisano, como siempre—, y el concejal de Ucd Antonio Vázquez,

parecen más descansados. Es la espera última que todavía se prolongará una hora

más.

Los últimos esfuerzos.

A las once y media hay una docena de autocares que se van colocando frente a la

fachada del Congreso de los Diputados. Las ocho diputadas que han salido una

hora antes no acaban de marcharse.

Quieren esperar la salida —está cantada— de sus compañeros de escaño. Carmen

García Bloise, que lleva en la billetera unos cuantos miles de pesetas, no

encuentra, en cambio, su acreditación y se pone nerviosa.

La Policía Nacional ha hecho cordón entre la prensa y la Guardia Civil, sin que

esta se retire. Pero manda la Policía y dejan que Carmen entre en el círculo

abierto y suba por la carrera de San Jerónimo arriba. La Policía se muestra

correcta, pero inflexible.

De vez en cuando nos empujan con la culata de sus armas, pero lo hacen con

amabilidad. «No podemos decir nada», responde un agente que parece dotado de

mayor autoridad. Las emisoras de radio están dando las condiciones que, al

parecer, ha puesto el teniente coronel Tejero para entregarse y rendir la

«plaza» del Congreso: él asume, toda la responsabilidad, se entregará en el

palacio de El Pardo (sic) —después rectifican y dicen «en el acuartelamiento de

El Pardo»— y no quiere que esté ningún fotógrafo en el momento de su salida del

palacio.

El fiscal general del Reino dice que está todo convenido, que conoce al detalle

las condiciones (ya aceptadas), pero que no puede decir cuáles son. Son las once

cuarenta cuando Gil Albert tranquiliza con estas palabras a la multitud. Miles

de personas están a la espera. Está todo resuelto. Primero (según el fiscal)

saldrán las fuerzas de ocupación y después los «rehenes». Los generales Armada,

Aramburu Topete y Sáenz de Santamaría dirigen las últimas operaciones. Van

llegando los coches oficiales, entre ellos el del presidente del Congreso,

Landelino Lavilla. Un cartero, con su carga en bandolera, pretende subir por la

calle del Prado arriba, pero se lo impide la Policía. «Llevo una carta urgente»,

dice. Es inútil. Y se queja: «Pues vaya manera de dejarle cumplir a uno con su

deber.» A las once cuarenta y tres corre el rumor de que ha salido el todavía

presidente en funciones, Adolfo Suárez; pero no es cierto.

Los motoristas de escolta penetran en el patio, entre los dos edificios del

Congreso. A las once cincuenta, el general Sáenz de Santamaría sale, una vez

más, del edificio del Parlamento. Es el punto final en la negociación. Le

acompaña un nutrido grupo de policías de escolta. «Estamos en los minutos de

descuento», dice, como si se tratara de un «match» de fútbol. De pronto, a

través de la Ser, se escucha la voz de un oficial (la autoridad en el mando lo

delata) que, dentro del hemiciclo, ordena: «Salgan uno a uno.» Y también la

firme voz de Landelino Lavilla que, fiel al reglamento, anuncia: «La mesa ordena

la salida. Tengan la bondad de ir saliendo las primeras filas de diputados.

Tranquilidad, tranquilidad. Permanezcan en su sitio. Es igual» Unos segundos

después, el presidente del Congreso, siempre en su papel, convoca de nuevo a los

diputados: «Se reúnen mañana las Cortes y el pleno es a las cuatro de la tarde.»

La apoteosis

. Está claro que van a salir antes los diputados que los ocupantes. Ha sido, al

parecer, una de las contra-condíciones que han puesto los generales que han

negociado con Tejero. Y salen, en efecto, a las doce y un minuto. Al primero que

veo es al socialista vasco Solchaga, con otro a quien no identifico. Suenan los

primeros aplausos y se escuchan de nuevo los gritos de «Libertad» y

«Constitución».

Los aplausos van a más, aunque ño son cerrados. Hay emoción. Y ya se sabe que la

emoción es enemiga de la unanimidad. Empiezan a aparecer las caras más

populares. La señora pequeñita, de pelo rizado, que pretendía abrazar a su

marido, lo hace y baila con él en un abrazo largo y falto de equilibrio en medio

del círculo vacío, que ahora comienza a poblarse de diputados. Carlos Sentís,

Enrique Múgica, Sánchez Terán, Rafael Calvo Ortega, que Hora a lágrima viva...

Aparece Enrique Tierno Galvan, el del falso infarto; parece nuevo. Los aplausos

se intensifican al verle. Tiene el coche allí mismo y se le abre paso

fácilmente.

Después viene Antonio Giménez Blanco, el presidente del Consejo de Estado, que

penetró´la tarde anterior en el Congreso cuando ya estaba ocupa-

do por los asaltantes. Me da la mano emocionado. Le pregunto por los líderes que

fueron llevados a una habitación: los Suárez, Felipe González, Carrillo y demás.

«Han vuelto al hemiciclo y salen ahora mismo.» Lo hace Abril Martorell, muy

entero y fumando con la avidez de siempre. «Era el único que tenía «transistor»,

dice un diputado; «gracias a él pudimos escuchar el mensaje del Rey».

Veo a Enrique Sánchez de León, y lo llamó a voces. Me ve. Le hago señas de que

se acerque y me dice, con la mano, que espere. Su preocupación está en otro

lugar. Busca a Santa, su mujer. Tampoco yo la he visto. Le digo que seguramente

estará en casa. Por fin nos dan permiso para bajar al aparcamiento, donde tengo

el coche desde la tarde anterior.

Antes, forzando un poco la ya menos densa línea del cordón de la Policía,

acierto a vislumbrar —no

me atrevo a decir que lo veo— la salida de los «ocupantes». Van entrando en los

autocares dispuestos frente a la fachada. Según me dicen —imposible verlo—, el

teniente coronel Tejero, al que se ha unido, y con quien se ha solidarizado, el

capitán de navio Camilo Menéndez (el del «atache», todo serio él, con un corte

de pelo casi franciscano), va dando la mano uno a uno a los guardias civiles que

han estado bajo sus órdenes —muchos sin saber lo que estaban haciendo; eso es

cierto, yo mismo pude comprobarlo mientras duró mi «encierro»— durante las

dieciocho horas de la ocupación. Algunos llor an y son consolados, con un golpe

en la espalda o la mejilla, por los propios policías que los reciben.

El teniente coronel Tejero es conducido en un 1500 negro del Parque de la

Guardia Civil. Ha terminado, por ahora, la larga noche de las pistolas y las

metralletas apuntando contra la democracia. El mundo entero comparte nuestro

bochorno.

Las Fuerzas nos abren paso por Neptuno y el paseo del Prado. Tranquilamente

conduzco a Enrique Sánchez de León hasta su casa, casi al lado del Bernabéu.

Tiene hambre y sueño. «Algunos han dado cabezadas; otros, ni eso. Hemos pasado

hambre. Nos han dado agua y algunos paquetitos de azúcar. Por la mañana he

podido beber un vaso de leche.»

Me invita a subir a su casa, pero declino la invitación. Ya sé que me pierdo una

escena emotiva, pero qué más da Conviene mantener la cabeza fría para meditar un

poco. La agencia alemana de noticias —me llama Antonio Pelayo desde Berlín y me

da, de paso, la noticia de la concesión del Oso de Oro a la película de Carlos

Saura— acaba de decir que habrá en España un Gobierno de coalición. «Deprisa,

deprisa...» es el título de la película de Saura. Deprisa, deprisa... parece ser

la consigna para el futuro. «Voila, le Reí a sauvé...» Deprisa, deprisa urge

cerrar la herida y recomponer la túnica de la vida nacional. Deprisa... Pero el

sol aconseja rumiar las cosas más despacio. Es el cansancio, no el sol. Estamos

cansados, abochornados, rotos. Y ahora hay que escribir. Hoy —mañana cuando

escribo— habrá que volver al Congreso. Hay, de nuevo, investidura.

Luis BLANCO VILA

 

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