Autor: Soriano Vázquez, Lucio. 
 Testimonio de un fotógrafo de Ya. 
 Yo estaba en las Cortes     
 
 Ya.    25/02/1981.  Página: 13. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Testimonio de un fotógrafo de YA

«Yo estaba en las Cortes»

«Mi experiencia ha sido terrible. Yo estaba cumpliendo con mi obligación, con

esa sagrada obligación que tenemos los periodistas dé vivir la noticia. Como en

tantas ocasiones, me dispuse a cubrir el servicio gráfico de las Cortes; en esta

ocasión se trataba de la investidura del candidato don Leopoldo Calvo Sotelo.

A las cuatro menos diez entraba en el Palacio de las Cortes, con tiempo

suficiente para pasar el acostumbrado control. Nuestro control no es rutinario,

pese a lo que crean muchos lectores. Nos conocen, pero siempre pasamos por la

Policía, que nos saluda, pero al mismo tiempo nos registra la mochila donde

llevamos las máquinas, los carretes y todos aquellos adminículos propios de

nuestra profesión. Ya estamos acostumbrados y no nos molesta; es más, muchas

veces gastamos bromas con los agentes.

Una vez dentro del hemiciclo, me situé en el pasillo de tránsito obligado para

todos los diputados. Naturalmente, aprovechamos para hacer las primeras placas;

es el momento más tranquilo, ya que después, cuando comienzan las sesiones,

tenemos que estar muy rápidos de reflejos para captar cualquier gesto, cualquier

postura, cualquier ademán. Antes de comenzar la sesión ya estaba yo en el punto

asignado para los redactores gráficos. Me disponía a plasmar todas las

intervenciones de los distintos parlamentarios. Había consumido un carrete que

fue enviado al periódico para ir adelantando la información. Recuerdo que eran

aproximadamente las seis de la tarde, seguía la musiquilla del secretario

nombrando a los distintos diputados, y éstos, a su vez,dando su voto. Habrían

pasado unos veinte minutos más cuando algo me llamó la atención. No es usual que

se interrumpa una votación, y observé que el secretario se cortaba a la hora de

pronunciar el siguiente nombre.

Preparé la máquina. Allí podía haber anécdota más que suceso, ya que pensé que

se había encasquillado con un apellido raro, y siempre es noticia dentro del

aburrimiento general que supone una votación. Cuando veo entrar a un tropel de

guardias civiles, por ambas puertas del hemiciclo. El secretario seguía callado

y yo observé los movimientos que se producían. Todo fue muy rápido. Un guardia

civil subió a la presidencia. Un guardia civil, que después supimos se trataba

del teniente coronel Tejero, y vi como con su pistola amenazaba al presidente de

la Cámara. Rápidamente pensé que se trataba de un comando de Eta militar. La

ocasión era la más pintiparada para disparar mi máquina.

No lo dudé. Apretaba el disparador tratando de coger todos los detalles, cuando

de pronto escuchamos un vozarrón que nos conminaba tirarnos al suelo. ¡Paca-

mora! Se oyeron ráfagas de metralleta. Yo, hubo un momento que no sabía de qué

iba aquello. Pero observé que a mi alrededor todos se tiraban al suelo

rápidamente. Por mimetismo, por no sé qué, yo también estaba tumbado, pero aún

estando encima de algún compañero, traté de disparar la máquina, de captar el

documento. Creo que hice dos o tres disparos. En el fondo, aunque amedrentado,

yo estaba muy orgulloso y contento. Tenía, eso pensaba, unas fotos

extraordinarias, unos documentos impresionantes.

Claramente escuchaba las órdenes que continuamente nos daban: «Que nadie se

mueva...» «Aquí no pasa nada, pero que nadie se mueva.» ¡Paca-mora! Estuvimos

como unos doce minutos con la nariz plegada al suelo. Estaba muy incómodo, a

pesar de que seguía encima de la espalda de un compañero. Nadie hablaba, todos

obedecíamos y apenas nos movíamos como no fuera para respirar hondo. Otra orden

nos llegó claramente. «Pueden levantarse y sentarse poniendo las manos encima

del pupitre. Nosotros, los fotógrafos de prensa, no tenemos pupitre, por lo que

intuitivamente nos sentamos poniendo las manos muy a la vista. El tiempo pasaba

lentamente. No puedo decir exactamente cuánto tiempo estuvimos en esa

posición..., una. hora, hora y media, no sé.

Algunos diputados se movían, iban a los servicios. A mi espalda había un

sargento de la Benemérita. Yo lo adivinaba más que lo veía. Por la escalerilla

subió otro número que se dirigió hacia nosotros reclamando los carretes de la

máquina. Abrí la mía y se lo entregué precisamente al sargento que estaba detrás

de mí. Lo mismo hicieron el resto de los compañeros.,Aún me quedaba la máquina

en mi poder, pero a continuación nos mandaron bajar hacia el pasillo de salida.

Aún llevaba yo mi máquina y mi mochila. Otro guardia civil nos dijo con voz muy

clara que teníamos que dejar la máquina y la mochila, es decir, todo el equipo.

Aún estuvimos un buen rato. Nos dijeron que íbamos a salir, pero que no nos

preocupáramos, que ni la máquina ni el material sufriría deterioro.

Alrededor de las diez menos cuarto decidieron que abandonáramos el palacio de

las

Cortes. Yo dije que si me podía llevar la máquina, puesto que el carrete ya se

lo había entregado al sargento. ¡Paca-mora! Me dijeron que no. Que la máquina se

quedaba allí. Que no nos preocupáramos, que el material no solamente no se

deterioraría sino que tampoco se perdería.

Me fui derecho al periódico a confesar mi fracaso al director. Digo mi fracaso

porque aún no esto y repuesto de no haber podido sacar los documentos que filmé.

En el periódico me han consolado, en el periódico me han comprendido, pero a

pesar de ello sigo pensando que pude haber guardado los carretes si me hubiera

dado tiempo a sacarlos de la máquina.

He pasado miedo. Lo reconozco. Cuando nos mandaron tirarnos al suelo y escuché

la ráfaga de tiros que se sucedieron temí, lo peor. Después estuve más

tranquilo, aunque no dejé de pensar nunca en las fotos impresionadas y que no he

podido sacar.

Cuando ya estaba expoliado, quise ir a los servicios, pedí el correspondiente

permiso y me autorizaron. En la puerta de entrada había un guardia civil con la

metralleta en la mano. En el interior había otro guardia civil con otra

metralleta. Dentro estaba el diputado socialista Gregorio Peces-Barba. ¡Paca-

mora! No nos hablamos, solamente intercambié una mirada con él en la que sin

decirnos nada nos decíamos muchas cosas.

Es una nueva experiencia que agregar a mi dilatada vida profesional. Una de las

más trágicas y emotivas. Ya ha pasado.»

Lucio SORIANO

 

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