Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Historia y espíritu  :   
 De José Orlandis. Colección Nuestro Tiempo, EUNSA, 1975. 
 ABC.    11/05/1975.  Página: 51-52. Páginas: 2. Párrafos: 12. 

ABC. DOMINGO 11 DE MAYO DE 1 9 7 3.

HISTORIA Y ESPÍRITU

DE José Orlandis

Colección Nuestro Tiempo. EUNSA, 1975

Por José María RUIZ GALLARDON

Se inicia con este nuevo volumen del profesor José Orlandis una nueva colección con fines muy

determinados y ambiciosos. Quizá, para definirlos, bastaría con aludir a los propósitos de este primer

autor anunciados en el prólogo de su libro, colección de ensayos, inéditos algunos, conocidos otros, que

contienen la clave de la motivación de los directores de la colección que se anuncia jugosa, y, por qué no

decirlo, muy polémica. José Orlandis, al hablar de alguno de los ensayos de que se compone esta obra y

muy concretamente del titulado «la vida cristiana en una sociedad permisiva» y del que en seguida nos

vamos a ocupar, no duda en afirmar que «el engarce del hombre en el mundo contemporáneo se encuentra

condicionado por factores de signo muy diverso. En estos últimos años, por influencia de modas

intelectuales impregnadas de dogmatismo marxista, se ha puesto el acento con simplismo unilateral sobre

las estructuras económico-sociales, como si ellas fueran determinante infalible de las conductas humanas

y clave universal para explicar todos los fenómenos históricos». Frente a esa chata trivialización de

cuestiones que tienen un profundo trasfondo, intenta aproximarse al fundamento radical de la postura del

hombre moderno frente a los problemas más esenciales y de sus actitudes ante la sociedad de que forma

parte. «Ante la sociedad —decimos , pero también ante Dios y los hombres, ante su fin y destino, ante la

vida y la muerte, y ante el sentido que pueda tener esa existencia terrena, que se está consumando en el

incesante caminar a través del mundo y del tiempo. Todo importa, todo vale, todo ha de ser tenido en

cuenta, porque todo es humano y ayuda a la mejor comprensión del hombre actual.»

Se trata, pues, de ofrecer al lector, desde unt perspectiva doblemente importante, por histórica y actual, un

arsenal de consideraciones para enfrentarse con las más arduas cuestiones actuales. Dentro de ellas

destaca el profundo análisis, no exento de connotaciones duras, que hace del papel del cristiano en la

crisis de una sociedad que ha pasado, a velocidades de vértigo, de ser cristiana a ser simplemente

permitiva. Recuerda Orlandis con buen criterio que cuando, el 13 de octubre ds 1931, Manuel Azaña

desde los escaños del Congreso de los Diputados pronunciara su histórica frase «España ha dejado de ser

católica» decía una barbaridad sociológica, porque en la década de los años treinta los presupuestos

sociológicos de ninguna manera postulaban, ni aun exigían, la acatolicidad de corte doctrinario

proclamada en la Constitución republicana. Pero lo que en 1931 era falso ha dejado de serlo en la mitad

de los años actuales. Como dice el autor, efectivamente, la sociedad, la familia, la vida real española del

momento parecen ser sensiblemente menos cristianas de lo que eran en aquellos tiempos turbulentos que

precedieron al estallido de la guerra civil.

Quiere esto significar un dato histórico importantísimo. Estamos viviendo —y quien no lo entienda asi,

apenas comprenderá nada del mundo de nuestros días— el final de nada menos que de quince siglos de

sociedad cristiana. Con sus altibajos, caídas y resurgimientos, con la imperfección en que te quieran,

ocurría entonces, durante todo ese largo periodo de la historia. Justamente lo contrario de lo que acontece

ahora cuando en el contexto de una cosmovisión materialista, desinteresada por el más allá —¿acaso

existe?, se preguntarán muchísimos—, se absolutiza el valor de las riquezas de la tierra, capaces de

proporcionar felicidad y bienestar en la vida mortal que es, para muchos, la única que cuenta. Y esto es

cierto, incluso teniendo en cuenta que la sociedad cristiana ha tenido más larga vida que la Cristiandad

propiamente dicha y sus esquemas han seguido vigentes cuando la promoción y deltnsa de la fe hablan

dejado ya de ser un fin primario del Estado. Todo lo cual ha producido la aparición de una como nueva

raza de hombres, porque la sociedad actual, más que constituida por «otra serie», está integrada por

hombres "distintos» de los anteriores. «>Parece —dice Orlandis— como si en estos tiempos la profesión

cristiana fuese cuestión de, sobre todo, gracia de Dios —que nunca falta— y de libre correspondencia del

hombre y, en menor grado que antes, asunto de tradición familiar y de hábitos sociales.» Parece —

añade— como si otra vez en nuestros días recobrasen actualidad las palabras rotundas de tertuliano:

"Fiunt, non nascuntur chriatiani».

¿Cuáles son las características de esta nueva sociedad, de esta novísima raza de hombres? En primer

término, la indiferencia. Indiferentismo que se alimenta por una incansable voracidad de goces materiales.

"La sociedad de bienestar y consumo en que vivimos, con su atmósfera impregnaba de naturalismo

religioso y de materialismo teórico y práctico, parece realizar en grado superlativo aquel dejarse

encandilar por mil cosas Intrascendentes, que Jesús reprochaba a Marta, en detrimento del interés por la

única cosa que de verdad importa, por el "anum necessarium".»

Y dentro del examen de las raíces de la indiferencia en una sociedad en la que la familia es una realidad

delicuescente, fundada sobre un matrimonio inestable y que parece en trance de extinción —con una

escalada de erotismo y pornografía, y pérdida del sentido femenino del pudor—, señala Orlandis, con

clarividencia digna de elogio, un «factor que no puede dejar de mencionarse al evocar los principales

agentes de desintegración de la sociedad cristiana: me refiero al religioso temor, al respeto reverencial

ante los datos estadísticos y los resultados de las encuestas. La Sociología se ha convertido también en

uno de los grandes «tubús» de nuestra época, porque sus métodos nos permiten escrutar las opiniones y

comportamientos de ese otro «ídolo» plural, pero de sabiduría infalible, que se llama «mayoría».

Frente a todo ello será necesaria una nueva pedagogía. Basadas en unas cuantas ideas que es imposible

desarrollar aquí, pero si dejar debidamente señaladas.

Primero. «Una de esas ideas habrá de ser, precisamente, que es muy distinto vivir como antes, en un

entorno cristiano, a tener que hacerlo dentro del marco de una sociedad secularizada y permisiva».

Segundo. «Esta última es la cristalización en el orden jurídico de aquella realidad social dominada por el

signo del indiferentísimo religioso a que hicimos referencia. La sociedad permisiva es compatible con un

estado de tipo socialista que desarrolla una intensa acción planificadora e intervencionista en lo

económico y en otros órdenes de la vida.»

Tercero. Sobre todo, en la sociedad permisiva, la noción de legalidad o legitimidad jurídica habrá de

distinguirse netamente dt la idea de licitud moral.

Cuarto. La Sociología no puede ser un sucedáneo de la Ley de Dios. «Todo el mundo lo hace», «ya

nadie hace eso», esas trates vulgares, mil veces repetidas, quieren justificar nuestras propias obras y

omisiones con el argumento de ta conducta generalmente observada por los demás «Nadie» y «todo el

mundo» son la plasmación de esa mayoría mitificada, a la que se atribuye un carisma que legitima

moralmente cualquiera de sus acciones.

Quinto. Pero, sobre todo, el gran peligro para el Cristianismo, para el pastor y para el fiel, está, y en ello

estoy plenamente de acuerdo con Orlandis, en un riesgo que podría presentarse, incluso con apariencias

«piadosas», y que en realidad encubre una lavarda tentación: el intento de operar una discreta devaluación

de la Fe y la Moral de Jesucristo, con el fin de que resulten tolerables para el «hombre moderno» y para la

mentalidad dominante en el mundo de hoy. De así surge la tentación, a la que sucumben también algunos

teólogos y eclesiásticos, de pretender inventar una versión «moderada» del Cristianismo, un Cristianismo

«razonable», depurado de incómodas «estridencias», que responda al clima humanista en que hoy

vivimos y resulte aceptable para el «hombre actual».

Dejemos por hoy el tema. Estoy haciendo más que una crítica una simple exposición de las tesis

fundamentales de un libro. Y no me negarán los lectores que, como puntos de meditación no pueden ser

ni más preocupantes ni desde luego más necesaria consideración a fondo.—

J. M. R. G.

(Dibujos de CAÑIZARES)

 

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