Autor: Cela Conde, Camilo J.. 
 Entrevista con Fraga. 
 No se pueden hacer a estas alturas salidas en falso  :   
 Ni se pueden poner puertas al campo. 
 Informaciones.    20/02/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

ENTREVISTA CON FRAGA

"No se pueden hacer a estas alturas salidas en falso"

Por Camilo J. CELA CONDE

MADRID, 20. (INFORMACIONES.)

TRAS varias semanas en que la vida política nacional ha girado en torno a su figura, presentar a don

Manuel Fraga Iribarne es una tarea un tanto pretenciosa y sin sentido. En una reciente y famosa encuesta,

su nombre era el que más decía al español de la calle, en un porcentaje capaz de enorgullecer a cualquier

político en ejercicio. Aunque la ausencia en el ruedo de una gran parte del abanico ideológico —por

motivos de sobra conocidos— pueda diluir el significado de la adhesión popular, no cabe duda del

atractivo que ejerce este hombre sobre ciertos sectores moderados y poco apocalípticos del país; lo que él,

en su propia teoría, ha calificado como el centro.

Desde su salida de ministro y hasta hace muy poco tiempo, Fraga vivía la vida apacible de quien

abandona los problemas de la política activa. Desde la crisis ministerial del 69 había pocas oportunidades

de ejercicio fuera del poder. Ahora, el cauce del asociacionismo parece representar una tímida tentación

para quien pretende alzarse por el camino de los votos. Pero quizá sean superiores los inconvenientes a

las ventajas; el caso es que tras su segundo viaje a Madrid, Fraga aún no ha decidido morder la manzana.

Y, sin embargo, es tarde ya para dar marcha atrás; su decisión a favor o en contra del asociacionismo

significa una toma de postura que le ha reintegrado plenamente a la política activa.

GRAVEDAD DE LA SITUACIÓN

—Señor Praga, según dicen los textos, la política es una actividad dura e ingrata. ¿Qué puede impulsarle a

usted a volver a ella?

Fraga.—La convicción de que el país atraviesa por un momento de sería importancia, por no decir

gravedad, y la obligación que todos tenemos, en tales circunstancias, de ayudar.

—¿Qué define, a su juicio, la gravedad de la coyuntura actual?

F.—Tres factores principales: la proximidad del hecho sucesorio; el dato exterior de jájue va a producirse

en un momento de crisis económica, social y política de alta tensión en el mundo entero, y, finalmente, el

hecho interior de que la sociedad española, de tan formidable crecimiento en los últimos años, y que ha

sufrido en ellos cambios tan profundos, se encuentra con un repertorio de fórmulas institucionales

calculadas para una sociedad más pequeña, más aislada y mas pobre. Se nos ha quedado pequeño el traje,

en un símil elemental.

—¿Y qué consecuencias deduce usted de tal análisis?

F.—Una muy sencilla, que vengo exponiendo en conferencias, discursos y libros —en particular la obra

colectiva «La España de los años 70»—, a saber: que la magnitud de esos cambios es tan grande que es

inevitable ahora un período de reformas políticas. No hay un solo sector social que sea semejante al de los

años 30 y 40: ni el campo, ni el mundo industrial, n la juventud, ni el mundo de la cultura, ni la Iglesia, ni

las mujeres españolas, ni nada. Por lo mismo, las reformas políticas y legales se producirán, de un modo

ineluctable, y dentro de esta década. Lo que falta por saber es quién las va a hacer y con qué criterio.

—¿Qué piensa usted que sería lo más deseable?

F.—Pues es elemental. Lo ideal sería que las hiciéramos nosotros mismos y a partir de lo que hay.

Evitando una ruptura, con todos los males que traería: para la estabilidad económica, para la convivencia

pacífica, para la continuidad de la política exterior, etcétera.

ASOCIACIONES

—¿Y cree usted que las asociaciones políticas, en su actual estatuto, constituyen un cauce suficiente para

ello?

F.—Esa es una pregunta muy importante, y la respuesta está llena de responsabilidad. Soy de los que hace

años han defendido la necesidad de las asociaciones para encauzar la vida pública y de los que estarían

dispuestos a correr todos los riesgos de su puesta en marcha. Mas, por otra parte, volviendo al símil del

traje, nadie puede hacerlo si no le dan tela suficiente. Hacen falta unas condiciones mínimas de estatuto

jurídico, de estrategia coherente y de coordinación de esta cuestión con los demás de la vida pública y de

los planes legislativos. Unas condiciones claras y públicas de seriedad y juego limpio. Mientras no se

aclaren suficientemente, con palabras y con hechos, todas estas cuestiones, será irremediable para muchos

el marcar el paso. No se podrían aceptar, a estas alturas, salidas en falso. Entre tanto, cabe mantener

contactos, perfilar ideas y posiciones, mantenerse enlazado con tendencias análogas o paralelas. Y muy

poco más.

—En el supuesto de llegar a actuar, ¿cuál sería el objetivo final?

F.—No se pueden poner puertas al campo y menos aún en tiempos tan dinámicos como los que nos ha

tocado vivir. Sin embargo, le diré que, a corto plazo, habría que conseguir la aceptación por todos —o la

gran mayoría— de unas reglas de juego más anchas y flexibles, que metieran dentro del sistema a grupos

—digamos de centroizquierda— que hoy acampan fuera de él. A medio plazo, aumentar notablemente la

participación social y política, en esos cauces previamente creados, y entrar de lleno en el sistema

europeo. En el largo plazo, como diría Keynes, estaremos todos muertos, pero habríamos logrado dejar a

nuestros bijos unas buenas posibilidades para que ellos aspiren a más.

—Pero, ¿a qué tipo de sociedad le gustaría a usted que nosotros, o por lo menos nuestros hijos,

llegásemos?

F.—Dudo que exista un modelo de sociedad perfecta, para todos los lugares y para todos los tiempos. Por

eso, al ocuparme de esta cuestión lo he hecho en dos libros dialogados, a la manera socrática: uno ya

conocido, ((La República», y otro ya en manos del editor, («Las leyes». Quiero decir que eso de la

sociedad ideal es para hablarlo todos y repensarlo continuamente. Pero dicho esto, quiero concretar mis

propias preferencias: prefiero la democracia a la oligarquía, pero una democracia fuerte, con disciplina y

con liderazgo. Prefiero la sociedad en forma, exigente de unos niveles mínimos de ética, de forma física,

dé nivel cultural y estético, a la ramplonería cursi de un dirigismo ideológico de la autenticidad social, y a

la anarquía sórdida de la cultura irresponsable. Creo, en fin, que nuestra España es un gran pueblo, una

rica familia de regiones vivas, con un acervo tradicional de primer orden —si sabemos asumirlo entero y

sin limitaciones sectarias—, que debemos potenciar y no destruir. Creo, por último, que somos parte

decidida y decisiva de Europa y del mundo occidental, pero a la vez con importantes conexiones africanas

y orientales que nos dan posibilidades importantes en el confuso futuro del mundo que se aboca al

segundo milenio. Y, por encima de todo, soy partidario de la justicia social, sin paliativos.

Fraga no ha querido hablar más que de estas nociones generales, de lo que podríamos llamar

macropolítica. Quedan para otra vez sus opiniones y soluciones sobre tantos temas concretos, que están

planteados ahora y andan buscando quien sepa dirigir sus desvelos. Parece que, en todo caso, no será él

quien asuma ese papel y no por culpa suya. Todo apunta a señalar que Fraga ha exigido unas condiciones

para apuntarse al juego que iban más allá de lo que los dueños de la pelota querían otorgar; no será el

único que se quede a la expectativa. Pero eso lo digo yo, no él.

«Ni se pueden poner puertas al campo»

INFORMACIONES

20 de febrero de 1975

 

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