Autor: Cebrián Echarri, Juan Luis. 
   ¿Qué hará Fraga?     
 
 Informaciones.    05/12/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

Corresponsal en Madrid

Por Juan Luis CEBRIAN

DESDE el Gobierno, desde fuera de él, la pregunta es: ¿Qué hará Fraga? La crónica política de estas

semanas atrás quedará en la historia, pase lo que pase con las asociaciones. Su narración es muy simple:

había dos posiciones diferentes, en el seno del Gabinete, en torno al anteproyecto de Estatuto que ha sido

enviado al Consejo Nacional. La postura mantenida por el equipo de jóvenes liberales y democristianos

que trabajan para el ministro de la Presidencia defendía unas asociaciones fuera del marco del

Movimiento-organización, con inscripción en el registro del Ministerio de la Gobernación, sometidas a la

jurisdicción ordinaria y sin más cautela ideológica explícita que las que marcan las propias leyes de

nuestro Estado. La otra fórmula, defendida por sectores vecinos a la Secretaría General del Movimiento,

se basaba sobre el documento elaborado meses atrás por el propio Consejo Nacional, Insistía en la

jurisdicción de éste sobre el tema asociativo y en el marco del Movimiento para las asociaciones que se

creen. Desde el principio se establecieron los frentes en el seno del Poder, y la semana pasada, un artículo

del administrativista García Enterría en INFORMACIONES, sugiriendo la inconstitucionalidad de que el

Consejo Nacional se convierta en órgano decisorio y no meramente consultivo, y la actitud del recién

nombrado ministro de Hacienda, que habría apoyado inequívocamente la fórmula del equipo de

Presidencia, hicieron que éste concibiera esperanzas en torno a un triunfo moderado de sus posiciones.

No ha sido así en absoluto. Y es evidente que ya muchos lo barruntaban. Hace hoy siete días que Juan

Antonio Ortega y Díaz-Ambrona, animador entusiasta del grupo Tácito —que ya amenaza con

romperse—, director del Instituto de Estudios dé Administración Pública, tras haberse negado a asumir la

Secretaría General Técnica de Presidencia en la crisis de enero, dimitía de forma irrevocable: recogiendo

papeles y abandonando el despacho. Rumores de otras posibles defecciones —todos sin confirmar—

comenzaron a brotar desde entonces. Ortega y Díaz-Ambrona, un hombre de treinta y cuatro años, había

sido en gran parte mentor del «proyecto Presidencia». Sus argumentos no pudieron con la dialéctica

germánica y espesa del presidente del Instituto de Estudios Políticos, Jesús Fueyo Alvarez, supuesto

principal mentor del «proyecto Movimiento».

Pero todo esto es agua pasada. El anteproyecto de Estatuto está en manos de los consejeros nacionales,

que el día 16 se reunirán en Pleno para decidir sobre él. Una breve mirada, a la composición de la Cámara

basta para entender que el proyecto es difícilmente mejorable por ella. En todo caso, no es probable que

se libren grandes batallas para modificarlo. Las grandes batallas ya están libradas. Pero otras se preparan

para el próximo futuro: Una vez tengamos Estatuto, la cuestión está en saber si tendremos asociaciones

políticas. Haberlas, haylas, por supuesto, pero lo que preocupa es el grado de aceptación social del

documento, la capacidad de éste para legalizar, dar cauce y objetivar, el pluralismo existente

en nuestro país. Por eso la pregunta es: ¿Qué hará Fraga? Dicen que han comenzado grandes maniobras

entre los notables del Poder para que Fraga se asocie. Areilza y Cantarero probablemente se asociarán.

Silva, ¿pues por qué no? Pero el hombre de Londres es el más deseado. Parece como que si él se asociara

todo eI mundo se asociaría. Las zonas templadas de la llamada oposición liberal no se muestran muy

entusiastas ante la posibilidad de acogerse al Estatuto, aunque esperarán probablemente a saber cuál es la

normativa que rija el período constituyente de las nuevas agrupaciones. La cuestión es grave, porque el

programa Arias del 12 de febrero fue expuesto y ha sido, dificultosa pero tenazmente, desarrollado con

espíritu integrador. Si finalmente la aventura de las asociaciones acabara sirviendo sólo para etiquetar a

los propios grupos del Régimen desterrando a la ilegalidad definitiva a las zonas reformistas, amigas de la

moderación y del cambio en profundidad, pero sin ruptura, si eso sucediera, un Estatuto nacido de la

voluntad de integrar acabaría por hacer más ancho el abismo entre las archiconocidas dos Españas: la

oficial y la real; la de anteayer, que es la de hoy, y la de pasado mañana. Carlos Arias, cuya imagen en

televisión, no exenta de cierto patetismo, le ha hecho granjearse las simpatías y la confianza de no pocos

españoles, viene anunciando desde hace casi un año su deseo irrevocable de anudar pasado y futuro y de

dar entrada a las nuevas generaciones en eI panorama del inmediato porvenir español. Dicen quienes

conviven en su vecindad política que está luchando con una honestidad, una generosidad y un ahínco

notables, por establecer un puente histórico tal que le permita a! país reemplazar los carismas por las

leyes y la autoridad personal del actual Jefe del Estado por la credibilidad de las instituciones y el

consenso popular que éstas reúnan. Lo más peculiar de la actitud del presidente, del Gobierno es que se

ha lanzado a la tarea con toda sinceridad, sin hacer tabla rasa de nada, como él mismo ha dicho, pero

queriendo que el puente sea real y no ficticio.

Las nuevas generaciones tendrán que reconocer a Carlos Arias su esfuerzo, que sólo la Historia nos dirá si

es coronado por el éxito. En definitiva, lo que está sucediendo en este país es que los ejecutivos de las

grandes empresas tienen pocos más de cuarenta años, treinta y ocho o treinta y nueve cuentan los

comandantes y treinta los capitanes del Ejército. Los catedráticos —muchos de ellos—, menos de

cuarenta años, las profesiones liberales están abarrotadas de gentes que no hicieron la guerra, que

comienzan a ser mayoría también entre el Episcopado y, por supuesto, entre el clero en general.

La gran masa de españoles que personalizan ese pueblo cuyo derecho de asociación política quiere ahora

regularse, es una generación distinta, me temo que apenas representada, vital e ideológicamente, por casi

ninguno de los venerables patricios del Consejo Nacional. Y aquí se puede producir, se está produciendo,

una paradoja digna de estudio: el desacuerdo entre el ejecutivo y la Cámara, pero al revés que en la

mayoría de los países.

De manera que el Gobierno, o gran parte del Gobierno, con su presidente al frente, quiera ir más lejos y se

sienta más representativo de la nueva España que los propíos consejeros que teóricamente están llamados

a representarla. Esta podría ser la moraleja de la historia reciente escrita en estos días. De donde se infiere

la importancia que el proyecto de asociaciones tenga suficiente acentabilidad social. De otro modo, sería

como quitar la red que nos proteja en el salto hacia el futuro.

 

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