Autonomía con sordina     
 
 Diario 16.    09/09/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Autonomía con sordina

La autonomía de Cataluña, que hace un mes parecía inminente, está tropezando con dificultades

imprevistas, y ya es un hecho que el restablecimiento de la Generalitat no se habrá logrado antes de la

Diada del 11 de septiembre. Y el caso es que, en esta ocasión, no se pueden echar todas las culpas a

Madrid, aunque su actitud en todo el proceso no haya estado, precisamente, caracterizada por la claridad y

la inocencia. La misma decisión de no abordar en el Consejo de Ministros de ayer la aprobación del

proyecto de decreto-ley que restaurà provisionalmente las instituciones autonómicas sólo contribuye a

enturbiar más una situación ya muy compleja. Menos mal que, al parecer, el aplazamiento tiene ahora la

finalidad de que los parlamentarios catalanes estudien y discutan el texto. Y todo hace pensar que lo

aceptarán. Con ésta, de todos modos, son ya dos las reuniones del Gobierno que, en contra de lo

prometido o insinuado, dejan para más tarde la discusión de la autonomía catalana. ¿Quién utilizaba como

método de gobierno el de dejar que los problemas se resolvieran por sí solos o se pudrieran

definitivamente?

Una de las claves del repentino empeoramiento del tema catalán está en la bipolarídad Tarradellas-

Asamblea de Parlamentarios Catalanes, que, como todas, las situaciones de poder dual, acaban

produciendo tensiones, cuando no rupturas. Los catalanes resucitaron políticamente al último presidente

en el exilio de la Generalitat, atribuyéndole la función simbólica de enlace con el pasado histórico y

considerándole como expresión de la unidad de todas las fuerzas políticas catalanas frente al centralismo,

buscada siempre desde que a principios de siglo se fraguó la solidaritat catalana. Pero resulta que

Tarradellas, halagado por todos y mimado por el poder central, no se ha resignado al papel de símbolo. La

destitución de Benet y el descontento de los socialistas catalanes son sólo los índices más patentes de una

situación que está lejos de ser idílica.

En todo este asunto, el Gobierno Suárez no ha jugado con limpieza ni ha puesto todas sus cartas sobre la

mesa. Obsesionado por la victoria electoral de la izquierda en el Principado y por los malos resultados de

sus candidatos, Suárez no tiene otro objetivo que sacarse la espina de las legislativas con un triunfo en las

municipales. Y para ello parece dispuesto a pactar con quien sea y a manejar la autonomía como una

pieza de negociación susceptible de beneficiar electoralmente a su partido y aliados. Además de explotar

decidida e inmi-sericordemente las fisuras del bloque catalán. Con esta política se pueden conseguir,

desde luego, ciertos éxitos tácticos para el Gobierno; pero se puede dañar peligrosamente los asuntos del

Estado. Y el tema catalán que parecía, a diferencia del vasco, encuadrado en un marco de racionalidad y

entendimiento, puede desviarse por derroteros imprevisibles.

También en este asunto el Gobierno, y en concreto Martín Villa, han logrado imponer un pacto de

silencio. Nadie niega que cuando se negocia se impone una cierta discreción, pero de ahí a mantener en la

más absoluta inopia política a catalanes y españoles en general, respecto de un tema que les afecta

básicamente, hay un gran trecho.

Las resistencias a la autonomía de las regiones y nacionalidades van a ser mucho más escasas de lo que

muchos temen si se explica suficientemente qué significan la autonomía, cuál es su alcance y contenido,

qué contrapartidas comporta. El espantajo del separatismo, que hoy sólo agitan unos pocos visionarios y

que sólo asustan a unos cuantos ultras, quedará así definitivamente arrinconado en el desván de la

historia.

Una concepción amplia de autonomía que no sustituya un centralismo por otro, que no implique un

privilegio de las regiones ricas a costa de las pobres, que no suponga cretinismos cantonales como el de

esa otra región que desea tener su propio ministro de Asuntos Exteriores, es, ahora, un elemento básico de

la democracia. Pero el tema tiene suficiente alcance nacional como para ser objeto de una discusión

abierta que lógicamente debe tener lugar en el marco de las Cortes. Las regiones que, como Cataluña,

tienen tan fuerte tradición autonomista es lógico que pidan y obtengan el inmediato restablecimiento

provisional de sus instituciones. Y el Gobierno no puede nacer del tema una baza de la política de partido.

 

< Volver