Autor: Paso Gil, Alfonso. 
   Espectáculos vergonzosos     
 
 El Alcázar.    10/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

ESPECTÁCULOS VERGONZOSOS

EL pueblo español, tan maduro dé suyo y tan repleto de serenidad ha dado pruebas inequívocas de lo que

se llama educación política y "fair play". En la última jornada del Campeonato de Liga, en el estadio

Vicente Calderón jugaba contra el Atlético de .mis amores un equipo por el que siento y he sentido

siempre brava admirado: La Real Sociedad de San Sebastián. Sin que sepamos porqué todavía, a un lado

y otro, casi posicionalmente enfrente en los graderíos, tremolaban unas "ikurriñas" sin que puedan

considerarse que estuviesen junto a la bandera nacional. Él asunto de por si tiene una clara intención

provocadora. Lo que ocurre es que el Atlético jugó un espléndido partido y ganó abultadamente.

Ignoramos lo que hubiese ocurrido si el magnífico equipo de la Real Sociedad no hubiera perdido. La

serenidad de los españoles se demostró una vez más en Barcelona donde el líder ganó merecidamente al

Málaga y donde hubo de todo. Por lo visto, un gol con el codo o con la mano del malaguista Esteban, la

expulsión de Cruyff y la prolongación del arbitro, Sr. Melero, por seis minutos, del partido. ¿Cual fue la

respuesta de la "hinchada" barcelonista, o al menos de los espectadores, de algunos espectadores?

Arrojarse al terreno de juego para agredir al arbitro, enfrentarse descaradamente con la fuerza pública,

romper cristaleras, crear el tumulto, incendiar una furgoneta de Televisión e intentar luego hacer lo

mismo con una ambulancia que trasladaba a un herido, cosa que, afortunadamente, fue impedida por la

fuerza pública. ¿Y que gritaban algunos manifestantes impulsivos?. Según las noticias de Agencia lo que

se pudo oír claramente fue que entonaban el himno "Els segadors" que, como sabemos, está muy unido a

esa ambición de la "Catalunya lliure".

Todo esto demuestra que el pahido de fútbol no era del todo un partido de fútbol, o que se empiezan a

utilizar los partidos de fútbol como se ha empezado a utilizar el teatro para la propagación y extensión de

ideas políticas. Para colmo de venturas, en el encuentro entre el Zaragoza y el Betis, en el campo de la

Romareda, el arbitro hubo de dar por terminado el encuentro dos minutos antes del tiempo requerido

porque el campo sé inundó de almohadillas. No me digan ustedes que todos estos hechos tienen que ver

con la pasión del fútbol. En efecto, la pasión está ahí, pero se explota hábilmente y nada tiene que ver que

cometa un arbitro, en un desdichado día, seis o siete faltas garrafales, con romper lunas, quemar una

furgoneta y entonar "Els Segadors". Todo esto, como la aparición de las "ikurriñas" en el estadio Vicente

Calderón, demuestra, al margen del deporte, que cada día es más difícil e intransitable la convivencia

española y que sigue privando el taifa y la desintegración antes que la unidad que es, precisamente, lo

consustancial a la nación.

¿Me quieren ustedes decir que tiene que ver "Els segadors" con que hayan expulsado a Johan Cruyff?. Sin

embargo en él subconsciente de los pueblos y sobre todo dé las masas circulan unas compulsiones que no

pueden tranquilizarse de ninguna manera. Expulsar a Cruyff era una ofensa para el Barcelona. Ofender al

Barcelona es ofender a Cataluña. Y para colmo de males esta ofensa la había inferido un arbitro del

Colegio Castellano, lo cuál era casi un "casus belli". Bien está si las cosas se hubieran detenido ahí. Pero

la inequívoca serenidad del pueblo español y su absoluta madurez política produjo la quema de una

furgoneta, la rotura de varias cristaleras, el pánico de los inocentes y la agresión a la fuerza pública, e

incluso —¡Esto es el colmo!— el intento de agredir a una ambulancia que transportaba a un herido.

Yo recuerdo que mi padre le sostenía a don Manuel Azaña que la primera tarea para gobernar a un

pueblo es reconocerle como es. Azaña tenía mucho más de político que de psicólogo y nos hemos

empeñado en que el pueblo español ha llegado a una madurez y a una serenidad que están muy lejos de

alcanzar las masas. Como coartada infecunda a esas aseveraciones se dice que en 1936 había mucha gente

que no tenía nada que perder y que ahora, por el contrario, hay muchos que tienen que perder algo. Eso es

no conocer la genética de mi país. Eso es no comprender que aquí llega uno a matarse con el vecino y,

como dicen en los melodramas, "perderse para siempre" por el hecho de que ponga la radio a la hora de la

siesta. José Antonio hablaba con frecuencia de la minoría inasequible al desaliento. Yo hablo con dolor y

con vergüenza de la mayoría inasequible al diálogo.

 

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