Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Poder y poderes  :   
 De José Zafra Valverde. Eunsa, 1975. 
 ABC.    01/06/1975.  Página: 57-58. Páginas: 2. Párrafos: 14. 

Fuente: ABC MADRID Fecha: 01-06-1975 Página 73

ABC, DOMINGO 1 DE JUNIO DE 1975.

«PODER Y PODERES»

Por José María RUIZ GALLARDON

De José Zafra Valverde

Eunsa, 1975

CUANDO, con menos frecuencia de la que se quisiera, se tropieza el crítico con un libro importante, se

extrema su complacencia. ¡Son tantos los que, por obligación profesional, ha de leer aun a sabiendas de lo

poco que aportarán a su acervo cultural! Cabalmente, en el primero de los casos incluyo el libro que hoy

comento. José Zafra Valverde es un profesor de Derecho Político que levanta bandera, ante todo, de la

defensa de la brevedad y la precisión en el uso de las palabras y, sobre todo, de la claridad. Lo hace de

forma consciente, de suerte que la lectura de sus obras, y muy concretamente de ésta, sirve —a mi me ha

servido— para compulsar términos que muchas veces utilizó y utilizamos y que, a fuer de su uso, habrían

perdido el originario sentido que Zafra Valverde ayuda —con su excelente consejo de «déjese reposar» el

concepto antes dé usarlo— a reencontrar.

Porque quienes a diario nos enfrentamos con la política y lo político, en mil ocasiones, aun detestándolo,

caemos en el peor mal que a nuestros posibles lectores podemos hacer: la imprecisión terminológica,

utilizar términos que debiendo presentar acuñación racional aparecen recubiertos de una capa impura de

cardenilla emocional. Tal ocurre, y de elfo trata este libro, con el concepto de Poder y su correlativo de

poderes.

Grave y acertada advertencia la del autor cuando señala que el popularisimo tópico de los «tres poderes»

viene desde hace mucho tiempo necesitando una campaña de publicidad que lo descalifique por

insuficiente y desorientador. Por lo pronto, porque ese tópico nace de una rápida y superficial lectura del

célebre capítulo 6 del libro XI de «El espíritu de las leyes», del barón de Montesquieu, ya que, en efecto,

el celebérrimo autor francés habló de tres poderes en dos sentidos bien distintos. En el primero de ellos

utilizó la trilogía para diferenciar, en forma simple, «las grandes tareas o funciones del gobierno». Pero

más adelante trató de tres poderes para «designar el coetáneo sistema inglés de tres centros de decisión

que concurrían necesariamente para dar nacimiento a las formas superiores de gobierno: aprobación de

leyes en general, etc. Cámara de los Comunes, Cámaras de los Lores y el Rey con sus ministros».

Con esta precisión se llega al discernimiento dé las dos facetas del tema, o, como dice el autor, a la

distinción entre separación de poderes y contención de poderes, dos ingredientes centrales de la rica v

polémica noción del Estado de Derecho.

El profesor Zafra, aun a riesgo, que el reconoce, de impopularidad, prefiere a ¡a trilogía indicada una

tríada que a mí, tras una primera lectura de su libro, me parece mucho más convincente y, por supuesto,

mucho más acorde con la realidad actual, especialmente con la Constitución española. En el capítulo

llamado «Los cinco poderes de hoy», el autor —que prescinde acertadamente del llamado «Poder

constituyente» concebido como «pueblo políticamente protagonista que desplegando su fuerza originaria

y quebrando resueltamente sus pautas institucionales anteriores, toma una decisión radical, sobre su modo

de ser y actual como unidad política diferenciada»— critica la trilogía clásica en función de que ningún

órgano o complejos de órganos se ciñe sólo a una de las tres funciones tradicionalmente distinguidas ni la

agota por sí mismo. Y prefiere la quintuple subdivisión siguiente:

1. «Poder de autoridad», centrado en el Jefe del Estado, o en el Rey, sobre el que dice «en nuestros días,

cuando se notan renacer con aires y colores nuevos las viejas

vivencias monárquicas en diversos países, la institución política que consideramos presenta un interés

creciente. Tiene por ello pleno sentido elaborar el concepto de Jefe de Estado tomando como idea

central el hecho de ser la figura política que se acredita, o por lo menos tiende a acreditarse, como el

gobernante de mayor autoridad en el Estado.

De aquí el nombre de «Poder de autoridad» que propongo para esa figura».

2. «Poder de dirección», tocante al Gobierno, cuya naturaleza viene determinada por la «nota

rigurosamente tipificadora da su calidad de órgano, o conjunto de órganos, que asume las más

importantes actividades de ideación política global en el Estado, las cuales habrán de traducirse

sucesivamente en una multitud de decisiones concretas y a menudo en granadas que el propio Gobierno

adoptará plenamente, impulsará o simplemente autorizará».

3. «Poder deliberante» o parlamentario, con sus características de representación, discusión y

publicidad. Todo lo cual se confiere una muy acusada característica de «poder público», si no fuera, como

dice Zafra, que tan sencilla expresión parece poco dispuesta a perder su bien conocida aptitud

significativa.

4. «Poder de ejecución» o Administración, con mayúscula; y, por último.

5. Poder judicial. Merece la pena transcribir el texto del autor al respecto. Dice así: «Henos ya ante el

quinto de nuestros "poderes", que conserva su nombre clásico. Y no lo conserva por casualidad, sino por

la gran fuerza que tiene para evocar un conjunto da valores sociales que tradicionalmente han gozado

del más alto reconocimiento. Por mucho que "otros órganos puedan inmiscuirse, a veces, en sus

peculiares cometidos, en las funciones jurisdiccionales: por mucho que sus componentes tengan

encomendadas ocasionalmente funciones jurídicas ejecutivas y aún más o menos acusadamente

legislativas, o deban ellos asumirlas en cierta medida forzados por la necesidad práctica, siempre

mostrarán como razón eminente de su existencia el «juzgar y hacer ejecutar lo juzgado», según la

fórmula clásica de las leyes españolas».

Ahora bien, el gran prosterna no se agota en esta original enumeración. Zafra, valientemente, y

permítaseme la expresión, se enfrenta con la ardua, discutidísima cuestión de «por qué decide la

mayoría». Es toda una teoría de la democracia la que se contiene en las páginas finales del libro que, sin

compartirlas totalmente, creo que están llenas de sugerencias y buen sentido.

Para el autor, en el fondo de toda doctrina democrática encontramos esta creencia fundamental: que quien

pertenece o está en condiciones de pertenecer a una colectividad política debe, en justicia, poder decidir

sobre dicha pertenencia, sobre las disposiciones por las que va a ser gobernado y sobre las personas que

los van a gobernar. Y sí esto es asi cabe preguntarse: ¿Por qué ha de decidir una mayoría? Pues bien si la

meta ideal sería la unanimidad —y por ideal inalcanzable—, Zafra, que no omite la referencia a las

críticas y aun a los sarcasmos antidemocráticos que todos conocemos, partiendo de una doble cita de los

jurisconsultos romanos Ulpiano y Mucius Scaevoia, sostiene que se ha de contestar a la interrogante

distinguiendo dos planos de fundamentación que llama razón doctrinal o teoria y razón empírica o

sociológica. El primero estriba en la creencia de que, en caso de discrepancia, la mayoría es quien aprecia

lo verdadero o lo mejor. Fundamento muy discutible para el propio autor, quien se refugia en una

subfórmula: debe decidir la mayoría, porque determina lo mejor, «al menos la mayoria de las veces». Sin

embargo, no le parece fundamento bastante, y sin pretender en modo alguno hacer propaganda

antidemocrática, señala los defectos que la doctrina y la Historia han advertido en tan delicada materia

para acudir a la única realmente para éi justificación aceptable: se trata de una convención social, de una

regla convencional o técnica para la convivencia. Por eso hay que estimar que «naturalmente, al implantar

esta regla de convivencia, se confía en que la mayoría pueda muchas veces determinar lo mejor; pero se

aceptan con prudentes reservas las posibilidades de error. Porque se estima que es humano el equivocarse;

porque se piensa que si hubiese que elegir sería preferible aceptar la equivocación de muchos a que

muchos tuviesen que soportar los errores de unos pocos; porque, en todo caso, la personalidad moral y el

sentido de libertad creadora de los ciudadanos se forma precisamente a través de esa aventura en que se

suceden aciertos y se intercalan errores».

Mas con todo, el tema no se agota. Y para no alargar excesivamente esta crítica me referiré tan sólo a dos,

a modo de directrices o recomendaciones, que señala el autor. Son estas: Primero: que se excluyan del

campo de aplicación del principio de mayoría diversas materias respecto a las cuales todos los asociados,

o algunos de ellos, no consentirían jamás en determinadas renuncias, porque en tales materias ven

comprometidos valores consustanciales a su fundamental concepción del mundo y de la vida. Segunda

directriz: Que se adopten seguridades para garantizar la libre actuación de quienes hayan de participar en

las decisiones, de modo que su actitud no esté mediatizada por otros. Como regla, el voto secreto ha de

ser preferido al oral o de signos externos. Sólo cuando sean claramente de temer peligros de

irresponsabilidad o predominio de ambiciones personales, había que inclinarse sin vacilar por el voto

manifiesto.

Otros muchos temas y problemas se tratan en el libro. Pero creo que basta con lo expuesto para que el

lector de esta crítica pueda formarse una idea de la alta entidad y gozoso tratamiento de los que en esta

ocasión han ocupado las fecundas reflexiones del profesor Zafra Valverde.—

J. M. R. G.

 

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