Autor: Trías Fargas, Ramón. 
   La cuestión catalana /1     
 
 El País.    23/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

TRIBUNA LIBRE

La cuestión catalana/1

RAMÓN TRIAS FARGAS

1. Voy a coger el toro por los cuernos y a hablar claro de entrada: a veces los catalanes nos sentimos

indiscriminadamente acusados de separatismo traicionero, desde Madrid. Esto realmente duele y nos

parece injusto. Al fin y al cabo yo no tengo idea de haber pecado. Aunque mi postura pueda beneficiarse

de una explicación, ciertamente no exige ni una justificación ni menos una defensa. Pero hay que aclarar

algunas cosas. Más que nada en busca de una concordia sin la cual la España futura no parece viable.

2. A veces se me pregunta: ¿conoce usted León?, ¿o Zamora? Yo contesto: ¿conoce usted Popayán?,

¿conoce usted Tunja? Porque para apreciar a España tan importante es lo uno como lo otro. Creo que es

muy aleccionador mirar a España en América, que también es España. Yo conozco la América hispana

bastante. Lo inevitable, al poner pie en tierra del Nuevo Mundo la primera vez, es que la presencia de

Castilla se alce imponente. El contactó con las dimensiones sobrehumanas del nuevo continente exige de

inmediato que se explique el cómo de la gesta de conquista y población. Un episodio destaca en seguida.

Hernán Cortés, victorioso en el campo de batalla, pide a Carlos V que le mande doce religiosos

franciscanos para que le ayuden en la conquista espiritual. Cuando éstos llegan a la ciudad de México —

con muchos días de viaje a pie, los hábitos rotos y no hay que decir que descalzos— sale a recibirles el

capitán general don Hernán Cortés con todos sus capitanes y soldados ricamente vestidos y armados de

todas las armas sobre sus arrogantes corceles y exhibiendo a posta todo el boato de que son capaces ante

la indiada sin fin. Se acerca Cortés a los frailes y ofrece al mundo el siguiente espectáculo: a presencia de

la multitud densa y expectante, se apea juntamente con su séquito... y de rodillas todos los hombres de

armas, besan, a ras de suelo, los hábitos mugrientos de sudor y polvo de los doce «flacos y amarillos»

apóstoles. Probablemente por primera vez en la edad moderna, frente a un gentío inmenso, testigo

silencioso y asombrado, pero que daría fe ante la historia, España quiere que el poder de las armas

triunfantes se incline aparatosamente ante el poder moral. España, pues, dio un primer paso en la línea

civilizada llevando a sus ejércitos a la legitimación necesaria por el poder civil y por la voluntad de Dios

y del pueblo. ¿Quién, catalán o no, dejaría de hacer suya ésta bella página de la historia de España y de la

historia del mundo? ¿Quién resistiría el impulso de traerla a colación en los difíciles momentos de la

España actual?

3. Todavía hoy leo con nostálgico interés las relaciones al Consejo de Indias del virrey de Santa Fe,

Sebastián de Eslaba, acerca de cómo la poderosa armada inglesa —la mismísima armada que ya entonces

era de verdad invencible— fue batida por las tropas españolas en Cartagena de Indias, en mil y

setecientos y cuarenta y uno. Salpicaduras de heroísmo, con muchos apellidos catalanes entremedio que

demostrarían, por lo demás, que fuimos a América a defender el estandarte del rey, antes de que se nos

permitiera beneficiarnos con su comercio. Precisamente en este punto algún catalán pensará: pero bueno,

si Castilla y Aragón eran una sola nación con el resto de España, ¿por qué se prohibió hasta fines del siglo

XVIII que pasáramos a América y no se quiso hasta tan tarde que tuviéramos tratos económicos con ella?

Casi trescientos años apartados del más apetitoso bocado de que disponía la Corona. Ni que hubiéramos

sido súbditos de la Corona inglesa. ¿Es esta la unidad que se nos ofrece?

4. Una vez me di el lujo romántico de escribir y publicar un panegírico de José Celestino Mutis, alma y

cabeza de aquella sabia expedición botánica, fletada por nuestra ilustración, rumbo al nuevo reino de

Granada, que por sus ejemplares e inusitados logros científicos fue el asombro del mundo civilizado en

general y de Alejandro de Humboldt, en particular. Fuerza, justicia, ciencia. Todo se ve en la América

española si se quiere ver. Por eso llama tanto la atención el proceso de independencia. Porque América no

fue nunca una colonia, ni su guerra de independencia fue una lucha colonial de liberación. El «memorial

de agravios» que el cabildo de Santa Fe de Bogotá dirigió a Carlos IV al inicio del alzamiento americano

deja constancia de que los criollos no «son extranjeros a la nación española». América fue España y se

fue de España porque la otra España no supo comprenderla. Porque hay dos Españas. La España de

Cortés, la del padre Las Casas, la del derecho Indiano, la del sabio Mutis, que hizo España. Y la España

de las casas de Austria y de Borbón, la España de los privilegios y de los cortesanos, que la deshizo.

Bolívar es un español que se aparta de España. Bolívar es un español de América que rechaza un sistema

político, una determinada concepción del Estado español. Y por eso la lección americana puede

ayudarnos a entender el pleito catalán.

5. Pero no seríamos catalanes si no bajáramos del lirismo sentimental —no por primario menos

auténtico— para acordarnos del comercio que ha sido la base de nuestra fuerza.

He estudiado personalmente y a fondo la situación para poder llegar a la conclusión de que Cataluña

podría vivir sola y sin los mercados españoles en este mundo moderno del turismo y de los servicios.

Incluso, y esta ya es una tentación de más calado, es posible que esa Cataluña sin amarras fuese más

propicia a la democracia, que como toda fórmula superior se da con parsimonia y parece preferir a los

países pequeños y muy homogéneos en su historia, en su economía y en su cultura. Pero nosotros

sabemos que esto sólo sería posible con un cambio radical de nuestras estructuras productivas, con una

disminución drástica de nuestra demografía inmigrada y, en definitiva, con una reducción de nuestra

dimensión económica. Pues bien, no queremos limitar nuestros horizontes, ni en lo económico, ni en

nada. Pero sobre todo no quiere Cataluña —no lo imagina siquiera— cerrar el paso a las gentes que nos

vienen de otras partes de España. La inmigración nos crea tremendas dificultades en cuanto a nuestra

identidad interna, pero no por ello dejaremos de recibir fraternalmente a todos. Intuyo la sonrisa de los

cínicos que piensan que si aceptamos a los inmigrados es para explotar su trabajo. Es cierto que

inmigrantes o no, en Cataluña todos hemos de traba jar. ¡No faltaría más! Pero no es menos cierto que

nosotros no hemos pedido la inmigración, que ésta tiene costes sociales y morales de enorme importancia

para nuestro país y que si nadie la discute en Cataluña no es tanto por motivos interesados como porque

moralmente no se puede discutir. Preferimos añadir a los mercados de España que nos hacen falta para

mantener a nuestras gentes, inmigrados y nativos, los mercados de Europa, en un ansia de expansión y de

horizontes nuevos que no podemos ni queremos limitar. Ello a sabiendas de que a lo mejor la compe-

tencia abierta con la industria del Mercado Común nos creará grandes problemas.

6. Pero aquí cambio ya de tercio, para volver de nuevo a nuestra faceta idealista. Si no, no nos

entenderemos. Porque hay que saber que en Cataluña se cree más en la Europa de la libertad y de la

estabilidad democrática que en la Europa de las multinacionales. Sólo así se explica que nuestros

empresarios, con sus empresas pequeñas y comparativamente débiles, sean europeístas. Sólo así se

entiende que nuestro pueblo sea europeísta. Cataluña quiere jugar un papel en el mundo. Modesto si se

quiere, pero su papel. Y lo jugará a través de España con la vista puesta en Europa si el Estado español

quiere. Porque hasta ahora las clases políticas y económicas que operan al oeste del Ebro no han visto

bien lo de Europa. Y, paradójicamente, nos llaman cantonalistas —porque, según ellos, no miramos más

allá del río— precisamente aquellos que no quieren mirar por encima de los Pirineos.

 

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