Autor: Villán, Javier. 
 Entrevista con Josep Benet. 
 Iglesia y clase obrera codo a codo     
 
 Vida Nueva.    02/04/1977.  Página: 44-?. Páginas: 3. Párrafos: 46. 

IGLESIA Y CLASE OBRERA CODO A CODO

Por Javier VILLAN

Josep Benet se ha forjado en el obrerismo, el cristianismo, las detenciones y las clandestinidades. En la

actualidad se define como "socialista independiente" y pertenece al Secretariado de la Asamblea de

Cataluña como representante de los intelectuales. Tiene, en su porte externo, la mística del

convencimiento, el ascetismo temeroso de una militancia trascendente. De familia obrera, se educó en la

Escolanía de Montserrat y militó, antes de la guerra, en la Federació de Joves Cristians de Catalunya.

Durante la guerra participó en las actividades de la Iglesia clandestina y fue combatiente del ejército

republicano. Después de la guerra, en 1941, fue presidente de los estudiantes de Acción Católica y en la

Universidad fundó en 1942 el clandestino Front Universitari de Catalunya. Está visto que no todos los que

empezaron en Acción Católica han de terminar necesariamente en un Ministerio. Ha escrito libros, en

general vinculados con el Movimiento Obrero Catalán o acerca de la evolución de la Iglesia. Entre ellos,

"Maragall y la Semana trágica"; "Barcelona a mitjan del segle XX. Le moviment obrer durant el bienni

progressiste (1.854-56)", éste en colaboración con Casimir Marti; "El doctor Torres i Bages en el marc del

seu temps", etc... Como abogado defensor ha sido amigo del rojerío, masón e incordiente, a todos los

niveles. Entre sus defensas, en Consejos de Guerra o ante el felizmente fallecido (aunque habrá que

esperar el alcance de la nueva Audiencia Nacional) Tribunal de Orden Público, figuran la del pacifista

Xirinacs, la del escritor católico Maurici Serrahima, la de la mujer del líder comunista Comorera, de

numerosos obreros, etc...

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• LA VIDA DE ESTE PAÍS HA ESTADO MUY CONDICIONADA POR UNA RELIGIÓN

OFICIAL

• MARAGALL, INTELECTUAL CATÓLICO Y LIBRE, PIDIÓ EN "LA IGLESIA

CREMADA" ALGO QUE EL VATICANO I! HA PUESTO DESPUÉS EN MARCHA

• HOY LA SITUACIÓN DE LA IGLESIA HA CAMBIADO TANTO QUE RESULTA

IMPENSABLE UNA QUEMA DE CONVENTOS POR LAS CLASES POPULARES

—La vida de este país ha estado muy condicionada por una religión oficial, sobre todo en los

años inmediatos a la finalización de la guerra. Después, a partir de los años cincuenta, y en

especial a partir de los sesenta, este condicionamiento no ha sido tan fuerte. Se produce un

cambio muy importante en nuestra sociedad y muchas personas, educadas en el sistema

educativo de la posguerra enormemente influido por la religión, van abandonando no sólo las

prácticas religiosas sino también las creencias.

—Usted, sin embargo, no sólo es creyente sino practicante fervoroso.

—Efectivamente yo soy católico practicante.

—En su labor intelectual, usted se ha sentido atraído por la figura de Joan Maragall ¿no?

—Mi primer libro publicado, creo que en 1962, se titula "Maragall y la Semana Trágica" y en él

el problema religioso de Cataluña está muy presente. Se trata de una reflexión en torno a la

postura de un intelectual católico, como era Maragall, frente a les hechos y la represión de la

Semana Trágica. El libro, en definitiva, es una meditación sobre la actitud de un intelectual

católico libre, ante determinadas circunstancias.

—Lo cual viene a configurar una ética, una práctica acorde con la teoría y no simplemente unas

consideraciones abstractas.

—Exactamente. Esto le lleva a Maragall a enfrentarse con su propia clase social, la burguesía,

adoptando una posición radicalmente antagónica. Pero Maragall lleva más lejos sus con-

vicciones hasta el extremo de enfrentarse con la propia Iglesia sin por ello dejar de ser un

hombre de Iglesia. Es entonces cuando escribe "La iglesia cremada" en la que critica muy dura-

mente el comportamiento de los católicos de su tiempo. Hasta cierto punto, Maragall llega a

justificar a los que incendiaron los templos o toleraron que se incendiaran. Los católicos de la

época no entendieron la crítica de Maragall y le atacaron duramente. La Iglesia jerárquica no

entendió la actitud de Maragall, hasta el extremo de que el obispo Torres i Bages, considerado

en su tiempo como abierto y progresista, no comprendió su posición.

—El principal punto de fricción ¿fue la crítica a la liturgia?

—Lo que, en "La iglesia cremada", en realidad pide Maragall es que la liturgia se acomode al

pueblo, responda a las exigencias de éste y cobre auténtica actualidad. En definitiva, pide algo

que el Concilio Vaticano II ha puesto en marcha después; renovación litúrgica, abandono por

parte de la Iglesia del lastre histórico, de las influencias de otras épocas, etc... En este sentido,

pues, yo veo a Maragall como un intelectual católico y libre que, a pesar de la dureza de sus

críticas, permanece en el seno de la lglesia sin disminuir por ello su libertad de juicio y opinión.

Actitud que, naturalmente, hace extensiva a otros campos, como ocurrió, con un famoso

artículo suyo en el que solicitaba perdón para todos los condenados a muerte. La base de su

argumentación por el indulto era el convencimiento de que la sociedad ante los hechos de la

Semana Trágica, era más culpable que los propios condenados.

—Parece deducirse, tal como usted explica la figura de Maragall, que la lucha de clases

configura también el ámbito de la Iglesia.

—Es evidente que sí. Y negarlo sería negar una evidencia. Ahora bien, durante muchos años, y

esto es históricamente demostrable, la Iglesia se ha puesto al lado de una clase determinada.

Esto explica que, en momentos de crisis como nuestra guerra civil, la Iglesia se encontraba al

lado de ciertas clases y ciertos intereses que no eran precisamente los intereses de los más

necesitados.

—Esta circunstancia ¿puede hacerse extensiva a toda la Iglesia?

—Como tal Iglesia en líneas generales sí. Ello no quiere decir, sin embargo, que todos los

católicos adoptaran tal postura. Incluso dentro de la jerarquía de la Iglesia hubo excepciones,

como el cardenal de Cataluña, Vidal i Barraquer, que se negó a firmar la famosa carta colectiva

del episcopado español en 1937. Mas hay qua reconocer que, actitudes así, fueron

absolutamente minoritarias. Quiero resaltar, a pesar de todo, que en el país catalán fueron

muchos más de lo que se cree los católicos que durante la guerra permanecieron al lado del

gobierno de la Generalitat.

—¿Qué señalaría usted como características fundamentales de la religión de la burguesía? Y,

como contrapartida, ¿qué puede definir la posible religión de la clase obrera?

—Creo que antes de responder a esta pregunta sería conveniente fijar y analizar el cambio que

se ha producido en nuestra sociedad.

—Analícelo.

—Para mí, los cambios más importantes ocurridos después del 39 se dan, precisamente, en el

campo religioso. La situación religiosa actual en nuestro país es muy distinta de la de 1936. En

1936, la Iglesia era una fuerza conservadora, una fuerza de derechas a pesar de que existieran

unas minorías muy pequeñas con otro concepto de la religión. Hoy la situación y la conciencia

de la Iglesia ha cambiado tanto que resulta impensable la quema de conventos, de templos, por

parte de las clases populares. Este es un fenómeno muy importante, muy a tener en cuenta.

—Parece ser que usted acepta que estos importantes cambios se han producido en la totalidad

del grupo social de los católicos.

—Yo creo que los católicos ya no son un grupo social concreto y determinado. Hay una parte

aferrada a lamentables tradiciones, pero hay otra parte que, sobre todo en el terreno de lo

social, ha adoptado otras posiciones. Por lo tanto, la simplificación que respondía

verdaderamente a las circunstancias del 36, católicos igual a conservadores, habría que

matizarla con mucho cuidado hoy.

—Pero supongo que la transformación es algo más que un simple alineamiento con las clases

populares.

—Evidentemente. En este proceso se han llegado a romper todos los esquemas de conducta

social habituales. La afiliación a partidos, por ejemplo socialistas o comunistas, cuando

genetalmente eran los partidos conservadores a los que los católicos se adherían. Y esto

obedece no a decisiones solamente personales, sino al hecho de que en la Iglesia existe una

amplia libertad real. ¿Quién podía pensar e incluso tolerar antes del 36 que un católico no

apoyara a las formaciones políticas conservadoras y reaccionarias?

—Sin embargo, usted ha dicho que en Cataluña sectores católicos apoyaron la República.

—Sí. Hay que reconocer que en Cataluña había un catolicismo abierto y muy liberal en el

aspecto político. Sin embargo, apenas había avanzado en el campo social. Esta es una

distinción que hay que tener en cuenta. En el campo obrero no existía la presencia católica por

lo que el anticlericalismo existente en la clase trabajadora era explicable y, en muchas

ocasiones, tenía una estricto matiz anticatólico. Esto creo que hoy ha desaparecido casi

totalmente. Porque las organizaciones obreras ¿dónde han encontrado acogida sino en los

locales parroquiales, los templos, etc...?

—Esta labor acogedora, en definitiva, parece que usted la interpreta como una especie de

redención.

—En parte, sí. Yo creo que lo más positivo de la Iglesia de los últimos años, tanto a nivel de

jerarquía como de fieles, es haber comprendido cuál es su puesto y su obligación. A partir

sobre todo del sesenta hizo un análisis exacto de la situación y se dio cuenta de que ella no

podía disfrutar de unos privilegios que le otorgaba el Concordato, cuando tantos ciudadanos no

podían disfrutar privilegios similares. Sobre todo, los derechos de reunión y asociación.

—Hay muchos que consideran esta evolución no como resultado de la autocrítica, de la

dinámica interna en el espíritu de la Iglesia, sino como consecuencia de la coyuntura política.

—Yo creo que quienes iniciaron este camino, que yo llamo de suplencia, se han encontrado

con más dificultades y sacrificios que facilidades. No creo que haya sido simple oportunismo,

cuando ofrecer los locales parroquiales, poner a disposición de las organizaciones obreras la

posibilidad de ejercer los derechos de reunión etc..., encerraba un grave riesgo. Este apoyo a

grupos políticos, obligados a desenvolverse en la clandestinidad, ha sido el resultado de un

sano examen sobre cuál es la obligación de los cristianos en tiempos difíciles. Todo este proce-

so, a la vez, ha ido enriqueciendo a los sacerdotes y a los católicos en genera, descubriéndoles

un mundo que desconocían. Y así se ha ido profundizando y reflexionando acerca de la

verdadera misión de la Iglesia cada día con mayor rigor y autenticidad.

—Las mayores críticas les llegan, precisamente, desde los sectores más integristas de la

Iglesia y desde los grupos más nostálgicos del franquismo.

—Sí, pero yo pienso que para la iglesia ha de ser un honor que una parte de los dirigentes de

Comisiones Obreras hayan salido, por ejemplo, de la JOC. Naturalmente, hay casos en que los

antiguos militantes de la JOC, en la actualidad, no son ya creyentes. Pero en aquellos

momentos se hizo lo que se tenía que hacer. La actuación de algunas organizaciones

de Iglesia no ha sido, por lo tanto, ni oportunista ni inconsciente, sino, por el contrario,

plenamente conocedora de sus responsabilidades y de los riesgos de todo tipo que ello

entrañaba.

—Uno de los riesgos que los integristas esgrimen con más frecuencia es la posibilidad de un

estallido anticlerical con su dosis de violencia y destrucción.

—Ya he dicho antes que esto me parece impensable. Los católicos han abierto los ojos a unas

realidades que desconocían hasta hace algunos años. Lo más preocupante de los años treinta

era la ignorancia por parte de la Iglesia de la realidad obrera y de los conflictos sociales. La

violencia anticlerical de aquellos años es, repito, explicable. Eran dos mundos totalmente

separados.

— Este cambio ha creado una nueva correlación de fuerzas, tanto en el orden político como en

el económico.

—Evidentemente. De él se derivan muchas consecuencias. Al desaparecer el catolicismo como

fuerza conservadora y aparecer católicos de tendencia avanzada en distintos campos, el peso

de la Iglesia como entidad social ha disminuido. Ello nos lleva a un aumento de la influencia y

del peso decisivo del cristianismo. La importancia de la Iglesia como institución seguirá

disminuyendo.

—Este proceso de autentificaron ¿ha presentado en Cataluña alguna

característica especial o ha ido paralelo al de las demás zonas del Estado español?

—Yo creo que más que paralelo ha ido en vanguardia. Se debe, como ya dije, antes, a lo

avanzado que en Cataluña estaba el catolicismo liberal. Lo único que ha habido que hacer es

dar el paso que faltaba en al terreno social. En Cataluña la influencia del catolicismo francés

siempre ha sido muy fuerte y ello ha sido beneficioso. Hoy, muy probablemente, exista ese

paralelismo, aunque los catalanes arrancáramos en vanguardia hace años. Incluso, podría

decirse que Cataluña ha superado a Francia y a otras naciones en muchos aspectos de la

problemática religiosa.

—Aquí ¿podría darse un Lefevbre?

—Muy difícilmente. El integrismo catalán, que fue muy fuerte en el siglo XIX, desapareció a

principios de esta siglo. Por mucho que hablemos de vanguardia en Cataluña, no hay que

olvidar que fue un catalán quien escribió a fines de 1800, un libro titulado "El liberalismo es

pecado", el doctor Sarda i Salvany. Este pequeño folleto se editó muchas veces y obtuvo

grandes aplausos, pero a principios de siglo la cosa cambió con la aparición de nuevos obispos

como, por ejemplo, Torres i Bages, mucho más abiertos.

—Finalmente y concretando algo que ya se ha dicho o insinuado a lo largo de esta charla ¿qué

es lo que más le preocupa a la burguesía de las nuevos vientos eclesiales?

—Hoy día, para la mayoría de la clase burguesa la religión continúa siendo una especie de

seguro, una seguridad exculpatoria. Comprobar que la religión es algo más que unas prácticas

rituales heredadas y consolidadas por su educación no es tranquilizante. La crisis es planteada

cuando aparece un catolicismo exigente, muy exigente, en el campo del comportamiento social.

Y no acaba de entender que la religión es algo más que unas fórmulas repetidas.

Naturalmente, se da cuenta de que estas exigencias morales y de justicia social en el campo

de la empresa y afines no es lo que le predicación desde el pulpito ni lo que le enseñaron en

los colegios religiosos. Hasta épocas muy recientes, la educación religiosa de nuestra

burguesía ha sido una educación totalmente clasista. Los dogmas se han aceptado

tranquilamente porque no tenían incidencia en el comportamiento social, en la vida práctica.

Pero hoy, para la burguesía, aceptar el cristianismo en todas sus consecuencias es ir contra

sus propios intereses de clase. Por supuesto esto le resulta difícil de entender.

JAVIER VILLAN

• LO MAS PREOCUPANTE DE LOS AÑOS TREINTA ERA LA IGNORANCIA POR

PARTE DE LA IGLESIA DE LA REALIDAD OBRERA Y LOS CONFLICTOS SOCIALES

• AUMENTA EL PESO DECISIVO DEL CRISTIANISMO Y DISMINUYE LA

IMPORTANCIA DE LA IGLESIA COMO INSTITUCIÓN

• EN CATALUÑA LA INFLUENCIA DEL CATOLICISMO FRANCÉS SIEMPRE HA

SIDO MUY FUERTE Y BENEFICIOSA

 

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