Autor: Baixeras Sastre, José Antonio. 
   Catalanes en Madrid     
 
 El País.    04/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 21. 

EL PAÍS, jueves 4 de agosto de 1977

POLÍTICA

TRIBUNA LIBRE

Catalanes en Madrid

J.A. BAIXERAS

Senador de Entesa dels Catalans por Tarragona

A mi vecino de escaño, senador democrático aragonés, que parece complacido por esta nueva

contigüidad.

Por los pasillos de las Cortes, a raíz de un desafortunado incidente periodístico, he oído decir que el diario

EL PAÍS ofrecía tribuna a los políticos catalanes para un intercambio prometedor de opiniones libres. Y

en los mismos ambientes constato, por otra parte, graves deficiencias de interpretación, por lo que se re-

fiere a la posición política de la minoría Entesa dels Catalans, que monopoliza prácticamente la re-

presentación del Principado en la «Alta Cámara». Las presentes líneas intentan aclarar al lector español

libre de prejuicios qué es, en realidad, este grupo político. Entesa puede traducirse al castellano, según el

diccionario, como «acuerdo», «inteligencia» o «trato». La variedad de sentidos indica que nos hallamos

ante una de estas palabras depositadas en el acervo íntimo de la lengua, delatoras casi siempre de sutiles

rasgos de sicología colectiva. Toda la historia de Cataluña es una búsqueda, tantas veces fracasada. de

esta «entesa», de este «pacto». El núcleo originario de la minoría se compone de doce senadores, suma de

los tres elegidos por mayorías en cada una de las cuatro demarcaciones electorales del Principado de

Cataluña. Todos ellos, beneficiarios de unas votaciones positivas de rango plebiscitario. El autor de estas

líneas, entre dieciséis candidatos, obtuvo el 49,6% de tos votos. Los componentes de la candidatura de

Barcelona rebasaron holgadamente aún el 50%. A este núcleo, se han unido después de las elecciones, en

Barcelona, Lérida y Gerona, los tres senadores elegidos por minorías, a saber, el independiente Xirinacs,

más dos militantes de Convergencia Democrática, el partido que encabeza Jordi Pujol. Y más tarde,

iniciadas las tareas parlamentarias, se han adherido a la minoría con sujeción al reglamento provisional de

las Cortes, los senadores por designación real Maurici Serrahíma y Josep María Socías, cuya significa-

ción, notoria para los conocedores de la política catalana, no creo que exija ahora examen más detenido.

El nacionalismo es base común de los hombres de la Entesa inicial. Y en cuanto a patriotismo, tanto de

ellos como de los adheridos posteriormente, ostentan todos un historial antiguo y sin tacha. Se trata de

una característica común a todo el grupo, compacta, rotunda y clara. Esta homogeneidad en una actitud

cívica constituye la característica fundamental de la minoría parlamentaria Entesa dels Catalans, y, a la

vez, creemos, un excepcional acontecimiento histórico: en la actualidad, los diecisiete senadores ostentan

la representación válida y prácticamente unánime de Cataluña en el Senado (I). Refiriéndonos ahora de

modo estricto a los doce senadores del grupo originario, es decir, a los tres hombres que en cada una de

las cuatro demarcaciones electorales encabezaron las votaciones, siempre a gran distancia de sus

inmediatos seguidores (a menudo, como en el caso de Tarragona, doblándoles en número de votos), al

común rasgo de catalanismo rotundo añaden —añadimos— una nota peculiar: representamos a la vez, en

una grandísima proporción el voto de los grupos de inmigración asentados en las zonas industriales que

circundan Barcelona, Tarragona y demás centros fabriles catalanes. Para una interpretación socio-política

correcta del hecho excepcional de la Entesa como minoría parlamentaria, este dato es también

fundamental. Pero como el presente texto no tiene mayor alcance que el de expresar una interpretación

subjetiva determinada, la de su autor, miembro de la minoría parlamentaria, sin especiales facultades de

representación, ni portavoz titulado; al llegar aquí, prefiero descender al terreno de la anécdota, sin

abdicar, por otra parte, en mis pretensiones informativas, aunque disculpándome, al sumirme aún más en

tal subjetividad ante mis compañeros de la Entesa. A finales del verano de 1936, el autor de estas lineas

había cumplido nueve años. Habitaba por entonces en un piso pequeño-burgués del barrio portuario de

Tarragona. Los balcones del piso se abrían a la calle principal que da acceso, desde los muelles, al centro

de la pequeña ciudad. Me gustaba por entonces pasar largos ratos en el balcón, jugando o mirando a la

calle. No puedo decir, asomado: apenas mi barbilla alcanzaba la baranda de hierro, herrumbrosa y

siempre fría. Desde aquella modesta mirada fui espectador de escenas que más tarde aprendí a considerar

dramáticas: conducciones de detenidos hacia los viejos barcos convertidos en cárceles flotantes, entierros

de víctimas de las luchas político-sociales (la «Casa del Pueblo» se hallaba en la misma acera, cien

metros más arriba), manifestaciones de júbilo popular al llegar las noticias de que se había yugulado la

sublevación de los militares de Barcelona (la guarnición tarraconense no se sublevó). A pesar de mi poca

edad, muchas de estas escenas se me grabaron fuertemente en el entendimiento. Un buen día, bajo mi

observatorio, vi aparecer unos seres de apariencia exótica, incluso para el espectador habitual de un barrio

cosmopolita. Hombres maduros, mujeres, niños, ataviados todos de la manera más pintoresca. Calzones,

medias, pañuelos, refajos, como en un cuadro de costumbres del siglo XVIII. Los personajes no

circulaban: se agrupaban sin rumbo claro, y nos contemplaban, a los tarraconenses, con escasa ilusión,

aunque con alguna curiosidad de la misma naturaleza que la nuestra hacia ellos. Más exactamente: su

mirada erraba con una triste expresión de extrañeza, en el sentido más literalmente afligido de esta

palabra. Se trataba, me explicaron poco después los mayores, de una expedición de labradores

extremeños, huidos de las columnas de los sublevados que, procedentes del sur, se dirigían a Madrid. Los

fugitivos, embarcados después de dramáticos avalares en puertos remotos, habían desembarcado ahora en

mi tierra como refugiados de guerra.

—Ahora sé que en la mirada alucinada de muchos de aquellos seres persistía aún el reflejo de imágenes

sangrientas. Quizá hermanos, amigos, habían quedado para siempre en la plaza de toros de Badajoz o en

quién sabe cuáles otras tristes encrucijadas. Pues bien: los refugiados de aspecto forastero, bárbaro, tam-

bién en el sentido etimológico del adjetivo, se quedaron por el momento en Tarragona, y más adelante,

compartimos con ellos los refugios antiaéreos improvisados, cuando los aviones bombardearon y

destruyeron nuestras casas (entre ellas, el piso pequeño-burgués de mis balcones). Los jóvenes que iban

con el grupo, codo a codo con los mozos catalanes, marcharon al frente; los que no cayeron en la carni-

cería del Ebro, más tarde, cuando la gran derrota, otra vez codo a codo, formaron con los catalanes las

interminables columnas de la retirada, bajo la metralla de aquellos mismos aviones; juntos, unos y otros,

pasaron primero el tiempo de cárcel o de campo de concentración, mus adelante, los años del hambre,

hasta que, muy despacio, muy despacio, las cosas mejoraron y llegaron tiempos menos duros.

Ahora, los nietos, escuchan en los entoldados a Llach y a Raimon, y en los mítines, por las plazas y

campos de fútbol de Cataluña, gritan a voz en cuello: Llibertad, amnistía. Estatut d´Autonomía!, y cantan

Els Segadors. El nomia!, y cantan El Segadors. El himno, lo cantan con un animoso aire peculiar, que

muchos de nosotros no alcanzamos a darle: se han enterado de que estos segadors, segadores, no eran más

que campesinos, como sus abuelos, que iban a jornal, a la siega, víctimas muy antiguas de lo que ahora

pomposamente decimos: el paro estacionario. Como muchos de ellos, aún hoy van al sur de Francia, a la

vendimia. Mi compañero de escaño. Candel, ha dedicado toda una gran vocación a los inmigrantes

andaluces. A mí me gusta recordar además la llegada de aquellas pobres gentes de Extremadura, hoy

carne ya de nuestra carne catalana. Para sus nietos, ya, las victimas recién llegadas del paro andaluz son

«unos nuevos catalanes», aspirantes solamente a la plenitud de una nueva vida, democrática, sin

explotadores, libre. Unos y otros, en realidad, han venido a compartir una gran herencia, de glorias

catalanas, y de errores, no menos catalanes... El pasado tornasolado de mi nación. Los senadores de la

Entesa traemos su voto. Y nos sentimos, a nuestra vez en este Madrid tan diferente, capital y corte, en

donde solicitar la amnistía es hacer el payaso, nos sentimos de algún modo «los nuevos castellanos», pues

esperamos, quizá con excesiva ingenuidad, después de tantos años de estúpida persecución de nuestra

cultura, de nuestro ser, hallar unas nuevas generaciones que no nos sean hostiles, que quieran buscar con

nostros un mañana democrático y libre. Libres, quizá estos «nuevos castellanos» dirían entonces, sólo

entonces: Nuestra herencia es vuestra herencia. Sin desalentarnos ni perder la paciencia, otra vez. Como

en 1888, 1898, 1907, 1911, 1917, 1932, en 1977 llegamos a Madrid a dialogar en paz, a intentar el pacto,

esto que nosotros llamamos la entesa...

(I) El cuarto senador elegido por Tarragona (cuarto por orden de votos) pertenece a la Unión del Centro.

En cuanto digo, jamás cuestiono ni la validez y plenitud de su representación, ni mucho menos, su

patriotismo: simplemente, carezco de títulos para sujetarle a consideraciones que podría él después

legítimamente matizar, no ya impugnar. Ruego al amigo y doblemente colega que interprete según lo ex-

puesto el presente artículo.

 

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