Autor: Romero, Vicente. 
 Cuando el exilio toca a su fin, Tarradellas habla para Pueblo (y 4). 
 Yo no soy federalista     
 
 Pueblo.    14/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 21. 

"YO NO SOY FEDERALISTA"

• "No quiero mezclarme en los problemas que tiene el Estado español"

* "Cataluña puede aportar mucho en la solución de la crisis económica del país"

Publicamos hoy el último capítulo de la larga entrevista realizada por nuestro enviado especial con Josep

Tarradellas, durante sus últimos días de exilio en Saint-Martin le Beau, en las proximidades de la ciudad

francesa de Tours. En unos momentos en que el tema de las autonomías centra la actualidad política

española, y cuando se anuncia la publicación del decreto-ley sobre la Generalidad catalana, PUEBLO ha

querido servir á sus lectores un material informativo de primera mano, respetando en toda su extensión las

interesantes declaraciones concedidas por el honorable Tarradellas a nuestro periódico.

—¿Cómo entiende usted el tema de la unidad de España?

—Eso se ha discutido tanto... Cada uno lo interpreta á su manera. Unidad de España quiere decir, de

cierto modo unidad económica, o unidad geográfica, y también el deseo de mantenernos todos unidos. La

unidad debe tener matices, y éstos tienen que ser tolerados y confirmados, porque lo normal es que

existan. Referente a España, yo no soy federa-lista; lo soy en Europa, pero no en España. En fin,

teóricamente, todo el mundo es federalista en Cataluña, y con esto que le

estoy diciendo existe el riesgo de que la gente se asuste y diga: «¿Cómo, que usted es catalán y no quiere

la federación con otros pueblos de España?» No. Nada de eso. Mi posición es muy simple. Mire, en

España nos hemos peleado mucho unos con otros, pero siempre hemos llegado a soluciones. Los

catalanes somos unas personas que fastidian al castellano; éstos creen que hablamos en catalán para

hacerles la puñeta. Pero no: es que somos una realidad propia. Y a pesar de peleamos, siempre hemos

encontrado soluciones: con la Mancomunidad, que sin tener poder legislativo, consiguió dar a los cata-

lanes el sentimiento de que podíamos gobernarnos, o con las Diputaciones, que sin ser tan importantes co-

rno dicen, ahí están. El señor Maciá proclamó la República catalana, y como era un hombre muy

inteligente e intuitivo, a las pocas horas se dio cuenta de que acuello no pasaba y aceptó la Man-

comunidad. Y hoy día, sin ninguna jactancia, me parece que yo he llegado a un acuerdo que, sin un

muerto, nos permite volver a tener la Generalidad. Los catalanes somos unos pragmáticos y les soluciones

a nuestros problemas con el resto de España han sido siempre pacíficas. Se podrá decir que hablo de

Cataluña y del resto de España, y que olvido los problemas de las demás regiones; pero no es así, sino que

no quiero mezclarme en los problemas que tiene el Estado español. Lo que no quiere decir que

sentimentalmente no esté a favor de las autonomías de otros pueblos y regiones, pero sería inconcebible

que yo, con lo que represento, pudiera intervenir en la política interior del Gobierno español. Y yo nunca

he sido partidario de esa alianza entre Cataluña, Galicia y el País Vasco para intervenir. Pero mi problema

,no está en Galicia, ni en Andalucía, ni en Extremadura.

—Me resulta difícil de establecer la frontera entre problema nacional y problema regional en sus palabras;

porque está usted utilizando el término de «otras regiones»...

—¡No! Cataluña es una nación. Esto es evidente. Y hemos sido un Estado durante siglos. Pero,

naturalmente, si tengo que aceptar la palabra región, también la acepto, como aceptó Maciá en el treinta y

uno el estatuto; el nuestro decía. «Cataluña es una nación dentro del Estado español», pero nos dijeron

que nación, no, y aceptamos región, como yo lo acepto en estos momentos. Pero esto no quiere decir que

yo abandone mi concepto de que somos una nación, como lo hemos sido siempre

—¿Acepta usted la denominación de región, entonces?

—¡Claro!

—¿Lo acepta de una manera provisional?

—No, no, no. Una cosa que en España no se sabe, no se comprende, es que Cataluña tuvo su

independencia, y que con la corona de Aragón gobernamos el Mediterráneo. Ahora las cosas han

cambiado Fuimos derrotados el once de septiembre. Fuimos vencidos, y lo celebramos. Y no podemos

hacer otra guerra. Tenemos que adaptarnos, con ese pragmatismo nuestro.

—Así, la estructura estatal que considera usted más adecuada para España, estará lejos del federalismo,

¿no?

—No creo en ello, francamente; lo que no quiere decir que no me equivoque. Además, el resultado de las

elecciones es muy claro: en Cataluña ganaron todos los que reclamaban el estatuto; pero en Galicia, nada;

en Aragón, nada; en el País Vasco triunfaron los socialistas, y pasó lo más grave, que es que en Navarra

no salió ni un solo diputado nacionalista, ni en Álava, tampoco...

—Hablemos de economía... ¿Cuál podría ser el papel de Cataluña en la solución de la crisis que

atravesamos?

—Mire, hoy todo el mundo está fracasando en economía: capitalistas, socialistas, comunistas... El mundo

está lleno de incógnitas. Yo no soy economista, y no sé qué ni cómo se debería hacer. Pero pienso que

esta nueva etapa política puede dar una cierta confianza. Soy pesimista ante la miseria de Andalucía; el

paro; el Gobierno, que no puede tomar decisiones brutales; ante el hecho de que Europa no acepte a

España en el Mercado Común... pero , quizá Cataluña, con su fantástica industrialización, pueda traer otro

aire de cara a Europa. La política se ha hecho al margen de Cataluña desde hace cuarenta años. Y quizá

ahora Cataluña pueda contribuir a encontrar soluciones; hasta ahora pasa una cosa tan grave como que los

grandes fabricantes catalanes se vienen a Francia, porque desde aquí pueden exportar; y eso hay que

evitarlo, encontrando soluciones. Por ejemplo, el señor Suárez ha hecho un viaje por Europa, en el que me

parece que habría sido importante ir acompañado de asesores catalanes, ya que somos los que la conoce-

mos mejor, y hacemos las cosas de una cierta manera.

—Cataluña autónoma, ¿seguirá ayudando económicamente a la España deprimida?

—Yo creo que no ayuda. Esa palabra me sabe mal. Me parece que es hablar de ricos y pobres, y de dar

limosnas. No es eso. Nosotros estamos obligados a hacer una política de conjunto A los catalanes nos

interesa más que a los no catalanes el esplendor de éstos; porque si en Extremadura las cosas, marchan

bien, sus gentes van a comprar zapatos, telas cosas de las que Cataluña se beneficia. En definitiva,

Cataluña debe procurar que las regiones pobres progresen, y eso no es ayudarlas, sino ayudarnos a

nosotros mismos.

—El catalán, ¿tiene complejo de superioridad?

—No. Lo que pasa es que es un hombre muy retraído, y cuando los castellanos se meten con él, tiene

tendencia a decir: «Estos no entienden nada.» Siempre hay gente que mete lío. Y el problema de los

catalanes es como el de un matrimonio que no se lleva bien; ninguno tiene razón, aunque quizá la tengan,

sino que lo que importa es encontrar una solución.

—Pero al lado de la teoría de considerar a los emigrantes de otras regiones como «els altres catalans» (los

otros catalanes) también se les llama, despreciativamente, «charnegos»...

—Eso es algo que yo no acepto. Se les llamó en cierto momento, en una situación de violencia impuesta

por la dictadura Mire, mi señora se llama de apellidos Maciá y Gómez; mi suegra era castellana vieja, de

la Rioja, que llegó a Cataluña y se integró tan bien que no había forma de hacerle hablar castellano...

—Señor Tarradellas, ¿está usted por encima del bien y del mal, políticamente?

—No. Soy un hombre con todos los defectos, y cometiendo los errores que se cometen siempre en la vida

cuando se actúa. Porque cuando uno no hace nada, no tiene enemigos ni comete errores. Y a mí los

errores me han enseñado a modificar mi pensamiento, y a adaptarlo a las situaciones.

FIN

Texto y fotos de Vicente ROMERO, enviado especial

 

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