Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Yo fui un ministro de Stalin  :   
 De Jesús Hernández. G. del toro, editor, Madrid, 1974. 
 ABC.    19/12/1974.  Página: 73-74. Páginas: 2. Párrafos: 6. 

A B C. JUEVES 19 DE DICIEMBRE DE 1974. EDICIÓN DE LA MAÑANA.

«YO FUI UN MINISTRO DE STALIN»

De Jesús Hernández

G. del Toro, Editor. Madrid, 1971.

Por José María RUIZ GALLARDON

Ha hecho bien el editor en ofrecer de nuevo a los lectores españoles el conocido libro de Jesús

Hernández escrito en la década de los cincuenta. Porque quien fuera ministro de Instrucción Pública del

Gobierno republicano durante los años de guerra y miembro activo del Buró Político del partido

comunista español durante casi toda su vida pública, plantea con terrible crudeza lo que fue dramática

realidad y sigue tiendo constante histórica, nunca desmentida, en todos los partidos comunistas

europeos sometidos al mandato de Moscú. Hernández, como José Díaz, como Enrique Castro, como

tantos y tantos otros comunistas que creyeron en la U. R. S. S., hubieron de sufrir en sus propias

conciencias la tremenda e insalvable contradicción de equivocados por no, dar su vida por servir a unos

ideales 1os comunistas— y resultar a la postre que siervos del imperialismo soviético, todo el

drama de estos hombres sigue en pie. Hace unas semanas, muy pocas, se planteó en el Senado francés una

ruidosa polémica entre al ministro del interior, Poniatowski, y el senador comunista Duclos, con motivo

de haber manifestado aquél públicamente el carácter cuasi facista y totalitario del partido comunista

francés. Bastó recordar al ministro republicanoindependiente la tenebrosa actitud de los comunistas

transpirenaicos en los momentos de la ocupación alemana en Francia, que coincidieron con el pacto

germanosoviético, para reducir, más que al silencio, al ridículo, al discípulo de George Marchais.

Y bueno es en estos tiempos, en los que por convenir así no ya a los ideales comunistas, sino a la política

de Moscú, Santiago Carrillo ofrece a los españoles la paz, el orden, la democracia y hasta el respeto por

quienes participan de la fe cristiana, que se sepa cómo es y cómo actúa el amo, el único y verdadero

señor. Yo sé de sobra que la propaganda anticomunista ha sido muchas, muchísimas veces, torpe y hasta

infantil. Sé que son razones las que convencen y no sólo miedos. Sé que hoy se lleva muy poco el

proclamarse enfrentado al comunismo, sobro todo en determinados estamentos que se dicen asimismo

«intelectuales». Bien. Pero como razones sobran y una de ellas —la que supone nada menos que una

experiencia historica como la de Jesús Hernández sigue en plena vigencia, traicionaría mis principios de

respeto a lo que creo ser verdad si, por estar a la moda, dejara de escribir lo que escribo. Pienso que no

harán mal en releer este libro quienes lo hubieren olvidado o leerlo por vez primera los que aún no lo

hayan hecho, sobre todo los más jóvenes, aquellos en los que por su entusiasmo crítico creen ver en el

marxismo soviético la panacea de la verdadera democracia.

Porque el comunismo, la doctrina política que predican quienes siguen a aquellos partidos que giran en la

órbita del soviético no es democrático. No es respetuoso con los más elementales derechos de la persona

humana. Desprecia todo lo que no sea favorecedor de la tendencia autoritaria y sobre todo imperialista de

la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Y hay que decirlo asi de claro. Porque con esa evidencia se

patentiza, por ejemplo, en la obra que comento.

El comunismo soviético ayudó al comunismo español en el difícil trance de la guerra civil sólo en la

medida que convenía a la autocracia totalitaria e imperialista rusa. La labor de hombres como Togliati,

Stepanov, Codovils, Rosemberg, Marcos y tantos otros no se inspiró nunca en la conveniencia de sus

camaradas españoles ni siquiera en las constantes doctrinales del marxismoleninismo. Cuando entraban

en conflicto los intereses Imperialistas rusos y los comunistas de España siempre, absolutamente siempre,

prevalecían aquellos. Y sin circunloquios ni consideraciones. Si había que matar se mataba, si había que

vender al amigo se le vendía, si había que traicionar se traicionaba. Léanse para ejemplo de todos las

páginas que dedica eI autor a cómo y por qué el comunismo ruso se deshizo de Largo Caballero —el

Lenin español— cuando creyó convertirle un acercamiento en 1937 a las potencias del eje italogermano.

Repásese la razón por lo que accedió el doctor Negrín a la Presidencia del Consejo de Ministros y las

hipotecas que toleró gravarán su designación y actuación futuras.

Y si esto ocurría con los fieles, con los adictos, lo que aconteció con los aliados del Frente Popular raya

en la Ignominia. Moscú se deshizo por la vía del crimen de hombres como Andrés Nin. Y de nada va

lieron ni los ruegos, ni las súplicas de los comunistas españoles, ni la conveniencia general de la causa

republicana. Porque el odio de los "consejeros" soviéticos se cebaba sobre todo en los más cercanos, en

los socialistas o troskystas. La lección, la dura lección, deberían recordarla ahora los proclives a la alianza

con el partido. Ejemplos los vamos a tener desgraciadamente muy pronto en la vecina Portugal, donde el

socialismo de Soares se verá o sometido o traicionado por el comunismo pro soviético de Cunhal. Y si no,

al tiempo.

Por todo ello, repito, me parece de indiscutible oportunidad la reedición de este libro de Jesús Hernández,

que es todo él un profundo y desgarrado lamento de quien sirvió a unos amos indignos. Es el grito

desesperanzado de un hombre que, como él dice, sufrió «la tragedia de cuantos, cegados por la fe o

corroídos por las dudas, pero siempre disciplinados y obedientes, fuimos dóciles a la política de Moscú, a

la que en nuestra ceguera llegamos a sacrificar sagrados deberes que como españoles nos incumbían».—

J. M. R. G.

 

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