Autor: Fabregat, Amadéu. 
 Valencia: en busca de la Generalitat perdida.. 
 País interrumpido     
 
 Diario 16.    08/10/1977.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

País interrumpido

Amadeu Fabregat (Escritor)

Pocas historias habrá en el gran libro negro de las nacionalidades oprimidas, tan puñeteras y siniestras

como la del País Valenciano. Tierra plural, dentro de la infinita pluralidad de los mundos jilboreos, tierra

mediterránea que fuera un día puerta del renacimiento. Este país, tendido con pinzas entre Vinoroz y

Oriola, ha sufrido en su carnet de identidad todas las puñaladas traperas de los siglos. ¿Opresión

nacional? Pues sí. Y bajo las formas más sutiles y eficaces: una burguesía que se niega a serlo, a ser

"valenciana"; una capital. Valencia, incapaz de ejercer corno tal; unas clases dominantes eternamente

genuflexas a los dictados y decretos de la Villa y Corte; un pueblo individualista, Ignorante de su misma

condición, que sestea y asiente e. la luz de un discreto y mediocre pasar... y desinformación. toneladas de

desinformación. Porque esa ha sido la formula mágica para perpetuar, a beneficio de los de siempre la

"tibieza" de un país, de unas gentes cuyas señas de identidad oscilan —por fortuna, cada día menos—

entre el ser y la nada, También es posible aplastar a un pueblo a golpes de ignorancia, de indiferencia. El

franquismo, con esto de las nacionalidades, hizo virguerías. La cosa, desde luego, arrancaba desde mucho

antes: el emborronamiento los caracteres nacionales del del País Valenciano es casi un mal endémico, un

virus que cruza las décadas desde mucho antes, incluso, que Felipe V le diera el Sablazo de la autonomia

del país, "por Justo derecho de conquista", no hace aún trescientos años. Pero el franquismo aportó

métodos nuevos: recargó más aún la lista de nuestros mitos y fomentó la "valencianía" folklórica, la del

culto a unas tradiciones, en más de un caso, putrefactas, y que sirvieron durante años como cortina de

humo encubridora, por ejemplo, del expolio económico que sufría el país. La dictadura, ese vampiro, la

chupó a esta tierra hasta la última gota de un zuma naranjero que te sacó al Estado las divisas del fuego

durante tantos años. Y más aun. Reducida Valencia a su condición provinciana de "tercera capital", que ni

pinchaba ni cortaba en los grandes contubernios estatales, y auspiciado desde dentro este provincianismo

por los monótonos inquebrantablemente fieles del "valencianismo bien entendido", las reivindicaciones

nacionales han avanzado aquí, a trompicones, contra un doble frente: el centralismo del régimen y los

boicots y manipulaciones impuestos País Valenciano adentro, por unas clases sucursalistas que no

encontraban su espacio —porque no lo tienen— en los esquemas de un país autónomo y libre, amo y

señor de sus futuros. El País Valenciano ha sido —es todavía—- un país "interrumpido", la tierra in-

madura de lo que pudo haber sido y no fue. ¡Cuántas coyunturas históricas perdidas! ¡Cuánto letargo!

Hace ya cuatro o cinco siglos que dejamos de ser, los valencianos, algo serio y palpable, con peso y

densidad en el conjunto de un Estado que nos redujo tiempo ha a la condición de simples contribuyentes.

Ni más ni menos. ¿Quién se acuerda en Madrid de los préstamo? dinerarios a sus católicas majestades?

¿Quién conserva en Castilla un vestigio mental de nuestra prepotencia en la Corona de Aragón? ¿Quién

guarda la nómina de los" golpes recibidos, de las humillaciones y silencios que colean aún sobre estas co-

marcas? Con media docena de estatutos redactados dispersos en el tiempo, con estos intentos de ahora por

romper el cerco estatal, por salir del olvido, por rellenar poco a poco, pero irreversiblemente, tanta

conciencia vacía, ¿llegaremos los valencianos al otro extremo de la cuerda floja? Jamás unas señas de

identidad se vendieron a tan alto precio. Sin grandes ríos de sangre, es cierto. Pero con mucho sudor, con

muchas lágrimas.

 

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