El Rey deberá presidir un juego político de ancha base  :   
 Fraga Iribarne habló ayer sobre el futuro de España y la Monarquía. 
 ABC.    26/11/1971.  Página: 67-68. Páginas: 2. Párrafos: 13. 

ABC. VIERNES 26 DE NOVIEMBRE DE 1971. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 67.

VIDA CULTURAL

«EL REY DEBERA PRESIDIR UN JUEGO POLÍTICO DE ANCHA BASE»

La Monarquía representa todo lo válido del pasado; actúa en nombre de los hombres corrientes, frente a la

sed de control de las tecnocracias; asegura la continuidad frente a los políticos de turno y sus luchas

FRAGA IRIBARNE HABLO AYER SOBRE EL FUTURO DE ESPAÑA Y LA MONARQUÍA

En un ambiente de expectación, no del todo facilitado por la entidad organizadora del acto—la entrada,

por rigurosísima invitación—. pronunció ayer una conferencia el ex ministro y catedrático de la

Universidad de Madrid don Manuel Fraga Iribarne. Su disertación llevaba por titulo «La Monarquía,

como forma de Estado».

El profesor Fraga empezó por señalar la necesidad de abordar, de modo serio y responsable, no sólo los

temas técnicos y administrativos, sino las grandes cuestiones de la organización social y política,

levantando el pensamiento sobre los intereses menores, para intentar dominar el horizonte histórico desde

una altura intelectual y moral suficiente.

Sólo un pensamiento político decidido, que llame a cada cosa por su nombre, puede definir una situación

con claridad. «Mi posición, a lo largo de veinte años de vida pública, es conocida: mantener lo logrado en

esta generación, pero abriéndonos al futuro sin complejos ni temor a los riesgos inevitables.»

El interés por reducir la importancia de los temas políticos, para atraer la atención sobre, las cuestiones

técnicas, ha producido en los últimos tiempos una reacción en sentido contrario: la ideología tecnocrática

parece haber rebasado su punto culminante, ante la indigencia en que ha dejado a la legitimidad de los

regímenes que la han aceptado, privados de toda representación válida y en proceso «reciente de

alienación de numerosos sectores sociales, lo que está dando lugar, en todas partes, a una revalorización

de los problemas políticos por sí mismos.

LOS FINES DEL ESTADO

Es preciso volver una vez más a los orígenes y preguntarse cuál es la naturaleza y el fin de la

organización política: cuestión eterna y trascendental a la que cada época intenta dar respuesta. La

organización política es necesaria para que los hombres vivan en paz: con un arbitraje razonable y justo

en sus inevitables conflictos: con una abundancia de bienes materiales: con un respeto a los valores

básicos de la sociedad, pero también con una mínima satisfacción espiritual y cultural que no es posible

obtener si se sacrifica la libertad.

A la hora de establecer la forma del Estado, la opción parece seguir planteada entre Monarquía y

República, Los dos procedimientos básicos de designar la suprema magistratura son de carácter electivo o

no electivo: los dos tienen inconvenientes y ventajas, y parecen adaptarse mejor a un tipo u otro de

sociedades Los anglosajones, por ejemplo han utilizado fórmulas parecidas a los dos lados del Atlántico:

pero a la hora de decidir los órganos fundamentales del Estado han conservado en Europa la forma

monáronica y en América han inventado el presidencialismo.

LA LEGITIMIDAD. PROBLEMA DE FONDO

La legitimidad es el problema clave de una organización política. Cuando sólo hay resignación a la

obediencia, o incluso grupos que tienen interés en obedecer, se vive una situación que está a la merced de

una derrota militar, de un golpe de Estado o de una crisis económica. Para que haya legitimidad hace falta

algo más: algo que rebasa el miedo a la situación y el sistema de intereses creados; hacen falta creencias

arraigadas y convicciones profundas, en una extensa mayoría, que acepte y participe en un sistema de

instituciones.

La Monarquía ha justificado la legitimidad política más largo tiempo y en más sitios que ninguna, otra

forma de Estado. Pero no siempre sobre el mismo principio. Ha habido Monarquías de derecho divino;

hoy es claro que nadie puede reinar «por la gracia de Dios» en nuestras sociedades racionalizadas y

secularizadas, ni la Iglesia daría respaldo a una fórmula concreta. Hoy no cabe, pues, más que una

legitimidad monárquica basada en la función. Esta Monarquía sería la Monarquía de la reforma social; no

una losa para frenar el cambio y atar a la sociedad a un pasado fósil, sino, al contrarío, un regulador del

desarrollo necesario. La Monarquía sería, más que un moderador, un arbitro en los complejos procesos

políticos, en ese momento difícil del tránsito de la sociedad tradicional a la sociedad urbana e industrial.

La Monarquía representa todo lo válido del pasado por su mera existencia; integra a los diferentes grupos

geográficos y sociales, impidiendo que ninguno imponga su dominio a los demás; actúa en nombre de los

hombres corrientes, frente a la insaciable sed de control de las tecnocracias administrativas y económicas;

asegura la continuidad frente a los políticos de turno y sus luchas; simboliza la unidad en medio de los

conflictos de jurisdicción y de competencia.

LA MONARQUÍA, FRENTE A LOS MONOPOLIOS POLÍTICOS

Problema clave de toda organización política es la sucesión. La política na de mantener el orden en medio

del movimiento, que en tiempos como el nuestro es particularmente rápido. Las instituciones que no están

planeadas para soportar el cambio social están condenadas a muerte rápida. El sistema hereditario se

funda en un automatismo interesante en las sucesiones; cuando en momentos de crisis se quiebra ese

automatismo surgen las revoluciones de palacio, las guerras de sucesión y tantas otras tragedias.

La Monarquía, como forma de Estado, es un sistema integrador de fuerzas sociales, en países de cambio

social rápido, con particulares ventajas como forma unificadora y representativa, y posibilidades de

asegurar una vida política más moderada y menos partidista que la republicana; puede mostrar mayor

capacidad para abarcar fuerzas sociales y políticas, impidiendo el monopolio de los grupos; puede

funcionar con elementos humanos más normales y no sólo a base de superhombres. La Institución

aprovecha la fuerza vertebradora del Ejército a la vez que cierra el paso a las ambiciones de unos mandos

que se ven integrados par una disciplina basada en el honor: y, sobre todo, puede abrir cauce a una

oposición legal entre sectores que aceptando el sistema defiendan la necesidad de mejorarlo

constantemente. En países de fuertes temperamentos, el Monarca puede intentar arbitrajes personales o

entre grupos que no aceptalian ningún otro.

Función básica de la Corona es la justicia que se ejerce en su nombre, así como la prerrogativa de gracia;

principal responsabilidad suya será mantener la justicia política, social y entre partes.

Garantía contra los excesos de la fuerza, del partidismo o de la tecnocracia, el Rey puede mantener un

orden con libertad, y una autoridad compatible con la energía de la innovación política. Su papel no es

gobernar, sino hacer posible el gobierno y suave el cambio de gobierno. Es decir, todo lo contrario de una

política de exclusivismos, de desprecio a la ley, de grupos alienados, de activistas de cualquier signo que

se tomen la justicia por la mano, de falta de seriedad en los planteamientos, de baja moralidad pública.

Esta es la línea que debe ofrecer, que ofrece la Monarquía al país al enfilar la recta final del siglo XX.

 

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