Autor: Barciela, Fernando. 
   Los críticos creyeron que Felipe no duraría mucho tiempo  :   
 La otra historia del PSOE (II). 
 Diario 16.    20/10/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

NACIONAL

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Los críticos creyeron que Felipe no duraría mucho tiempo

«La otra historia del PSOE» (II)

- Los «madrileños» comprobaron cómo los «andaluces» les usurpaban el partido

EN LA VÍSPERA DEL XXIX CONGRESO, LOS SOCIALISTAS...

Pablo Castellano y Luís Gómez Llorente, los dos dirigentes de la tendencia

Izquierda Socialista, que no

asistirán al XXIX Congreso del PSOE, creyeron que Felipe González sería un

secretario general

transitorio. Lo consideraban excesivamente joven e inexperto como para desplazar

al «aparato» de

Madrid que estaba en sus manos. Fernando Barciela, en su libro «La otra historia

del PSOE», editado por

Emiliano Escolar, cuenta cómo paralelamente a la pérdida de poder, se generó un

odio visceral nacía

Felipe

¿Será una casualidad que los hombres que lideraron la facción crítica, sean casi

todos madrileños?

Parece que no. Los madrileños fueron los grandes desplazados, en el congreso de

Suresnes. Seguirían en

la ejecutiva, después del año 1974, pero, en tales condiciones, que acabarían

por salirse. Pablo Castellano

dejo su secretaría en el año 1975, un año después. Francisco Bustelo un poco mas

tarde, y Luís Gómez

Llorente no aguantaría más que dos años: el año 1979, en el XXVIII Congreso, se

iría también.

Es difícil explicar por qué las cosas les fueron mal ahí, cuando los sevillanos

subieran a la cima del

poder. Está la personalidad excesivamente reformista, para ellos, de Felipe

González. Está la

personalidad excesiva mente agresiva y absorbente de Alfonso Guerra. Están

varias razones

ideológicas. Y están también razones personales, profundas y viscerales.

Felipe

Los madrileños se creían en cierto modo los dueños del partido. Pablo

Castellano llego a agrupar

varias secretarias en sus manos. Después del congreso de Suresnes el partido

se vio invadido, según

ellos también, por multitudes de andaluces. Llega ron a Madrid con Felipe y

Guerra, con Yáñez y

Galeote. Ocuparon los des pachos burocráticos, se transformaron en los

secretarios, chóferes y

ayudantes de los máximos dirigentes del partido, se desparramaron por los

gabinetes de cuadros, por

todos los lados, en suma.

Además, estos madrileños nunca habían acepta do como definitiva la elección de

Felipe González. No

podían tomarse en serio aquel chico, tan poca cosa él, tan joven, «Aquello no

era más que una solución de

transición», comenta un crítico refiriéndose a lo que pensaban entonces. Alguno

estaba convencido de

que no podía durar mucho tiempo y que, con su «manifiesta» inexperiencia,

acabaría por quemar se y

caer. Cumpliría su función de transición y luego se marcharía, silenciosamente,

por la puerta del fondo,

sin que nadie le llamara ni aclamara.

Para muchos de estos madrileños fue terrible constatar que ocurría todo lo

contrario. Pablo Castellano,

por ejemplo, fue de los que menos pudo soportar la idea de que la figura de

Felipe se consolidada, crecía,

casi se agigantaba. Cada día iba a ser más difícil hacerlo retornar a su

Andalucía. A él y a los demás. Pablo Castellano, que, como ya apuntamos atrás,

se había salido de la ejecutiva el año 1975, fue desarrollando en su interior

una aversión visceral, una antipatía casi rayana en el odio por Felipe González,

el usurpador. Y

según Felipe se iba haciendo moderado y reformista, éste se iba transformando en

sentido contrario,

escorándose cada día más hacia la izquierda. Pablo llegaría a escribir un libro

titulado «El Partido

Obrero» en el que defiende posturas que no son ya marxistas, sino casi marxistas

leninistas. Otro caso de

desplaza miento ideológico personal es Luís Gómez Llorente. En este caso el

aleja miento pudo resultar

más sorprendente que en el de Pablo Castellano o Francisco Bustelo porque Gómez

Llorente, si bien no

se sentía muy identificado con los entonces poderosos sevillanos, había llegado

a disfrutar de un poder, a

su lado, tan manifiesto que hasta la prensa, por el año 1978, se llamaba ya el

«número 2 del partido». Su

figura eclipsaba la de Enrique Múgica, y a nivel público hubo momentos en que su

persona aparecía

mucho más por las páginas de los diarios que la de Alfonso Guerra. Luís Gómez

Llorente estaba en todos

los lados, no «perdiendo» su tiempo en cuestiones menores de organización sino

en los grandes temas:

participó en las conversaciones para los pactos de la Moncloa, al lado mismo de

Felipe; fue un personaje

de primera fila e las conversaciones para la fusión con los «históricos» o en

las negociaciones con

Enrique Barón.

Pero hay que situar también las distancias. Llorente, dentro de la ejecutiva,

era claramente la izquierda de

la misma. Y así era reconocido por las bases. En el año 1976, grupos numerosos

de militantes le

reprocharon el que Llorente no fuera capaz de luchar por la victoria de las

tesis marxistas en el partido y

se dejara llevar por Felipe González. En una entrevista, él contestaría ya en

los albores del año 78, unos

meses antes de las «declaraciones» de Felipe González, en Barcelona, que «ahora

lo más importante es la

unidad y solidez del partido», lo que cayó pésima mente entre los marxistas de

la base. Esta posición

suya, de componenda, acabaría por cambiar, según parece, después de las

declaraciones de Felipe

González. Llorente le atacó entonces frontalmente dando a entender que lo que

había dicho el secretario

general era inadmisible, Fue una postura valiente, pues Gómez Llorente trabajaba

entonces en un grado

de ligazón muy alta con Felipe González.

Pero había multitud de razones personales, Las diferencias de mentalidad eran

abismales. Amigos de

Llorente se quejan de que, durante esos años en que el entonces secretario de

formación (era su cargo

oficial) estuvo en la ejecutiva, tuvo que sufrir desplantes personales: «Le

daban plantones a él y a su

mujer», comentan un grupo de críticos.

Ratón de biblioteca

Los mismos me explican que a los sevillanos no les gustaba el tipo humano de

Llorente. Los chicos de

Sevilla eran casi todos jóvenes físicamente agraciados, treintañeros tempraneros

y apuestos. Felipe,

Guerra, Yáñez, Escuredo o Galeote son todos hombres de talla fina, vestir

elegantemente descuidado,

elegantemente despreocupado, empapados de ese gracejo andaluz que transformaba a

Gómez Llorente, a

su lado, en una especie de pesado elefante. Era una figura que ellos no

apreciaban sentir a su lado y con la

cual tenían que auto-reprimirse. La pandilla ya no era la misma.

Entre ellos, parece que no hubo nunca discusiones. La tranquilidad de Llorente,

con su sempiterna pipa,

es absoluta. Luís Gómez Llorente, sin embargo, si estaba convencido de que no

podía congeniar con

aquellos «grasiosos».

Luís Gómez Llorente era un ratón de biblioteca, en sus tiempos mozos, y no se

conoce que se pasara

juergas flamencas terribles, como lo hacia Felipe. Cogía sus libros, todas las

tardes, y se marchaba al

Ateneo de Madrid. Ahí tiene su pupitre, el 26, y el mismo todas las tardes, que

era como un cuarto

privado. Luego, se pasaba horas y horas leyendo. Llorente es lo que los

andaluces pueden considerar «un

tío raro ».

Una guerra

Su secretaria, en las Cortes, ya sabe que no debe entregarle las invitaciones

que llegan todas las semanas

para recepciones, cócteles y banquetes. No va más que al Día de las Fuerzas

Armadas y a la onomástica

del Rey. En las Cortes, va muy poco por el bar, solo una vez, cuando se terminan

los Plenos y las

sesiones, y a sus compañeros de partido los saluda sesudamente, como si se

tratara de un diputado de

UCD.

Volviendo a los sevillanos, parece ser que Luís Gómez Llorente chocaba Con ellos

incluso en el tema del

lenguaje. Llorente es de hablar respetuoso, nunca suelta un taco y trata a casi

todo el mundo de usted.

Cuando se refiere a alguna persona suele anteponer el tradicional don. Los

sevillanos no. Son el prototipo

de esos progres universitarios de los últimos sesenta que tratan a todo el mundo

—camareros y bedeles—

de tú: Hoy, parece que siguen en las aulas de la Facultad.

Entre Luís Gómez Llorente y Alfonso Guerra hay además una guerra pendiente, pese

a que al critico no le

gusta hablar de eso. Llorente fue propuesto en el año 1976, en el Congreso

XXVII, como alternativa a

Alfonso Guerra, por grupos y agrupaciones dominadas por sectores marxistas.

Durante todo el año 1978,

mientras la figura suya venía siendo considerada la de número 2, Alfonso Guerra

se preparaba para darle

el golpe mortal. Para muchos en el partido, el factor del alejamiento de Luís

Gómez Llorente no fue otro

que Alfonso Guerra, preocupado por el creciente protagonismo que Llorente estaba

cogiendo.

- Guerra disputó a Gómez Llorente el segundo puesto del PSOE.

- A medida que Felipe González se moderaba, Pablo Castellano se radicalizaba.

además.

 

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