Defensa de la democracia     
 
 ABC.    19/12/1980.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ABC

OPINION

VIERNES 191280

Defensa de la democracia

Como retrotrayéndose a cincuenta años atrás en la historia de España —octubre de

1931—, Felipe

González ha reiterado su diagnóstico de grave enfermedad de la democracia

española, y formulado la

misma receta, desde la oposición, que Azaña en aquella fecha, desde el Poder.

«Necesitamos una ley de

Defensa de la democracia», ha dicho el líder socialista. La ley de Defensa de la

República es necesaria

para su sostenimiento, había declarado Azaña.

Casi es literal el plagio de la formulación de 1980 respecto a la de 1931. Lo

grave sería el plagio de las

situaciones. La de 1931 es historia. Ojalá no pueda decirse lo mismo, dentro de

cincuenta años, de la de

198O. Sin embargo, cierta o no la coincidencia actual —y admitamos, siquiera a

efectos polémicos, que

lo sea, como cabe esperar de la lucidez política de Felipe González— es obvia su

gravedad.

Porque si la ley de Defensa de la República respondía al hecho de que no había

República, la ley

propugnada de defensa de la democracia respondería también al hecho de que no

hay democracia. Con la

especial circunstancia de que la República era un régimen de gobierno no

definido necesariamente por la

voluntad popular y La democracia tiene en ésta su base sustantiva y definitoria.

Puede haber República

sin asentimiento popular, no cabe democracia sin él.

Bien o mal intencionada, una objeción, principal a la ley de Defensa de la

República fue su simultaneidad

con la gestación de la Constitución, a la que virtualmente derogaba al tiempo

que sus mismos autores

promulgaban aquélla. La Constitución española, en desarrollo también, y apenas

vigente y cantada

especialmente en su consagración de las libertades políticas, ya necesita, según

uno de sus padres, la

defensa de una ley, sin duda porque el asentimiento y protección social no la

defienden suficientemente.

Ley de Defensa de la Democracia, ¿contra quién? Los peligros que «prima facie»,

la amenazan son la

crisis económico-social, la disgregación territorial de España, el terrorismo y

la abstención popular. Casi

idénticos los mismos que a la República. A poco que se afine el análisis del

paralelo histórico se verá

que, salvo el terrorismo —entonces anarquía del orden público—, que es un

elemento marginal y

patológico de todo fenómeno político, la crisis económico-social de la República

obedeció a las mismas

razones que en la democracia: el ataque no a las clases —perdónese la expresión—

en que reside una

economía fuerte y dinámica y de quien tiene que revertir esa fortaleza y

dinamismo a la sociedad, sino a

sus mismas estructuras, arrasando no su poder por un necio prurito nihilista,

sino el poder mismo,

sustituyéndole por la nada.

El viejo pleito regional degeneró entonces, como ahora, en secesionismo

separatista y revolucionario, más

virulento entonces en Cataluña, a la inversa que ahora, pero con el mismo

«realismo» en las dos épocas y

con mayor extensión en la nuestra.

La abstención popular no es, sin embargo, igual ahora que entonces. En aquella

época, las masas no se

abstenían, sino que eran casi peor: beligerantes. No se abstenían por no

colaborar, sino por arrasar al

contrario y porque sabían que el espacio de cada uno no podría compartirlo con

el otro. De ahí que la

versión minoritaria y no menos odiosa de nuestro desorden público —el

terrorismo— fuera entonces el

endémico y constante estallido de subversión y violencia masiva, popular,

multitudinaria. Ahora las

masas se abstienen no por beligerancia, sino por indiferencia y desencanto.

El fruto, el éxito, de la ley de Defensa de la República, análoga si no homónima

a la de Defensa de la

Democracia, está históricamente a la vista. Con ella la República, sin adeptos

reales, pretendió

encontrarlos o imponerlos entre sus opositores. Eran, según ella, los

monárquicos quienes deberían

sostenerla. Sí ahora se pretende que sean los no demócratas quienes sostengan la

democracia, es que se

admite la falta de demócratas, se niega la existencia de la democracia. Y

supuesta esta inexistencia, sobra

esa ley.

No obstante, ese paralelismo histórico que nos sugiere la propuesta de Felipe

González, creemos que hay

democracia y hay demócratas. Una democracia real, pero mal administrada. No

creemos que en las élites

decisorias del Poder ni en el propio pueblo falte democracia. Por eso esperemos

que la democracia se

pueda salvar con fórmulas distintas a una ley de tan claras resonancias

totalitarias como la que imponga

un sistema de vida político a una comunidad nacional. Y por eso esperamos que

Felipe González tenga

mejores fórmulas, aunque no tan fáciles, para asegurar el porvenir de su

democracia en un futuro posible,

haciéndola sobrevivir al presente.

Entre otras razones, porque la ley de Defensa de la Democracia llevaría al mismo

resultado que la de la

República.

 

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