Autor: Martos, Rafael. 
 Contraddiciones en el programa del XXIX Congreso. 
 El PSOE, entre el gradualismo y la socialdemocracia     
 
 ABC.    09/12/1981.  Página: 52-53. Páginas: 2. Párrafos: 16. 

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ECONOMIA

MIÉRCOLES 9 -12-81

La estrategia económica

Contradicciones en el programa del XXIX Congreso

El PSOE, entre el gradualismo y la socialdemocracia

La relativa proximidad de las elecciones generales ha estimulado el natural Interés por conocer el

programa del partido que, para muchos, se configura como un firme aspirante a gobernar después de

aquéllas. Su programa económico es el pronunciamiento que va a ser leído con más minuciosidad. Por las

informaciones obtenidas de la Prensa ae trata de un programa con el que podría gobernar un partido que

no se llamara socialista obrero. Quizá sea asi, pero su correcta lectura hay que plantearia en el contexto de

las posibles estrategias económicas socialistas y, en concreto, de la del PSOE. En este artículo, Rafael

Ramos Martínez, miembro de la Fundación para el Progreao de la Democracia, analiza primero la

estrategia económica socialista en Europa y, a renglón seguido, las aspiraciones y los principios en que se

apoya el último programa económico del PSOE aprobado en al XXIX Congreso el pasado mes de

octubre.

Lippincott, en un célebre prologo a ensayos de O. Lange y F. Taylor, explico que los socialistas, antes de

acceder al Poder, se mostraban perezosos para estudiar y tratar teóricamente el funcionamiento de una

economia socialista. Les reprochaba, en paralelo, la excesiva inversión de tiempo dedicado a las

cuestiones políticas. Pues bien, aunque esta advertencia fue formulada por los años 30, da pie todavía para

abrir el análisis a la estrategia económica de los socialistas.

Desde entonces a la fecha los socialistas, Incluidos los españoles, han avanzado poco en la formulación

de una propuesta teórica que evite el derrape hacia la concentración de poder y la privación de libertades

de las fórmulas expenmentadas en el Oriente europeo y la desviación hacia las formas socialdemocráticas,

consumidas en su propia dinámica de intervencionismo, burocracia y elefantiasis administrativa. Ente

ambos puntos, que son los extremos de las fórmulas prácticas, se han situado algunas propuestas teóricas

que definen las alternativas más genuinamente socialistas, por su carga utópica y su ímpetu renovador.

El eje de estas propuestas teóricas es el llamado socialismo democrático de mercado, sistema en el que

funciona con libertad el mercado de consumo y de trabajo y en el que es pública la oferta de bienes y

servicios Según sus promotores, esta fórmula présenta varias ventajas: opera con el modelo teórico de

formactón de precios del sistema de libre economía, es decir, con un procedimiento objetivo para hacer

posible el cálculo económico; permitiría eludir las crisis de las economías libres a través de la

planificación; la igualación de rentas se apoyaría en sálarios objetivos.

Este sistema tenía, según O. Lange. un problema: el gran poder de los planificadores y la burocratización.

Para obviarlo, los pensadores definieron la autogestión con el fin de paliar, a través de la mayor

circulación del poder, los efectos de la estatalización, a los que tan renuentes son los socialistas

democráticos. Las dificultades de poner a funcionar este sistema han llevado a los socialistas a

degradarlo, siguiendo varios caminos, para hacerlo realizable. El carácter democrático del plan se

reduciría a acuerdos entre corporaciones y comités; se admitiría una cuota de oferta por et sector privado;

se aceptarían diferencias en los niveles de igualdad; se limitaría el principio de circulación de poder: no se

trataría tanto de lograr la autogestión como de proponer una forma de participación corporativa.

Aceptada como mal menor esta hipótesis degradada, entre el plan central y la socialdemocracia

convencional, no desaparecen todos los problemas. Quedarían dos impórtantes. Veamos el primero. ¿Por

dónde empezar? La respuesta a esta cuestión la dio también O. Lange: un programa socialista hay que

realizarlo de una vez. No se puede hacer por etapas, pues el mero anuncio de la fase por la que se

comenzará —nacionalizaciones, por ejemplo— podía implicar la descomposición y hundimiento del

sistema capitalista en vigor, con perjuicio para el bienestar y para la nueva clase política. El segundo

problema es el riesgo de superar el capitalismo sin realizar el socialismo, sino un régimen corporativo; es

decir, Estado fuerte y equilibrios resultantes de múltiples acuerdos entre organismos de representación

corporativa.

R, Selúcky ha señalado que el concepto de la medida en la que se realiza el socialismo es puramente

ideológico y, por ello, pierde operatividad a la hora de construir el socialismo en una sociedad capitalista.

Pero el resultado de la degradación del socialismo democrático de mercado es. según este crítico del

socialismo burocrático, «una superación socialista del capitalismo típicamente negativa, estadística y

meramente formal». Ahí está el ejemplo del presidente francés que, después de ofrecer aspiraciones

sublimes, se limita a reformas de fecha que en nada alteran las relaciones de producción, pero que no

crean otras relaciones de poder no menos distorsionantes

La estrategia económica defendida desde hace años por los socialistas españoles se sitúa en esta vía no

experimentada, salvo quizá en el caso de Yugoslavia. Es decir, no se trata ni de una solución oriental ni

de la alternativa socialdemocrátíca. Los socialistas españoles, en efecto, no renuncian a su programa

máximo: las discrepancias actuates, ha dicho J. Solana, son más de ritmo que de objetivos. Pero hay un

horizonte a veinticinco anos en el que el programa del XXIX Congreso es un primer paso que. además, no

da la espalda a la realidad actuad En ese Congreso se han esquivado los problemas de estrategia

económica para abrir con facilidad un paréntesis de confianza para unos y de esperanza para otros en la

gestión socialista. Esto está muy bien. Y da la razón sobre la pereza económica a Lippincott, también en

este caso, por el exceso de preocupación por las cuestiones políticas.

Pero el compromiso de hacer un programa con el que ganar y gobernar no debe ocultar a los electores que

se trata de un paso inicial inscrito en una estrategia no exenta de dificultades que, en último término,

supone una profunda modificación del sistema actual sobre la que el pronunciamiento del electorado

requiere una adecuada información previa.

EL PROGRAMA ECONÓMICO DEL XXIX CONGRESO

El programa económico aprobado por este XXIX Congreso pretende básicamente dos cosas: dar los

primeros pasos en el camino de la igualdad y combatir el paro. El objetivo de la igualdad, que los

socialistas definen solo «en abstracto», se intenta lograr a través de tres caminos: la igualación de rentas,

el aumento de las prestaciones del sector público y la modificación de las relaciones de producción. Pero

para los socialistas la igualdad no es la única nota de una sociedad socialista; hay que añadir la

democratización en profundidad a la que se llegaría a través de un sistema institucionalizado de

representación de los intereses, no sólo políticos, también de los económicos y de los que llamaremos

vitales. Todo esto hay que considerarlo conjuntamente.

La igualdad sería, pues, el resultado del control público y politico de la economía y de ta profunda

democratización organizada para que el poder circulase a través de una tupida red de órganos de

representación entre los que el Parlamento ocuparla una posición en la pirámide de «mini parlamentos»

de barrio, de fábrica, de Ministerio, etcétera. Para lograr ese control no son necesarias muchas

nacionalizaciones si se obtiene una situación de dominio público real sumado a cualquier fórmula de

cogestión-autogestión. Bastaría esto para modificar en una primera etapa lo que los socialistas llaman

relaciones de producción. Con ello darían lugar a unas nuevas relaciones de poder, de las que ésas son

una parte, derivadas de la mayor soberanía económica de la dase política; este problema que desbarata el

fin de las nacionalizaciones no está resuelto, lo que ya es grave. Pero sigamos.

LA EFICACIA DEL SECTOR PUBLICO

Creen los socialistas que la igualación de las rentas no se traducirla en menores estímulos para prospera

Bastaría leer precisamente a un socialista, A. Dubcek, para empezar a dudar de las ventajas colectivas de

esa fórmula. Opinan, por otra parte, que el mayor peso económico del sector público, además de que hace

posible la igualdad, no reduce la creación de riqueza ni supone pérdida de la utilidad del mercado para la

asignación racional de recursos. Como contrapartida adicional entienden que se eliminarían las crisis y

que se lograría el pleno empleo. Naturalmente que para que esto marchara bien tiene que funcionar con

eficacia la Administración del Estado.

Esta fe socialista en la eficacia económica del sector público se basa en la creencia de que éste puede

conocer y utilizar toda la información económica y no económica, dispersa entre los agentes en forma de

conocimientos, de experiencia, pericia, costumbres e intuiciones. Pero eso no es así. Los propios agentes

económicos privados no son conscientes de la información que poseen y ponen a funcionar en cada

decisión. En cuanto a la capacidad de la Administración, no se puede incurrir en el maniqueismo de

pensar que ésta hace bien incluso aquello para lo que existen los empresarios. La Administración es más

capaz que los empresarios para hacer ciertas cosas, pero menos para otras.

Los posibles problemas de la ampliación de la cuota económica del sector publico no se compensaría por

la existencia de un mercado libre para ciertos productos. Los socialistas han aceptado el mercado, e

incluso lo ensalzan, porque han llegado a convencerse de su capacidad para asignar los recursos con más

eficiencia que el plan. Pero en su posición hay dos puntos débiles. El mercado es como una baraja de

naipes. La trampa de quitar palos la invalida para jugar. Con un Estado que controla un amplio porcentaje

de actividad económica, con un plan económico, con igualación de rentas, el mercado libre para algunas

actividades sería una caricatura desafortunada. El otro punto débil es pensar que fas ventajas del mercado

se limitan a la correcta asignación de recursos. Hay otra tan importante que se pierde en la concepción

socialista: la capacidad creadora, motriz, catalizadora, innovadora, de la competencia, tan recortada en la

España de hoy por tanta traba burocrática y por un marco institucional intervencionista.

PARO Y PARTICIPACIÓN

Nos quedan dos puntos del programa económico socialista que conciernen al ámbito del trabajo, el paro y

la participación de los trabajadores en las decisiones. Sobre este último basta decir que, en un mundo

complejo, la capacidad de participar en decisiones se base en la disposición de información y en la

capacidad de atención. Nada que objetar a la participación democrática, salvo hacer notar que en el

proceso participativo, como se verifica en Yugoslavia, unos se alzarían con el santo y otros con la

limosna. Al final, los más capaces serían los que impusieran los criterios ante la participación «pasiva» de

los demás.

En cuanto al paro, decir que a estas alturas los economistas sabemos que la solución está, con empresa

pública y privada, en la moderación de los salarios reales y en la modificación del marco institucional. El

sector público no crea más empleo que el privado y casi diría que crea menos que el que destruye con su

atosigamiento fiscal y reglamentario. Si se predica la moderación de los costes laborales, pero la porción

de renta que no se otorga via salarios se otorga vía mayores prestaciones públicas de las llamadas

sociales, que supongan fuertes y rápidos aumentos de presión fiscal, se dificultaría la finalidad del

solidario propósito de aceptar salarios más bajos. Al final se pagarían por los más capaces los impuestos

que, en otro caso, se hubieran destinado a pagar salarios, y no cabría pensar en la pretendida recuperación

de los márgenes de explotación, sino en la recuperación de las precarias cuentas del sector público. En

resumen, para acabar con el paro, moderación salarial, sí, pero no a cambio de mayor presión fiscal,

porque puestos a ser keynesianos, y yo no lo soy, no hay razón para pensar que el tirón del consumo

privado sobre la inversión seria menos fuerte via salarios más altos que vía gastos públicos crecientes,

antes lo contrario. Pero en este segundo caso sí sería menor la libertad para elegir cómo gastar el producto

del trabajo, lo cual es poco compatible con la libertad, predicada por los socialistas para participar en

decidir cómo se realiza aquél.

Rafael MARTOS.

 

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