Autor: Chamorro, Eduardo. 
   Felipe González, una institución orgánica     
 
 Diario 16.    30/10/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

EDUARDO CHAMORRO

Escritor y periodista

Felipe González, una institución orgánica

El autor de «Felipe González, un hombre a la espera», analiza aquí el refrendo

del ciento por ciento de

votos alcanzado por el secretario general del PSOE ante el XXIX Congreso de su

partido. Para Chamorro,

la absoluta totalidad de la confianza socialista está ahora en su fetiche.

A lo largo de toda su historia pública como secretario general del Partido

Socialista Obrero Español,

Felipe González ha manifestado repetidamente que no es un político vocacional,

que no quiere ser un

profesional de la política, que se mantiene donde está por una suerte de

imperativo moral y que lo que a él

le gustaría es abandonar la poltrona y el espinoso laberinto de los jeribeques e

irse al campo.

Me parece que Felipe González nunca ha examinado lo que esas palabras podían

querer decir, en una

perspectiva situada un poco más allá de sus propias narices, ni se ha percatado

nunca de que el significado

profundo de las mismas podía poner los pelos de punta a todos aquellos que,

interesados por ciertos

aspectos complejos de la historia, hubiesen examinado con un detenimiento

normal la contextura

psicológica de algunos de los más aplaudidos y rechazados (cheered and checked,

que dice Shakespeare

en el soneto XV) políticos de esta edad nuestra, contemporánea.

Fuera de la cúspide del poder, los puestos políticos sólo tienen el confort de

la promesa de poder que

encierran. Por eso todos los políticos aguantan, menos uno que la goza. De ahí

que todos hagan lo posible

por mantenerse y mejorar su lugar y posición, con lugares y posiciones más o

menos cercanas a aquel

único punto en el que podrán transformar su voluntad en algo tangible.

Imperativo divino

Cuando uno de ellos hace pública ostentación y testimonio de su escaso confort

en el lugar asignado, pero

mantiene vivas sus fuerzas en el ejercicio de no abandonarlo, puede pensarse de

él que es un taimado o un

ingenuo, o bien que siente como imperativo divino aquello que denota como

imperativo moral, y se

empecina en su puesto por que, a sus entendederas, permitir que concurrieran las

circunstancias que

propiciaran su abandono seria tanto como transgredir los términos de una sagrada

alianza con aquel poder

moral que tanto conforta su espíritu.

El XXIX Congreso del PSOE ha confirmado en su puesto de secretario general a

Felipe González por el

ciento por ciento de los votos. Esto, en un país como España, tan habituado

históricamente a la

unanimidad política, es casi una descortesía hacia la transición democrática.

Pero no es eso lo peor, habida cuenta, sobre todo, que también es España un país

habituado a la

descortesía.

Lo peor es que en política, la unanimidad es como el reino mineral en las

ciencias naturales. Es, en

realidad, el reino del silencio tras la expresión estruendosa de un acatamiento

sin lisuras.

Matar al padre

Y eso debe dar a Felipe González -desde un punto de vista moral- un poco de

miedo, o debe producirle un

cierto e incómodo temblor espiritual, sí es que es el hombre que sugiere la

imagen que de él ha elaborado

el propio Felipe González a lo largo de toda su vida pública.

Cuando tuvo lugar el XXVIII Congreso del PSOE, las criticas hacia

Felipe González le obligaron a

presentar su dimisión, provocando con ello un congreso extraordinario que la

rechazó y le reinstituyó en

la secretaría general.

Aquello que pasó en el XXVIII Congreso fue definido en términos freudianos como

un «intento de matar

al padre». Lo que ha ocurrido ahora, en el XXIX Congreso, recién concluido, ha

sido la fastuosa

divinización del hijo, una vez cumplido con éxito el rito sacrificial.

Con el ciento por ciento de las confianzas socialistas puesto que él, Felipe

González ya no necesita

confianza alguna en sí mismo. Su papel ha concluido. Y por haber puesto tal

cantidad de confianza en él,

y de una manera tan orgánica, tampoco militante socialista alguno necesita

tenerla en si propio. La

absoluta totalidad de la confianza del PSOE está ahora en su fetiche.

A tenor de este ungimiento, Felipe González deja de ser aquella persona que a la

espera dio titulo exacto a

un libro mío. Ahora, cuando por no pensar los socialistas en las elecciones de

1987 están a punto de no

ganar las de 1983, el PSOE acaba de hacer de Felipe una institución y la coloca

en la espera. Como si se

hubieran dado cuenta de que ahora sí que ya no va hacia ningún sitio.

 

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