Las bases y la guerra de D. Alfonso Guerra     
 
 ABC.    23/01/1980.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

ABC, MIÉRCOLES, 23 DE ENERO DE 1980. PAG. 2.

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Apartado 43

Editor: PRENSA ESPAÑOLA, S. A.

LAS BASES Y LA GUERRA DE D. ALFONSO GUERRA

Rasgo común en las grandes democracias occidentales es el que tanto el Gobierno

como la oposición se

definan por similares ejecutorias de coherencia y seriedad, especialmente en lo

que se refiere a los temas,

grandes y chicos, de la política exterior. Y cierto es también que para las

cuestiones más graves o

decisivas siempre se les encuentra en coincidencia. Existe, en las democracias

de solera, lo que tantas

veces hemos pedido desde este espacio: un consenso nacional para la diplomacia.

Es decir, todo lo

contrario de lo que aquí en España se quiso experimentar, por exceso

partitocrático y defecto en la

atención debida a las necesidades del Estado. Se quiso aquí una diplomacia para

el consenso. Que la

carreta fuera delante de los bueyes.

A la vuelta ya rigurosamente cumplida de estos experimentos, cuando la reciente

visita del presidente

Suárez a Washington culmina la definición occidental de le política exterior

española, sin margen para la

interpretación errónea o para el equívoco, sobreviene el espectáculo,

desalentador y triste, de unas

declaraciones socialistas que no sólo contradicen la común, mayoritaria,

posición de sus partidos

hermanos en el occidente europeo, sino que, además, colisionan frontalmente con

lo expresado por otras

figuras, representaciones e instancias del propio PSOE.

Acabamos de releer unas declaraciones de don Alfonso Guerra en las que, sin

empacho alguno, plantea,

entendemos que como desenlace ideal a los problemas de la instalación española

en la comunidad

democrática de Occidente, el desmantelamiento de lo que llama «bases americanas»

en España. Esas y

otras cosas más ha querido desmantelar, al parecer, quien ostenta la segunda

jerarquía del PSOE. Y no es

lo más preocupante que el señor Guerra postule el desmantelamiento de las bases,

sin aportar ninguna

fórmula alternativa, lo realmente grave es la abierta contradicción en que

incurre con lo manifestado por

otras representaciones de su partido cuando, para oponerse al ingreso de España

en la OTAN, han

insistido sobre la suficiencia de la presente relación bilateral con los Estados

Unidos.

¿Cuál es, por tanto, la política exterior del PSOE? ¿Acaso es el señor Guerra

quien la define por

delegación del secretario general una vez que el partido amortizó la Secretaría

de Relaciones

Internacionales en su última reorganización interna? Nos resulta difícil

comprender que un episodio

humoral motivado por la frustración de expectativas poco fundamentadas en el

curso de un viaje algo más

que de estudios a los EEUU, valga como acuñación válida de doctrina diplomática.

El PSOE es el partido

mayoritario de la oposición y, pensamos nosotros, se debe a responsabilidades

específicas y merecedoras

de una consideración, aunque diferente, tan seria como las de gobierno. La

alternativa al Poder no puede

consistir en alternativa a la seriedad, al rigor, a la ponderación y a cuanto

demanda la solidaria defensa de

los intereses nacionales. Quisiéramos que una cosa fuese la doctrina diplomática

y otra la guerra de don

Alfonso con sus desafortunados anfitriones norteamericanos.

ATENCIÓN AL TURISMO

Desde hace años, el turismo es el renglón más positivo de nuestra balanza de

pagos por cuenta corriente,

supliendo con creces el tradicional déficit que registran los intercambios

comerciales. De su importancia

económica puede dar idea el hecho de que los ingresos por este concepto todavía

en 1979 permitían pagar

en su práctica totalidad la factura del petróleo. Tales razones, y otras muchas

que se podrían aducir,

justifican que la sociedad española, y no sólo la Administración, dediquen una

especial atención a este

sector de actividades.

Los datos provisionales adelantados por el Ministerio de Comercio revelan que en

1979 disminuyó el

número de visitantes en un 2,7 por 100 con relación al ejercicio anterior. De

todos modos, se registraron

casi treinta y nueve millones de entradas, cifra solamente superada en 1978.

Resulta significativo que la

afluencia cortara su marcha ascendente, iniciando un claro declive, precisamente

en lo que técnicamente

se califica como temporada alta, es decir, en los meses estivales.

Creció, sin embargo, el ingreso de divisas por este concepto en unos mil

millones de dólares (un 18 por

100 más que el año precedente), hasta sumar, aproximadamente, seis mil

cuatrocientos millones. El saldo

neto es inferior en varios cientos de millones, como consecuencia del incremento

en las salidas de

ciudadanos españoles. Son dos fenómenos claramente interdependientes.

Vinieron menos turistas que, sin embargo, dejaron en España más dólares. Es el

resultado del

encarecimiento de los precios internos, desalentador en el sentido de que no ha

ido acompañado de una

mejora en la calidad de los servicios, sino, por el contrario, de un claro

deterioro. Hubo, por otra parte, un

transvase de las instalaciones hoteleras hacia los apartamentos de alquiler, lo

que ha provocado serias

dificultades de continuidad en un sector tradicionalmente en punta. La

acumulación de factores

disuasorios puede convertirse en actitud irreversible de rechazo por parte de

muchos de nuestros

presuntos visitantes. Y eso sería muy grave. Nuestro corresponsal en Londres

escribía en una crónica

reciente: «En plena temporada de reservas de plazas por los turistas británicos

se calcula una caída del 40

por 100 en la demanda de invierno. Las perspectivas para el verano próximo, de

carácter general,

anticipan una baja del 9 por 100. Es una advertencia que no debe caer en el

vacío al referirse a una

clientela nutrida y fiel como la procedente de Gran Bretaña.

El otro fenómeno es el creciente éxodo, especialmente en el verano, de españoles

hacia otras geografías.

El mayor nivel de vida ha permitido ampliar a sectores más amplios de población

esta fórmula moderna

de ocio. Por otra parte, los precios externos, en algunos casos, resultan

comparativamente más bajos que

los que han de pagarse en la propia España, lo que estimula el deseo de conocer

nuevas tierras.

Hasta ahora, como decíamos antes, el turismo ha sido uno de los pilares en los

que se ha asentado con solidez el

 

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