Don Manuel Fraga Iribarne ingresa en la Academia de Ciencias Morales y Políticas     
 
 ABC.    27/04/1962.  Página: 59-60. Páginas: 2. Párrafos: 6. 

VIDA CULTURAL

Don Manual Fraga Iribarne ingresa en la Academia de Ciencias Morales y Políticas

Don Manuel Fraga Iribarne,. director del Instituto de Estudios Políticos, ha sido recibido como miembro

de número en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. El acto estuvo presidido por los

ministros don Mariano Navarro Rubio, don José Solís Ruiz y don Pedro Gual Villalbí, y el rector de la

Universidad de Madrid y consejero del Reino, señor Royo Villanova, a quienes acompañaban en la

presidencia los académicos señores Redonet y Millán Puelles.

En el estrado figuraban también el presidente del Tribunal Supremo, señor Castán; los ex ministros

señores Martín Artajo y Fernández Cuesta; el subsecretario del Ejército, general Mendoza; el

vicesecretario general del Movimiento, señor Herrero Tejedor; el capitán general de Madrid, general

García Valiño; el duque de la Torre, el teniente general Rodrigo y numerosas personalidades y miembros

de la Real Academia. El salón estaba repleto de un numeroso público, en el que figuraban catedráticos y

personalidades de las letras y la política.

El señor Fraga Iribarne hizo su entrada en el salón acompañado por los académicos señores Gual Villalbí

y Martín Artajo.

Luego de rendir tributo de admiración a don Manuel de la Plaza, a quien sustituye en la Academia, el

recipiendario trató del tema "La guerra y la teoría del conflicto social". Estudió la guerra como forma del

conflicto social en toda su trascendencia histórica, sistematizando sus aspectos sociales positivos y

negativos y desarrollando el origen y evolución del fenómeno "bélico en las sociedades humanas, hasta

llegar al planteamiento del hecho guerrero en el siglo XX.

En el mundo contemporáneo la guerra revolucionaria aparece como expresión típica de la revolución

social de nuestro tiempo. Con plena conciencia de su tremenda eficacia, el marxismo utiliza este tipo de

guerra al servicio de un proceso político. Lo esencial en la guerra revolucionaria—dijo el señor Fraga—es

que en ella, siendo la violencia más feroz un elemento siempre presente, lo decisivo es el análisis político

y psicológico.

Por ello es necesario comprender los problemas del conflicto y del cambio social para poder afrontarla

activamente y no caer en el peligro de una situación puramente quietista. La guerra revolucionaria se

justifica en la necesidad real de un cambio del sistema económico-social que grandes mayorías anhelan.

La eficacia del comunismo radica en la presentación de una fórmula para dicho cambio, aunque sea

utópica y engañosa.

El mundo occidental necesita para poder oponérsele su propia fórmula del cambio social, o sea, una

política, por lo que las tácticas concretas por sí solas no sirven para nada. De no alumbrar esta política de

la transformación económico-social, el porvenir se presentaría muy sombrío para la civilización

occidental, encajonada entre la imposibilidad de la "guerra grande" y las dificultades de estar a la

defensiva en la "guerra chica".

Pasó a continuación el nuevo académico al estudio de los problemas filosóficos, sociológicos y positivos

de la paz, el inmortal anhelo del hombre, pero sobre cuya posibilidad no debemos hacernos ilusiones.

Partiendo de la base dé que el conflicto es consustancial a la naturaleza humana y a la realidad social, el

examen de la guerra y la paz ha de establecerse sobre el carácter mismo del hombre histórico. No es el

camino para recalcar la tendencia al conflicto negar su existencia, sino buscar válvulas para que pueda

producirse el cambio social que el conflicto demanda, sin resignarse a que éste discurra por fórmulas

violentas o catastróficas.

En definitiva, el fin perseguido por todos debe ser la paz. Pero paz no quiere decir uniformidad, sino

unidad en la diversidad. Paz—afirmó Fraga Iribarne—no quiere decir conformismo ni simple respeto del

"statu quo". Paz supone, ciertamente, el uso de la razón humana con fines constructivos, el respeto a la

vida humana y un mínimo de tolerancia. Tal ha de ser el fin último de la guerra misma si se hace

inevitable. Porque, como se lee al pie de la estatua del general Sherman: "El objeto legítimo de la guerra

es una paz más perfecta".

 

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