Autor: Iniesta Coullaut-Valera, Enrique. 
   Blas Infante, un símbol dificil     
 
 El País.    12/08/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

TRIBUNA LIBRE

Blas Infante, un símbolo difícil

ENRIQUE INIESTA COULLAUT-VALERA

La función sociológica del símbolo exige su universal aceptación por la

colectividad que se proyecta en

él. La ambigüedad de una bandera puede alzarse por brazos hasta adversarios.

Cada cual la lleva con su

grito personal. Pero un hombre hablo, actuó, fue muerto por manos concretas...

Si no se le amordaza, si

sus escritos no son censurados, si sus acciones no se silencian, si sus verdugos

no son hurtados al dedo

fiscal de la Historia, el hombre resulta difícil símbolo común para un pueblo.

Blas Infante Pérez fue un campeón de la unidad andaluza. Cierto. Pero su voz y

sus hechos se fueron

concretando con tal nitidez que no pueden usarse a modo de comodín para todos en

tumulto

indiferenciado. Figura compleja, no fue contradictoria ni salsera de todos los

platos. Ha sido sacada

precipitadamente del olvido y alzada, a veces, como muñeco guiñolesco adaptable

a toda farsa y

comparsa, cualquier verdad y opción. Y no. Quizá sea útil un signo de todos.

Pero acaso el símbolo de

todos acabe siendo el de nadie. Infante es el hombre de la gran mayoría de los

andaluces, porque vivió,

escribió y murió fusilado por los empobrecidos, pacíficos, libérrimos,

sensibles, airados hombres de la

feraz Andalucía, Con tal. desechemos la foto fija, la frase y el gesto sin

contexto, entrando a fondo en sus

trece obras publicadas, sus dos inéditas, sus casi 2.000 manuscritos y su total

trayectoria, puede llegar a

saberse para qué y para quiénes quería esa unidad de los suyos; de qué y para

quiénes tal unidad resultaba

exclusión, autoexclusión.

Después de unos estudios dificultados por los apuros económicos que los

labradores medios andaluces

sufrieron en los años del 98, hasta interrumpidos por trabajos de administrativo

en su pueblo. Infante es

notario con 24 años. Con «la visión sombría del jornalero clavada en la

conciencia desde la infancia» que

él escribe y nunca ¡olvidará, con los ojos deslumbrados por la cultura

arábigoandaluza bebida en Granada

y «compañero inseparable de niños gitanos de Casares», cuyas expulsiones «me han

servido después para

explicarme la Historia de España», se entrega al fervor de un andalucismo

culturalista en la media

burguesía intelectual del Ateneo de Sevilla. Tres años (1910 a 1913) en que

algunos han querido frenarle.

Pero anda él cabalgando entre Cantillana, donde es notario y sangra el tema

agrario, y Sevilla, donde

ejerce un «nacionalismo remedo del norteño» que escucha conferencias a Cambó.

1913 será fronterizo.

Quedarán atrás los juegos aunque sean florales y emergerá el gran tema de su

vida, la reforma agraria, el

problema histórico andaluz. Su segunda etapa (andalucismo agrario) se integrará

en las que sigan y

supondrá la ruptura con lo que supone el Ateneo sevillano. Funda los centros

andaluces «para los aspectos

políticos y económicos del regionalismo» (Soriano Díaz) y su órgano, la revista

Andalucía. Nace ya su

tercer momento, andalucismo integrador popular, «nuevo nacionalismo» que diría

en El Liberal (Sevilla,

16-4-1917). «Nuevo», por popular, no exclusivista, «universalista, paradójico»

hasta «desconcertar a los

nacionalistas norteños peninsulares», que dirá él. Y aquel mismo año, el gran

revulsivo de la Revolución

Rusa. En los pueblos andaluces no se habla de otra cosa. Infante asume el riesgo

de enjuiciarla

confesándose «enemigo de la dictadura burguesa», mientras afirma que la

trayectoria de Lenin

«desacredita el comunismo» por el rol déspota de la burocracia y el Ejército.

Con ello, se adelanta

veintiséis años a Milovan Djilas. Y afirma: «Nuestros descendientes se llamarán

socialistas o comunistas,

pero, a pesar de adjetivarse asi, preguntarán: ¿dónde está el socialismo? En los

libros teóricos, esperando»

(La Dictadura pedagógica). Pero el fenómeno soviético le radicaliza y la

Asamblea Andalucista de

Córdoba (1919) publica su célebre Manifiesto, «que el mismo Infante redactó, de

tonos extremadamente

duros y posiciones muy radicales» (Lacomba). Con él, se decanta la cuarta etapa

infantiana, el

andalucismo de clase, desde el que apela a todos los andaluces», porque «el

hambre del pueblo ruge», a

que «se apresuren a hacer justicia». Los años de Primo de Rivera, en la

clandestinidad, le ponen en

contacto con el histórico anarcosindicalismo andaluz. Ve en él el arma de los

«campesinos expulsados de

su tierra», los «fellamenghu», «flamencos». Infante ha dedicado los años de

dictadura a la investigación

de la historia y la cultura de Andalucía. Podría haber sido un notario bon

vivant. Mientras escribe

Orígenes de lo flamenco, hace notar (manuscrito C-31-32): «España, que lo

regatea todo a los

investigadores profesionales, paga muy bien a unos funcionarios, que son los

notarios, dejándoles mucho

tiempo libre para que puedan investigar». Y fue infatigable. Abarcó política,

economía, música, cante,

lengua árabe, lexicografía, filosofía, psicología, fisicoquímica, medicina,

teología, derecho, literatura,..,

en ocho años de retiro en isla Cristina.

Pertrechado con la reflexión, el Infante que emerge de los años primorriveristas

ha observado el cambio

en la táctica anarquista que abandona la violencia a personas y «defiende sus

intereses con sindicatos y

una cultura emancipadora». Parece llegado el Infante final, el de sus 65 últimos

meses. No modera ya el

color clasista de su andalucismo radical (quinta etapa) y funda las Juntas

Liberalistas; se autotitulan

«órgano de los anhelos revolucionarios de Andalucía» (Pueblo Andaluz. 136-1931),

«de liberación» (La

Voz, Córdoba, 29-1-1933). Interpartidistas, no interclasistas, permanecen en

ellas quienes no siguen el

consejo de Infante de ingresar con él en el Partido Republicano Federal (El

Liberal, 21-4-1931, Sevilla), y

serán el otro polo de la eterna dialéctica infantiana: unidad («limitada a

conseguir la autarquía de nuestro

pueblo») y opción por las clases populares, jornaleras sobre todo. Son posturas

de su último manifiesto

del 15 de junio de 1936. La obsesiva ambición del líder andalucista es lo

unitario: «Yo quiero ser y hacer

la trama del lienzo; que otros le den color» (manuscrito AC-17), pero, a la vez,

afirma que «la unidad es

imposible, lanto como lo es que (siendo tránsito lo presente) no hubiera debate

entre los hombres»

(masculino AC-82). Infante. difícil y matizado símbolo andaluz.

Una última precisión que satisfaga la manía clasificatoria: ¿era marxista el

Blas Infante final? Tamaña

cuestión precisaría detenciones aquí imposibles. Pero vayamos a una síntesis

provisional de estudios en

marcha: su último y más desconocido libro (se diría que enterrado aposta) es La

verdad sobre el complot

de Tablada y el Estado Libre de Andalucía. Gran parte, autobiográfico, y una

prueba «notarial» del

bakuninismo del notario andaluz. No reconocía capacidad a la ciencia ni a la

filosofía para analizar

adecuadamente la trascendencia. No admitía el materialismo histórico si se

interpreta como mecanicismo

de las leyes económicas. Pero su método historiográfico y filosófico se apoya en

un estudio riguroso de

las ciencias positivas, valorando al máximo la intuición. No era leninista

porque era libertario. Se negaba

a que las socializaciones (¡la tierra...!) supusieran cambiar la titularidad de

la propiedad privada a la

estatal; autogestionario y cantonalista, defendía, como administradores-

poseedores, a municipios y

asociaciones básicas controladas y ayudadas técnicamente por el poder público.

Comprueba a su pesar— que las clases en conflicto histórico son las

tradicionales en Marx.

El 4 de mayo de 1940 (cuatro años después de cumplida), el Tribunal Regional de

Responsabilidades

Políticas dictaba «sentencia» condenando a Blas Infante Pérez, «fallecido a

consecuencia de la aplicación

de Bando de Guerra», porque «formó parte de una candidatura de tendencia

revolucionaria en las

elecciones de 1931, y en los años sucesivos, hasta 1936, se significó como

propagandista para la

constitución de un partido andalucista o regionalista andaluz». Infante murió

sin juicio ni sentencia, y esa

«aplicación del Bando de Guerra» se hizo sin tribunal, por un grupo de verdugos

azules, avalados por

arbitraria orden verbal del gobernador Parias y el general Queipo de Llano. En

la noche del 10 al 11 de

agosto de 1936, en el kilómetro 4 de la carretera Sevilla-Carmona, gritó dos

veces «¡Viva Andalucía

Libre!» (y no es honrado mutilar la última palabra de un moribundo), y midió con

su cuerpo la tierra por

la que vivió y murió voluntariamente empobrecido.

Enrique Infesta Coullant Valera es historiador y miembro del Partido Socialista

de Andalucía.

 

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