La política exterior del PSOE     
 
 El País.    02/07/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

La política exterior del PSOE

LAS DECLARACIONES de Felipe González sobre la política exterior española (véase

EL PAÍS del 29

de junio) no han mejorado, ni en calidad ni en precisión, las realizadas por el

señor Oreja, ministro de

Asuntos Exteriores de UCD, dos semanas antes. Tanto en un caso como en otro,

esos grandes vectores de

la acción exterior de España como nación, de los que habla el secretario general

del PSOE, se mantienen

en la indefinición, y se mantiene la impresión de que los litigios más candentes

de nuestra política

internacional son utilizados por los dos grandes partidos como piedras

arrojadizas.

Felipe González dice que el ingreso de España en la OTAN constituye «el punto

central de ruptura» entre

la política exterior de UCD y del PSOE, y añade unas inteligentes reflexiones

acerca del absurdo que

supone ligar esa decisión con la entrada en la Comunidad Europea y la

recuperación de la soberanía sobre

Gibraltar. También resulta convincente al señalar la insuficiencia de una

mayoría parlamentaria simple

para adoptar ese compromiso histórico, al exigir un debate nacional en torno al

tema y al apuntar el papel

diversionista de los problemas internos que puede haber asignado el Gobierno a

ese asunto de la OTAN.

Sin embargo, la posición de fondo de los socialistas respecto a la OTAN reviste,

en ocasiones, formas de

expresión casi incomprensibles. No resulta fácil de entender la congruencia de

las frases «no estoy contra

la OTAN» y «lo que estoy es en contra de que España se integre en la OTAN»,

pronunciadas ambas por

Felipe González y la sutileza de su no a la entrada de España en la OTAN, y no

a la dialéctica simplista

de OTAN, si, u OÍAN, no, recuerda con exceso el famoso rechazo del fallecido

Fernández-Miranda a las

trampas saduceas. De otro lado, tampoco resulta muy coherente preguntar si los

ciudadanos españoles

estarán de acuerdo con el establecimiento en España de bases militares

atlánticas dotadas con cohetes

Pershing, con el argumento de que tales instalaciones estarían simétricamente

amenazadas por los SS20

soviéticos, y aceptar simultáneamente las bases estadounidenses en España, con

el razonamiento de que

esos poderosos enlaces estratégicos de las fuerzas aéreas y navales

norteamericanas no disponen de forma

permanente de armamento nuclear.

El punto más controvertido y difícil de la política exterior del PSOE parece,

así, su intento de hacer

compatible la defensa de los pactos de defensa bilaterales con Estados Unidos y

el rechazo de las

relaciones multilaterales atlánticas.

En esta perspectiva, el neutralismo activo que al parecer inspira, «al margen de

esquemas librescos», la

estrategia internacional del PSOE y le impulsa a recomendar nuestra

participación como «observador

permanente» en la Conferencia de Países no Alineados cobra mayores

características de indefinición.

Los grandes vectores de la política exterior del Estado son para los

socialistas, excluido el contencioso de

la OTAN, las mismas líneas gaseosas que orientan a UCD. La integración en

Europa, la participación

militar en el bloque occidental —«España está, desde luego, incluida en la

defensa de Occidente»— a

través del bilateralismo y el carácter prioritario de nuestras relaciones con

Latinoamérica y con los países

árabes son las cláusulas de estilo de esa doctrina exterior demasiado llena de

buenas intenciones, pero

escasa de proposiciones concretas.

Algunas preguntas habría que hacerse respecto a otros puntos de las

declaraciones que comentamos: la

defensa del derecho a la autodeterminación del pueblo palestino, ¿lleva o no

consigo el no

reconocimiento del Estado de Israel? Felipe González se sale del problema con la

afirmación de que, «a

pesar de esta situación particular y coyuntural, nuestro partido está a favor de

que España mantenga

relaciones diplomáticas con todos los Estados en cuanto esto sea posible». En el

tema de Irán, la

exhortación a entender el proceso revolucionario iraní, el pronunciamiento a

favor de la liberación de los

rehenes y el recordatorio de los apoyos norteamericanos a la sangrienta

dictadura del sha coexisten sin

mayores problemas en el discurso. La «solidaridad sin condiciones» con Nicaragua

y la critica al

Gobierno por no hacer todo lo posible para ayudar a este país .no implica, sin

embargo, ningún

pronunciamiento sobre el resto de los volcanes en erupción en Centroamérica y la

política exterior a

seguir, por ejemplo, con El Salvador y Guatemala. La profundización de

relaciones con México y

Venezuela es una orientación parcialmente compartida por el Gobierno. Tampoco la

diferenciación entre

las dictaduras militares de Argentina y de Chile y la exhortación a que España

propicie una salida

democrática en ambos países —y, es de suponer, también en Uruguay se hallan

demasiado alejadas de las

posiciones de UCD. al igual que las advertencias contra la inoportunidad de una

ruptura diplomática con

los regímenes autocráticos del Cono Sur. Sin embargo, cabria que la alternativa

socialista pudiera

concebir proyectos más sugerentes y originales, tal vez en el campo de la

cooperación humana y de la

acción cultural, en los países de nuestra lengua.

Queda finalmente el tema decisivo de nuestro «flanco sur». También aquí

sorprende la incongruencia y

falta de alternativas. Que Ceuta y Melilla están habitadas hace cientos de años

por ciudadanos españoles,

y que nuestro Estado y nuestra sociedad deben defender sus intereses y

salvaguardar sus derechos es un

hecho que no debe servir necesariamente para negar la existencia de un

contencioso objetivo en este

terreno, que antes o después ha de saldarse con algo más que las declaraciones

de españolismo de las

plazas, y lo mismo podría decirse respecto a la cuestión Argelia-Marruecos y las

posiciones socialistas.

En más de una ocasión hemos opinado que nuestro «flanco sur» no es precisamente

el escenario de una

película del Oeste, con buenos en estado puro y malvados salidos del mismísimo

infierno. Las posiciones

socialistas no terminan de reconciliar las necesidades objetivas de nuestra

acción exterior en el norte de

África con un cierto arbitrismo de corte ideologizante y emocional.

 

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