Autor: Dávila, Carlos. 
   El PSOE que nos quiere gobernar     
 
 ABC.     Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

la, no; democracia

El PSOE que nos quiere gobernar

Por Carlos DAVILA

El PSOE ha conquistado la clase media. Esto, al menos, dicen las encuestas. Los

profesionales, empleados y funcionarios, los sacrificados de la Renta que ya

pagan todos los

junios más de cien mil pesetas, están, al parecer, decididos a votar socialista

—¿o

socialdemócrata?— en las próximas elecciones. Sus intenciones en las urnas son

hoy claras; a

menos de dos años de los comicios generales: 39 por 100 para el PSOE y solo un

21 para

UCD. Por eso los socialistas, despacio, muy despacio, les están mimando: con un

cuidado

exquisito para no irritarles, con una habilidad de futbolista para ofrecerles

seguridad, con un

tacto de prestidigitador para hablarles del cambio auténtico y, claro está,

moderado.

El diseñador, gestor y artífice Ha sido Felipe González, el líder político mas

exportable de

España. Felipe, al borde de los cuarenta, está constituyendo el Gobierno-

alternativa, el

Gabinete dispuesto a mandar mañana. Para él, mas importante que la propia

Ejecutiva que

saldrá del Congreso otoñal, es el grupo de expertos y técnicos que preparan el

acceso al

poder: «tenemos que empezar a enviar decretos al "BOE" al día siguiente de ganar

las

elecciones». Los expertos son los nuevos y viejos mandarines del partido:

ninguno rebasa los

cuarenta años y casi todos pertenecen al ala socialdemócrata. Una facción que,

según Javier

Solana en el centro del centro, no representa más de un 20 por 100. Son los

Boyer, ahora en

los hidrocarburos nacionalizados; Solchaga, el autor del programa económico

enamorado —

Dios le perdone— del déficit publico; Lluch, el catalán sarcástico; Luís Solana,

encargado de

contactar a toda prisa con tos militares de graduación; Corcuera, a la derecha

de UGT; Ciríaco

cíe Vicente, la conciencia crítica de la Seguridad Social, defensor de una tarea

intervencionista

y esterilizador; Maravall, el profeta de la prospectiva electoral; Barón, Peces-

Barba,

Barrionuevo. Son los hombres de Felipe.

VIENEN LOS COLOCADOS

En octubre, la ultima semana, el PSOE quiere realizar el Congreso más

tecnocrático, más

volcado hacia el exterior, más programático de su historia. Para esas fechas los

«críticos» de

Izquierda Socialista van a estar engullidos y asustados por su propia debilidad.

Ni Luís Gómez

Llorente, ni Castellanos («este loco está cada día más mesiánico») ni el canario

Saavedra

(«¡qué pinta ese hombre haciendo testimonialísmo!») tienen en esta ocasión nada

que hacer

Para no hablar del alcalde, Tierno, que rechinará de dientes cuando vea que sus

antiguos

compañeros del Partido Socialista Popular quedaran fuera de la nueva Ejecutiva.

Si acaso,

permanecerá Pedro Bofill, un modelo de relaciones informativas; no Donato Fuejo,

el médico al

que en el partido no se reconoce otro mérito que su labor humanitaria la noche

en que Tejero

deshonró el Parlamento y amenazó chulescamente a quinientas personas Indefensas.

La nueva Ejecutiva será, en definitiva, prácticamente igual.

La incógnita se llamaba Enrique Múgica, poro la decisión está tomada. Felipe le

mantendrá a

pesar de que Alfonso Guerra, por primera vez, no está de acuerdo. El PSOE no

puede

permitirse el lujo de dar tres cuartos al pregonero y complacer a las lenguas

viperinas que

hablaron de los contactos con Armada. Múgica seguirá. Novedades, entonces, pocas

Los

consejeros más cercanos a Felipe, Javier Solana entre ellos, se inclinan por una

presencia

moderada del socialismo perifoneo. Es difícil, en cualquier caso, que Obiols

continúe. En

Cataluña asciende imparablemente el alcalde Narcís Serra, aspirante

ya a suceder a Jordi Pujol en la Generalidad: es un nacionalista moderado que

tiene

encandilado al todo Madrid socialista. «A "Txki" Senegas hay que dejarle

tranquilo», esta es la

opinión del secretario general del partido «Debemos encontrar un gallego», pero

la empresa no

es fácil, porque son poco presentables. De Escuredo es malo hablar: ganan

enteros los

alcaldes de Granada y, sobre todo, el de Málaga, Pedro Aparicio, un médico

llamado a ocupar

puestos en la política. Estos son los mejor colocados.

UGT, EL ÉXITO DE FELIPE

Son los misioneros electoralistas del cambio. En la Ejecutiva actual lo tienen

claro: «La derecha

clásica ha tenido miedo a compartir el poder y ahora le falta representación

política, arraigo

entre la gran población.» Otra vez, las clases medias. El PSOE tiene ante sí el

reto de

conseguir mayor credibilidad para su programa contra la crisis económica, el

terrorismo, el

golpismo, la estructuración del Estado. A decir verdad, su gran drama es que no

puede hacer

política socialdemócrata: «¡Ojalá la pudiéramos hacer!, por ahora nos basta con

defender la

democracia!» Es lo que viene repitiendo Felipe: «Que gane quien gane, pero que

haya

elecciones.» la frase es sólo parcialmente sincera, porque Felipe ya ha

comenzado a creer en

su victoria. Por eso no hablará nunca más de Gobierno de coalición. Sin embargo,

las

perspectivas son discutibles: Luís Solana, con los pies en la tierra, piensa que

de las elecciones

no puede salir más que la «grosse Koalltion» y que para entonces hay que tener

preparadas

una batería de ofertas y contraofertas aceptables. Uno de los puntos claves,

negros de la

colaboración, está en el programa contra la crisis; El PSOE quiere cuanto antes

la creación de

un fondo especial de casi ciento cincuenta millones de pesetas —con cargo al

déficit público,

faltaría más— para planes y obras de ejecución inmediata, como las municipales,

Es este un

ejemplo claro de que el PSOE teme muy poco a la inflación y que se ha quedado

corto en sus

exigencias de puestos de trabajo en el Acuerdo Nacional de Empleo, el pacto

social que firmó

la derecha de UGT y que dibujo con trazos firmes el PSOE.

El gran éxito de Felipe es la UGT. Hoy el sindicato socialista está hecho a la

imagen y

semejanza del partido; tiene sus alas, sus facciones, sus maniqueísmos de toda

condición y

sus fuentes de poder. Vienen empujando las derechas de Corcuera y Zufiaur,

mientras Nicolás

Redondo, por consejo de Felipe, permanece en el centro, un poco alejado —también

como el

PSOE— de las refriegas. El partido ha domesticado al sindicato y le ha

convertido gracias a la

presión y al dinero en una fuerza social equivalente a Comisiones Obreras. De

los antiguos

radicales, los «trotskos», que dieron tanta guerra, sólo queda un grupúsculo en

Álava, los

demás han sido laminados. La UGT será, si el PSOE triunfa en los primeros o

segundos

comicios, el gran paraguas que frenará la intromisión del PCE carrillista,

empeñado en colgarse

del brazo de «los compañeros socialistas» y ver qué saca en las próximas

elecciones.

LOS COMPAÑEROS NO DESEABLES

Por eso el PSOE tiene que convencer de su renuncia al

frentepopulismo. Mitterrand se o ha puesto mal, pero en el partido hay

respuesta-patrón para

todo. Es cierto, sin embargo, que el presidente francés no tiene tras de sí un

sindicato tan

fuerte como lo es UGT en España y que, por tanto, ha tenido quizá que

garantizarse paz social

a base de compartir poder con sus antiguos aliados de la izquierda. El PSOE —

dicen aquí— es

otra cosa: ni precisa sindicato moderado que estabilice la balsa de las

movilizaciones, ni

necesita tampoco como Mitterrand despellejar de una vez por todas a los

prosoviéticos del

PCF, cada día más impresentables. Pero el PSOE debe convencer. Sobre todo porque

las

gentes votantes de España tienen memoria y recuerdan el pacto social-comunista

que les

concedió el poder municipal. Ni entro ni salgo, pero esta es la razón que se

esgrime; «¡Qué

íbamos a hacer nosotros; en algún sitio teníamos que comenzar a mandar!»

Porque los socialistas afirman que aún no tocan bola: «¿Por qué no me dejan

hablar a mi en el

CESDEN?», se preguntaba Javier Solana. El PSOE tiene un complejo curioso:

permanecer

muy cerca del poder, pero extramuros del Estado. El pacto de abril del 79 ha

permitido

alumbrar una nueva generación de políticos «que ya vienen entrenados del poder

municipal, y

que, al final, nos van a sustituir a todos nosotros». Son los Serra y Aparicio,

que antes

mencionábamos, que engrosan el gran colectivo de las clases medias y que ya

conocen bien la

máquina de gobernar. La doctrina oficial del partido es ésta: «vender la imagen

de una política

de Estado antepuesta a los intereses de partido o gremialistas. Estos elementos

componen

sustancialmente la imagen combinada a la firmeza que perciben los nuevos

potenciales

electores socialistas».

TEOLOGÍA, NO

El PSOE se ha impuesto como norma el realismo descarnado: «no vamos a hacer

teología»,

dicen en la Ejecutiva, lo que es tanto como decir que se ha cerrado, por ahora,

la época de las

grandes definiciones. Ni Bad Godesber, socialdemócrata («La socialdemocracia se

hace y no

se dice», es el lema de Felipe), ni tolerancia con los disolutos de dentro que

otra vez querrían

organizar una trifulca en el Congreso. El PSOE no va a admitir pregones

proporcionalistas

antes de octubre, los pregones de los críticos de UCD que el PSOE, simplemente,

no acepta.

Ni homilías igualitaristas, ni reconocimiento expreso de corrientes de opinión

generalizadas;

ganan los que más votos tengan y se acabó. Felipe González, Alfonso Guerra, la

«dama de

hierro» Carmen García Bloise, Javier Solana, Galeote,., no pueden soportar que

su trabajo, la

venta de un partido más cohesionado y mejor articulado que ningún otro, caiga

por tierra en

tres días de Congreso. O antes, porque Cataluña, de nuevo, está a punto de

explotar y quizá,

quizá, haya que sacrificar cuanto antes y definitivamente al histórico Joan

Raventós. El

«marketing» socialista se sigue llamando Felipe González, que ha entrado en la

cuarentena

con mala salud y que viene eliminando recelos antiguos. Por debajo de él y su

Ejecutiva están

los noventa mil afiliados, unas bases ahora quietas, que, sin embargo, piden

explicaciones por

tanta moderación. Entonces se les explica el 23 de febrero.

 

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