Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Democracia fuerte  :   
 De Gabriel Elorriaga. Digesa, Madrid, 1975. 
 ABC.    27/03/1975.  Página: 39-40. Páginas: 2. Párrafos: 7. 

JUEVES 27 DE MARZO DE 1975.

«DEMOCRACIA FUERTE»

De Gabriel Elorriaga

Digesa. Madrid, 1975.

Por José María RUIZ GALLARDON

La anarquía es el extremo opuesto de la tiranía y, sin embargo, es el camino más propicio para

la regresión hacia ella». Este parece ser el tema central, la preocupación consciente y constante

de todos y cada uno de los artículos que Gabriel Elorriaga re-coge en este volumen bajo el título de

«Democracia fuerte». A veces la peripe-cia humana del crítico se ha entremezclado con la del autor de

la obra que comenta. Tal es mi caso en relación con Elorriaga y por eso quizás mis palabras resulten

teñidas de una admiración nacida de una vieja amistad. Pero he procurado desasirme en lo posible de

ese prejuicio —siempre disculpable por otra parte— y he de confesar que el libro que el político

Elorriaga ofrece a los lectores es un importante intento de serenar el ambiente en que vinimos, fijar

las metas alcanzarles y las condiciones necesarias para lograrlas.

«Democracia fuerte» es mucho más que una recopilación de artículos. Supone un intento, de

racionalización de dos objetivos concretos. La necesidad de proceder a la democratización del sistema y

la no menos indispensable de obviar la inclinación hacia un posible intento totalitario. Porque si bien es

cierto que «cualquier proselitismo teórico contra la libertad no tiene presentación decente», «la delicada

máquina de contrapesos que exige la vida de la sociedad civilizada y tecnificada de nuestros días es

peculiarmente sensible a los desequilibrios».

Y me importa dejar constancia del talante intelectual del autor, que afirma, sin que le duelan prendas, que

en estos tiempos es difícil escribir sin equivocarse. Esta radical y nada hipócrita humildad es más de

elogiar cuanto que cada uno de los artículos integrados en este libro-ensayo posee siempre un fondo

lúcido y aprovechable

Valga este ejemplo entresacado del artículo «Dinámica y estabilidad»: «El sano y ordenado pluralismo

hacia el que se orientaban los principios constitucionales, y sobre el que se reiteran las más autorizadas y

ortodoxas doctrinas de la moral social de nuestros días, era y es una posibilidad constructiva capaz de

afianzarse sin hacer tabla rasa del pasado ni provocar la destrucción del presente. Quienes bautizan esta

posibilidad de futuro con adjetivos atroces y anatemas excluyentes no cierran el paso a la marcha de la

historia ni anulan la fuerza de las ideas, sino que, por el contrario, desplazan materiales nobles hacia los

polvorines confusos de la subversión y debilitan, al menos moralmente, la capacidad de convocatoria e

integración en que se basa la estabilidad duradera de cualquier situación política».

Estas ideas, de que habla el autor, propias de un ordenado pluralismo, son, entre otras, las de participación

—concebida como, la comparecencia habitual, en traje de calle de un quehacer comunitario; es trabajo,

colaboración, opinión, elección, acción u omisión intencionadas—, consenso, sensata impaciencia,

imaginación, comprensión y tantas otras.

Especial importancia tiene la visión «actual» del 18 de Julio. Precisamente Elorriaga subraya que el

cuarto de siglo que nos queda del siglo XX va a ser el banco de prueba definitivo para el éxito o el fracaso

histórico de lo que significó aquella fecha. En este orden de cosas comparto plenamente lo que Elorriaga

mantiene. Las tareas históricas no pueden recaer sobre fuerzas sociales de vigencia fugaz. Las

generaciones de la guerra deben estar conscientes de que los treinta y ocho años que la vida ha añadido

sobre sus espaldas han aportado, además, un bagaje de nuevos problemas, de nuevas ideas y de nuevos

hombres, con tanta capacidad de decisión como la suya en 1936 y con más edad que la que ellos tenían en

aquellas fechas Estos hombres son hoy la mayoría de la población española y estos hombres tienen en sus

manos los resortes que van a perfilar la España que marcha hacia el año 2000. Partiendo de este supuesto

me parece evidente la conclusión: «La apertura hacia los que estos hombres significan, dentro de un

sistema democrático ordenado y evolutivo, va a ser la clave del éxito o el fracaso de la Monarquía que

se reinstauró el 18 de Julio, cuando habían pasado treinta años, el ciclo simbólico de una generación. Los

treinta años del Príncipe Juan Carlos de Borbón fueron el toque de clarín que anunciaba un nuevo tiempo.

Ha pasado más de un lustro. Perdamos el menor tiempo posible en lamentarnos en si el lustro ha sido todo

lo debidamente bien aprovechado. Se siente precipitarse la necesidad de que la España que reciban las

nuevas generaciones, que el Príncipe Juan Carlos representa, sea de tal forma que pueda ser aceptada,

como por él lo fue preceptivamente, por el sentimiento general de un pueblo joven. Lo que ayude a tal

propósito será la verdadera lealtad al sentido histórico del 18 de Julio. Lo que dificulte será traición al

interés popular. Si alguna minoría sólo sabe ver a los españoles individuos en rojos y azules, allá su

fracaso mental. Nunca más habrá una España sólo azul o sólo roja. Existe la España integral, con sus

virtudes y sus defectos; el pueblo español, con todos sus matices y tendencias, transido de un superior

afán integrados de concordia, de libertad y de progreso. Esta «España mejor», esta España en paz, es el

fruto del 18 de Julio, y el «espíritu de guerra» es la pervivencia de las pasiones que lo provocaron, el

rechazable «volver a empezar», la esterilidad y la frustración de un proceso político. Sólo la fe y la

confianza en la «España mejor» para todos pueden convocar a los nuevos españoles. Y sobre esta

«España mejor» han de construir quienes rematen el organismo convivencial, que en 1936 casi no tenía

más que corazón y ahora casi no le falta más que fluidez politica».

Una única observación final: si todo lo anterior es cierto, no lo es menos que algunos de los que militaron

bajo las banderas de la República o sus herederos son quienes se parecen empecinarse en hacer inviable

esta España mejor y más convivencial. Sería muy de lamentar que, por su recelo, incomprensión y aun su

odio, quienes, como Elorriaga y yo mismo, participamos del talante generoso de una España para todos,

tuviéramos que recordar, aub por vía dé la contundencia, que no es admisible la anarquía, la subversión y

menos aún el decidido propósito de paralizar el desenvolvimiento de una premisa inexcusable del Estado

español: la paz que se ganó el 1.º de abril de 1939. Así creo debe entenderse el título de este libro que

proclama el ideal democrático, pero con el calificativo inexcusable de su propia fortaleza.—

J. M. R. G.

 

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