Autor: Peces-Barba Martínez, Gregorio. 
   Democracia y libertad de expresión     
 
 El País.    06/08/1980.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

EL PAÍS, miércoles 6 de agosto de 1980 OPINIÓN/7

TRIBUNA LIBRE

Democracia y libertad de expresión

GREGORIO PECES-BARBA MARTÍNEZ

Por primera vez, en los últimos dos o tres años, después de más de cuarenta de silencio, de

enmascaramiento y de ocultación por parte de un régimen autoritario, la sociedad española puede, en

democracia, en el libre ejercicio de la libertad de expresión, escuchar opiniones, diagnósticos y hasta

veredictos sobre sí misma y sobre su situación.

La dictadura no solamente ocultaba los fallos del Estado e impedía su crítica, sino que generaba o

potenciaba profundos defectos sociales, como el egoísmo, la insolidaridad, el lucro y la especulación

desmesuradas, la cobardía, el terror, la falta de valor cívico y de interés cultural y educativo, y agravaba

con su represión los problemas históricos como el vasco. Los años del consumísmo y hacia la sociedad de

bienestar acentuaron alguno de esos rasgos y, pese al enriquecimiento de los ciudadanos, por supuesto sin

disminuir las divisiones clasistas, no se enriqueció la conciencia moral de los españoles.

El cambio de régimen político y la culminación en la cima del proceso institucional con la aprobación de

la Constitución de 1978, supusieron una corriente de aire fresco en la evolución histórica de la sociedad

española y representan valores de libertad e igualdad y talantes de comprensión y de integración que

tenemos que valorar positivamente todos los españoles de buena voluntad. Sólo los cínicos, los

impenitentes nostálgicos o los beneficiarios directos en uno u otro orden, pueden preferir los valores

institucionales y las reglas del juego del sistema franquista basados en la distinción entre vencedores y

vencidos, en la eliminación primero física y luego, con el tiempo, política de los enemigos, suprimiendo

el pluralismo y la libertad.

Por eso, la Constitución y su espíritu, concreción histórica de la democracia en España, es algo a defender

de los ataques, de los deterioros y de las desconsideraciones. Representa la esperanza de una conciencia

civilizada y la existencia de unas reglas de juego libres para que todos puedan participar y convencer de la

bondad de su programa al país y consiguientemente gobernar en mayoría. Representa también el ámbito

de libertad individual que toda vida humana digna de ese nombre merece.

Su dignidad mayor es que ofrece la libertad incluso a aquellos defensores del antiguo régimen que

siempre nos la negaron a los demócratas y también a otros grupos dogmáticos hasta el fanatismo, que en

posiciones radicales, separatistas e independentistas, sobre todo en el País Vasco, pretenden y defienden

en libertad sus postulados. ¿Se ha podido pensar alguna vez en este país, en esas condiciones reales de

libertad para que unos y otros puedan ofrecer su programa a la consideración de los demás?

Esa dignidad y esa superioridad moral del régimen democrático, por muchos defectos que tenga, sobre

cualquier régimen autoritario o de dictadura, obliga a aceptar su lógica, que no es de debilidad, sino de

fortaleza, puesto que esos sectores de extrema derecha o de extrema izquierda, que son legales en nuestra

democracia, deben saber que tienen toda la libertad para convencer con argumentos e intentar por esa vía

obtener el poder, e incluso, si consiguen las mayorías necesarias, reformar la Constitución, pero saben

también que se encontrarán con la decidida fuerza de la ley si intentan obtener sus objetivos por vías de

violencia y de coacción. Siguiendo las reglas establecidas todo se puede cambiar, menos, quizá, las

propias reglas que hacen posible el cambio. Fuera de ellas estamos en el delito y, consiguientemente, en

la reacción del aparato coactivo del Estado.

Por primera vez, existe pues en España una base para la esperanza, y aquellos que analizan y critican la

situación de la sociedad española actual deberían partir en sus análisis de ese hecho positivo y único hasta

ahora en la historia de España. Los que engloban en sus críticas esos cimientos y confunden también esa

base institucional con los problemas concretos, alguno realmente grave que padecemos, cometen un error

importante o una injusticia grave, que seguramente lamentarán si su falta de precisión logra deteriorar el

valor de esa Constitución. Sólo podrán comprender su error si les falta alguna vez esa base institucional.

Me parece que cuanto más se haga para resaltar ese fundamento de cualquier progreso y ese acuerdo

básico democrático que supone la Constitución, por encima de posiciones partidistas o desde todas las

posiciones partidistas, incluso significando en una fecha —quizá, el 6 de diciembre— el carácter

conmemorativo de esta esperanza de paz y concordia, mejor será para nuestro futuro.

Pero la Constitución y el sistema democrático no son la solución de los problemas graves —algunos,

endémicos, y otros, coyunturales— de la sociedad española. Muchos de esos problemas eran anteriores

incluso al franquismo, como el vasco y el de la organización del Estado y de su Administración, pero se

agravaron con ese régimen. Otros son más actuales, como la crisis económica, iniciada en los últimos

años del franquismo y agravada hasta hoy, o el paro.

La Constitución y el sistema democrático sólo son cauce o camino, y creemos que el mejor para

afrontarlos, y por eso es erróneo pensar tanto que la democracia es la culpable de los problemas, como la

ilusión de que puede resolverlos todos en seguida.

La ingenua creencia en lo segundo es hoy una de las causas del llamado desencanto, y la afirmación de lo

primero es una deformación de la realidad con profundas intenciones desestabilizadoras.

Es la vinculación entre la democracia, la Constitución y los problemas que sufre el país, como terrorismo,

paro y crisis económica, una constante de sectores vinculados al antiguo régimen que hay que denunciar

como falsos. No es cierto que la democracia sea responsable de esos problemas, sino, más bien, como

ocurre en el resto de Europa, un mejor cauce que la dictadura para afrontarlos.

Estos comentaristas, normalmente defensores y corifeos del antiguo régimen, siguen escribiendo y

propiciando la desconsideración del régimen democrático y de sus instituciones, y conviene que eso se

tenga en cuenta y que se valore por los ciudadanos. No quiere esto decir que la democracia deba tener

miedo a la libertad de expresión, ni siquiera de estos sectores desestabilizadores, pero sí debe señalar

lúcidamente las últimas intenciones de esos profetas de catástrofes.

Con todo, la libertad de expresión es uno de los puntales clave de la democracia, y es necesario

defenderla para hacer real el contraste de opiniones y para la transmisión de informaciones veraces. Por

eso, todavía en España hay que superar muchos malos entendidos y muchos obstáculos de personas e

instituciones, que con mentalidad retrógrada no se conforman ni entienden la libertad en la democracia. El

Tribunal Constitucional y el recurso de amparo pueden ser un correctivo a esos defectos institucionales,

que dificultan la libertad de expresión. La democratización y el control de RTVE, con la elección de su

consejo de administración y el cambio de director general y otros altos cargos, pueden también suponer

un importante paso adelante.

Por eso, día a día, habrá que seguir empujando, apoyados en el espíritu y en la letra de la Constitución,

para ensancharla, porque sin libertad de expresión no hay democracia. Pero también hay que ser

conscientes, porque la libertad de expresión la utilizan también los enemigos de la democracia de manera

contumaz e insidiosa, de que sin democracia es imposible la libertad de expresión. Por eso, todos los

demócratas, que son, sin duda, mayoría en la utilización de la libertad de expresión, deben emplear sus

esfuerzos en una pedagogía de la libertad, de defensa de la Constitución y de las instituciones

democráticas. La critica a los problemas del país y a las actitudes y aptitudes de nuestra clase política

debe salvar eso para mantener la libertad y la democracia, es decir, para hacer posible la libertad de

expresión y la crítica. Los que utilizan la libertad de expresión contra la democracia la suprimirían si

alcanzasen el poder. Ser demócrata no es sinónimo de ser ingenuo.

Gregorio Peces-Barba Martínez es diputado del PSOE por Valladolid y profesor de la universidad.

 

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