Autor: Múgica Herzog, Enrique . 
   La irresponsabilidad de un empresario y la frivolidad de un periodista     
 
 El País.    27/05/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

TRIBUNA LIBRE

La irresponsabilidad de w empresario y la frivolidad de un periodista

ENRIQUE MUGICA HERZOG

Ferrer Salat goza de buena salud al menos física — y posee audacia, La tuvo en su juventud como

excelente tenista y la tiene en su madurez también, al menos, física— como presidente de la CEOE. Esta

cualidad tan prepotente no parece compensada por la moderación, y así, al no producirse el cumplido

equilibrio, el señor Ferrer Salat, al desplegar su actividad, lo hace con un talante de cruzado, poniendo en

peligro su propia credibilidad —que es de su exclusiva incumbencia— y los intereses que representa que

no le debieran ser ajenos.

En el debate sobre la política del Gobierno, recién celebrado en el Congreso de los Diputados, hubo

coincidencia entre sectores opuestos al calificar de histórico el Acuerdo Marco Interconfederal suscrito

entre la UGT y la CEOE como primera concreción de un nuevo sistema de relaciones sociolaborales, en

el que la defensa vigorosa de los intereses de cada parte no contraria la responsabilidad debida a un

cuadro económico en crisis, que a todos perturba y a cuyo remedio ha de aportarse apoyo solidario.

Pues bien, en su día, el señor Ferrer Salat, quizá con déficit de reflexión y superávit de verbalismo,

arriesgó la firma del AMI, que al final se formalizó, porque los dirigentes de la CEOE pudieron

sobreponerse al susto paralizante producido por los excesos de su presidente, y los sindicalistas

sacrificaron su irritación al considerar lo que era menester para la clase trabajadora.

Ahora» nuevamente, el señor Ferrer, en Castellón, junto al mare nostrum, vuelve a la carga. Y, como

parece su costumbre, la opinión impropia lo que aún es más grave, cuando, desde los griegos, el

Mediterráneo se señala como mar de claridades, entre ellas las mentales—, acuna ímpetu de cruzado

corriendo en auxilio del Gobierno. Y vistiendo coraza —que para sí la quisiera san Jorge, su santo patrón

catalán, calzando botas de siete leguas a ver si en alguna ocasión llega a punto—, enarbolando adarga y

empuñando espada se lanza sobre el Partido Socialista acusándolo de engendrar toda clase de males. El

señor Ferrer debió seguir el debate por su televisor, que, por lo visto, no es en color —como debiera—, ni

siquiera en blanco y negro, sino totalmente ennegrecido, ya que ni lo miró confuso, sino que no se percató

de nada. Hasta tal punto que llega a acusar a los socialistas de carecer de política internacional.

El Partido Socialista no ha planteado la moción de censura como testimonio sin mañana posible, sino

como resultado de un comportamiento que vincula alientos éticos y operatividades económicas y sociales.

Se trata de dar respuesta a una ciudadanía que quiere disfrutar la libertad manteniendo la seguridad, que

aspira a ejercer derechos respetando disciplinas, que, comprendiendo la crisis, desea trabajar aceptando

austeridades, que intenta invertir sin temor a arruinarse, que en la Administración pública prefiere un

funcionariado ejerciendo a una burocracia imperando, que afirma la peculiaridad española proyectando

protagonismo en la política mundial, que busca gobernar su comunidad autónoma,

Y estas respuestas existen, y pedimos que se critiquen pero que no se desfiguren.

La Conslitución autoriza diversas alternativas, y el Partido Socialista es una de ellas, y lo es porque acata

y defiende todas y cada una de sus instituciones. Y asi es la democracia que tenemos —frágil, porque

joven—, y a todos nos cumple consolidarla con generosidad y firmeza y que vamos caminando en esta

dirección, a pesar de los pesares, son muestra tanto las jeremiadas del señor Ferrer como las mórbidas

complacencias de monsieur Patrick Loriot,

Este caballero es un periodista de Le Nouvel Observateur, importante semanario francés de izquierdas,

que muchos leemos con gusto, atención y buena dosis de adhesión a sus análisis, excepto cuando habla de

España, que lo hace tarde y mal. La geografía colindante no significa, a veces, vecindad cordial, ni

hondura de conocimiento, y cuando los árboles no dejan ver el bosque, me refiero, literalmente, a los que

pueblan los pasos pirenaicos. Para cierta gauche divine heredera de aquella que solamente despertó tras

asegurarse que los aliados se proponían desembarcar en las playas de Normandía— la forma en que se

realizó el tránsito de la dictadura a la democracia quebró sus rotundos análisis, sus invariables certezas,

sus aprendidos cánticos. Los comportamientos de la Corona, de las Fuerzas Armadas, de la izquierda

democrática, del sindicalismo libre, adecuados a una realidad que exigía el cambio sin trauma, y las

transformaciones sin incurables resentimientos, no se ahormaban en el molde sociológico de sus

científicas premoniciones. Pero, como los sabios siempre tienen razón, aguardan a que pase el cadáver de

su enemigo o amigo, según se trate. Y monsieur Loriot —como otros— está poniendo el oído al repicar

de las campanas.

Es cierta la gravedad de la situación económica, que grupos ultras matan y mutilan, que el terrorismo no

cesa, que la libertad de expresión sufre restricciones, y que algunos demócratas se desencantan —aun

cuando su actual desilusión es mayor que sus anteriores esfuerzos en pro de la libertad—, pero no lo es

menos que así como una golondrina no hace primavera, una banda de ratas no hace cundir la peste.

Las primeras elecciones, y las segundas, fueron democráticas —sin entrecomillados, monsieur Loriot—,

y, asimismo, contra su opinión, la democracia no es un lujo para los españoles, sino la necesidad de ser

para existir.

Y en este camino no nos harán desistir la irresponsabilidad de unos, la frivolidad de otros, ni las amenazas

de terceros.

Enrique Múgica Herzog es secretario de relaciones políticas del PSOE y diputado por Guipúzcoa.

 

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