Autor: Peces-Barba Martínez, Gregorio. 
   Las reglas del juego limpio     
 
 El País.    04/03/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

EL PAÍS, jueves 4 de marzo de 1982 OPINIÓN

Las reglas del juego limpio

GREGORIO PECES-BARBA

En una sociedad democrática las normas jurídicas, empezando por la Constitución, encierran un

contenido de moralidad que es el reflejo de un depósito histórico, de experiencia, de utopía realizada que

ha dejado, por consiguiente, de ser verdad prematura. Creo que ningún otro tipo histórico de sociedad

encierra en tan alto grado elementos éticos.

Nos movemos en el mundo de las creaciones humanas, de la vida humana objetivizada, es decir, de la

cultura. Lo mismo que en una obra de arte o en una poesía su autor crea algo que trasciende a su vida

histórica y que queda para la posteridad donde otros hombres, en su vida personal, se enriquecerán con

esa cristalización de algo que otro hizo en el pasado, y el dinamismo de esas masivas aportaciones,

revisiones, críticas de las aportaciones y nuevas aportaciones, son parte de lo que llamamos cultura, la

política y el derecho, las instituciones y las normas son también parte de la cultura. Son también obra

humana, con un significado y una pretensión.

De esas creaciones culturales en el campo jurídico y político será el sistema democrático el que acumule,

frente a cualquier otro modelo, un más alto componente humanista y, como decimos, un tenor más

completo de moralidad. No hay duda de que la libertad y la igualdad, o la libertad igualitaria, son los

grandes valores de ese sistema, que pretende hacer posible el desarrollo humano, la empresa de ser

hombre, a través del respeto a la libertad individual, a la promoción de condiciones y remoción de

obstáculos a la igualdad, a través del imperio de la ley, de la limitación del poder y del respeto a las

mayorías y también a las minorías. Pero ese sistema no es sólo una organización jurídica que regula de

manera más correcta la vida social humana y su progreso. Si hemos dicho que supone la más alta cota de

moralidad de las históricamente conocidas es porque la participación y el acuerdo de los ciudadanos hace

que el derecho en un sistema democrático no sea heterónomo, sino que se considera como propio por los

ciudadanos —o por la gran mayoría—. Es un sistema que integra al Estado y a la sociedad más que

ningún otro, y el consenso será el signo de esa realidad. El soberano no crea un derecho para ser

obedecido por una sociedad escindida de ese Leviathan, y cuyos ciudadanos lo cumplirán por temor a la

sanción institucionalizada, sino que soberano y sociedad tienden a fundirse, y por eso el derecho es

aceptado por sus destinatarios como algo propio. Naturalmente, en la realidad histórica sólo existen

aproximaciones impulsadas históricamente por el liberalismo y por el socialismo, hoy en fase de síntesis.

En la llamada democracia avanzada, queda todavía mucho lugar y tiempo para la utopía, es decir, para la

esperanza. No es una obra cerrada ni definitiva.

En toda esa dinámica social de progreso y de conservación, de lucha por el poder, de ofertas

programáticas en el seno de los procedimientos constitucionales, lo que llamo las reglas del juego limpio

son esenciales. Sin ellas, la democracia se falsea, no es elemento de educación para los ciudadanos, sino

todo lo contrario. Las reglas del juego limpio son escuela de ciudadanía democrática y especialmente

necesarias en un país, como España, que acaba de estrenar sistema constitucional y que no tiene aún

internalizado, en muchas conductas, el talante democrático.

Llamo reglas del juego limpio a una serie de pautas de comportamiento basadas en los principios de

veracidad, de lealtad, de cumplimiento de los compromisos suscritos, de amistad cívica, de respeto al otro

—al prójimo—, que incluye al más alejado ideológicamente de nuestras propias posiciones. Las reglas

del juego limpio deben ser plataforma, talante en la vida social de todos los que participan en una

sociedad democrática, especialmente de los hombres políticos y de los profesionales o de los que utilizan

los medios de comunicación social. Si decimos que una sociedad democrática encierra importantes

componentes éticos es en gran parte porque incluye estas reglas del juego limpio.

De acuerdo con el principio de veracidad, ninguna acción política o social puede estar basada en el

falseamiento de posiciones ajenas ni en campañas de intoxicación, ni en la creación de falsas imágenes.

La discusión de las posiciones del adversario debe hacerse sin caricaturas y simplificaciones, recogiendo

con realidad lo que desde esas posiciones se sostiene para rebatirlo o criticarlo. Ninguna posición

democrática será válida si basa su fundamentación en la distorsión y en el engaño respecto a los

programas de sus oponentes. En este tema es especialmente importante el papel de los medios de

comunicación, que deben informar objetivamente y valorar siempre de acuerdo con este principio de

veracidad.

El principio de lealtad exige ser fieles, en primer lugar, a los principios democráticos antes que a las

posiciones partidarias de cada uno. La lealtad a la Constitución y al ordenamiento jurídico democrático se

debe anteponer a los intereses y a los programas particulares. Sobre todo cuando se pierde o existen

expectativas de perder, en unas elecciones, por ejemplo, la lealtad a la Constitución se debe fortalecer con

la idea de que en el futuro los ciudadanos pueden devolvernos la confianza, y que no existe mejor cauce

para ello que el respeto y la lealtad a los principios del sistema y a los procedimientos que establece para

alcanzar el poder.

La fidelidad al cumplimiento de los compromisos suscritos supone anteponer la palabra dada a cualquier

otro criterio o interés, aunque este criterio pueda favorecer nuestros intereses inmediatos. El

maquiavelismo, el cálculo, las maniobras, desprestigian y anulan los pequeños beneficios que un éxito

inmediato pudiera producir. La imagen del pacta sunt servada, del principio de que los acuerdos deben ser

cumplidos, es esencial para la credibilidad del sistema y para la confianza de los ciudadanos.

Por el principio de la amistad cívica, el adversario no es un enemigo a exterminar, sino sólo un

contrincante al que batir utilizando sólo las reglas del juego limpio y respetando en él a su persona y a su

ideología, aceptando que pueda aportar enriquecimiento y mejora de la democracia y de la sociedad.

Finalmente, por el respeto al otro —como tal otro y como prójimo—, se incluye en las reglas del juego

limpio un criterio de todas las grandes concepciones morales que existen en el mundo, desde la estoica y

la evangélica a la moral kantiana, que supone el reconocimiento de la persona como un fin en sí mismo de

eminente dignidad, que no puede ser desconsiderada, ni cosificada. Así se excluye la calumnia, el ataque

personal, porque, como decía Gandhi, es misterioso que un ser humano pueda basar la afirmación de su

personalidad en la humillación de los demás. Así se excluye la discriminación y la explotación, y se

afirma el reconocimiento de todos como seres dignos y sujetos de derecho.

Si queremos profundizar la democracia con la humanización de sus instituciones, para que sea morada

social de la realización plena de cada hombre, si queremos que España se fundamente en una continuidad

libre de un sistema político, tenemos que esforzarnos en actuar siempre de acuerdo con las reglas del

juego limpio.

 

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