Autor: Múgica Herzog, Enrique . 
   Hay que defender la democracia     
 
 Diario 16.    08/04/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

ENRIQUE MUGICA HERZOG

Secretario de relaciones políticas del PSOE

Hay que defender la democracia

Son los hombres de razón y convivencia que caminan en el viento solidario de la calle los que

fundamentalmente establecerán la paz. No los descarriados ultras que continúan gritando «¡Viva Cristo

Rey!», ni los del extremismo etarra, bastantes de los cuales alimentaron su fiebre en conventos y

sacristías.

En el Pleno del Congreso de los Diputados que aprobó modificaciones sustanciales de tipos penales, en

orden a asegurar la democracia, se escucharon lamentaciones peregrinas. En un extremo y aquí se

confunde la semántica con la realidad—, la de quien es empujado a levitación por sus incondicionales,

repletos de transfiguración tridentina excepto cuando esgrimen cadenas, porras, armas blancas o armas

peores. En el otro, una estampa canaria salida de un texto bolchevique convirtiendo en liberadoras a las

tropas que destruyeron la esperanza húngara, que aniquilaron la primaveral aspiración de Praga, y

desearían cercenar el proletario sobresalto polaco.

Uno, apoyándose en una Constitución que aborrece. El otro, reclamando los beneficios de una

«dictadura» que —bajo apariencia de democracia burguesa— menosprecia. Aquél, compensando las

soledades de su escaño con el apoyo del «Espíritu Santo». Este, la ´mínima entidad de su base con el

sentido de la historia. En medio de ambos, todos los demás.

Cuantos no invocan permanentemente patrióticas esencias de las que se siente exclusivo legatario o

grandes masas con la revolución a la vuelta de la esquina, han pretendido solamente defender la

Constitución. Con preocupación han votado una legislación excepcional, porque lo que quieren es vivir

en un país europeo sin grandes pasiones, con sosegadas reflexiones, con suficientes bienestares sin tensas

distracciones. Mas, desgraciadamente, en España, lo normal ha sido el autoritarismo, y lo insólito, la

libertad. Se trata de que desaparezca esta originalidad y convertir en realidad el hasta ahora infecundo

quehacer colectivo de quienes a lo largo de una crispada historia se esforzaron en constituir, desde sus

personales creaciones culturales, una nación tolerante. Recientes hechos concretos, y acciones que se

vienen sucediendo desde hace años, han obligado a los parlamentarios a enjuiciar serena, severa y

responsa blemente la realidad circundante.

Cierta prensa

Piensan que no es lícito que grupos de salvadores iluminados utilizando la fuerza o el engaño se alcen

contra las instituciones que el pueblo, soberanamente, se ha dado. Y que tampoco lo os que cierta prensa

elogie como héroes a quienes, mandando en ruptura del honor y disciplina a un tropel —que no tropa—

de uniformados, ordenen apuntar con sus armas a otros tantos ciudadanos inermes, los cuales, en todo

momento, supieron guardar la dignidad y compostura exigidas por la voluntad nacional que los designó

como sus mandatarios. Opinan que no se debe permitir que gratuita y públicamente se convenga en la

necesidad del terrorismo y del golpismo, se les defienda, justifique o exculpe. Y piensan, naturalmente,

que la anarquía cedió ante la armonía en cuanta tuvo que asumir las consecuencias de sus hechos.

En estos momentos los. liberticidas se mudan en seres jeremiacos reclamando para ellos la misma líbertad

que quisieran negar a los demás. Hacerles caso, atender sus lamentaciones pretextando cómodos

escrúpulos, desnutrir a la ley Orgánica aprobada de las facultades que contiene, puede constituir el

camino más corto para que la inmensa mayoría de los ciudadanos, por algunos predestinados a víctimas,

no pueda ni siquiera lamentarse.

Culpables

Es hora de decir que tan culpable es quien comete el crimen como el que, con su información, permite

cometerlo. Es preciso manifestar que no vale marginarse aduciendo que toda vi a no existe la Policía

autónoma para poner remedio, porque si su operatividad se demora por proceso natural o por mala fe de

contrariono cabe inhibirse cuando las organizaciones nacionalistas conocen adecuadamente como lo

conocen— los ambientes donde el terrorismo nace, se recluta y mueve.

Exijamos que mientras tanto las Fuerzas de Seguri dad del Estado se conduzcan adecuadamente, con recta

profesíonalidad y limpio talante democrático; y que sea multidireccional la desarticulación de los

violentos. Mas hagamos que esto sea posible.

Por último, dispongámonos a un combate tenaz y sin desmayo, recordando a quienes creen disponer de

soluciones urgentes y radicales que recientemente, en la nación más poderosa del mundo, la que posee

instrumentos de seguridad más extensos y sofisticados, su presidente ha estado a punto de ser asesinado

por un joven nazi, extraviado por esas ideologías que tanto complacen a nuestros involucionistas.

Y recordemos que si los descarriados del radicalismo ultra continúan gritando «¡Viva Cristo Rey!»,

bastantes de los del extremismo etarra alimentaron su fiebre en conventos y sacristías.

Y que todas las colaboraciones pastorales son bien recibidas, pero la paz que ahora reclamamos y

conseguiremos la establecerán, fundamentalmente, los hombres de razón y convivencia que caminan en el

viento solidario de la calle.

 

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