Autor: Múgica Herzog, Enrique . 
   ¿Qué hacer con España?  :   
 (Envío a Pedro Laín Entralgo). 
 Diario 16.    26/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

ENRIQUE MUGICA HERZOG

Secretario de relaciones políticas del PSOE

¿Qué hacer con España?

(Envío a Pedro Laín Entralgo)

Múgica hace unas reflexiones sobre el momento actual de España, desde una perspectiva político-

culturalista que no es ajena a los pesimismos históricos. Pero concluye que «España y los españoles

somos ya adultos para corregir cualquier destino atrabiliario».

Al escribir España me brota la irritación ante esa mentecata banda de patrioteros achulapados, de

escribidores haciendo su agosto al halagar susceptibilidades irascibles, de bravucones cuya sensibilidad

solamente se ve afectada por el frenesí ideológico... y también por las buenas gentes que se dejan

impresionar por los anteriores. Son quienes pretendiendo abanderarse en exclusiva con el nombre que a

todos pertenece, exigen tan irrisoria como asilvestradamente que no se diga país, sino España».

De igual manera que los que están llenos de sentido religioso no lo confunden con el desgranar

convencional de la letanía, cuantos consideramos compatibles un patriotismo serio y reflexivo con el

pudor estético para evitar las repeticiones, debemos resistir al celo chauvinista de los que nos agreden por

la utilización de sinónimos atendiendo a la misma realidad.

Los agresores, a pesar de su virulencia, históricamente no se distinguen de los fósiles que testimonian

sobre épocas pasadas. En su caso" se circunscriben al periodo en que el dogma se imponía como universal

certidumbre, convirtiendo a los españoles en instrumentos de un absolutismo aceptado con naturalidad.

Los males_______

Y, por el contrario, ejercitando con maestría esas libertades, varias generaciones de intelectuales se

plantearon, sucesivamente, los males que. agarrotando la nacién ha venido obstaculizando su necesaria

transformación en una sociedad rica en logros y escasa en sobresaltos.

Uno de ellos ha sabido expresar rigurosamente a todas ellas. Hace pocas´ semanas, como recuerdo del

XXV aniversario de la aparición de la primera generación universitaria que inició en las aulas

complutenses la lucha final por la restauración democrática, Pedro Laín —que mucho ayudó en aquel

empeño, siendo rector— me envió «con el vivo deseo de que su generación ponga buen fin a esta historia

de esperanzas y fracasos» un trabajo que, bajo el título «La guerra civil y las generaciones españolas»,

exponía al margen de cumplidas realizaciones personales, la frustración colectiva que grupos de

españoles egregios habían sufrido al encararse, ilusionadamente, con el destino de la patria.

Generación del trece

Los hombres del 98, a los que en tiempos calamitosos Laín recordó espléndidamente frente al vencedor

integrismo montaraz, fueron los que dejando en el puerto la sórdida galera plugo navegar hacia los altos

mares», terminando por arribar a una playa desierta, en la que solamente se les animaba la premonición

de una juventud futura con menos indiferencia y más convicción.

Pero esa juventud, la generación del 13 —la de Ortega, Azaña, Besteiro, Marañón, Américo Castro,

Madariaga, Blas Cabrera— tampoco consiguió que los logros individuales de sus específicas

creatividades se trascendieran en un horizonte colectivo capaz de marginar la zafiedad o el buen instinto

sin esfuerzo.

Exceptuando los intentos reconfortantes de las Casas del Pueblo y de la Institución Libre de Enseñanza,

no se obtuvo una amplia pedagogía comunitaria para resolver las discrepancias sin antagonismo

exterminador. Sin embargo nos legaron, junto a sus predecesores, la impronta de una humanísima

tolerancia, de una rica estética, y de la sugestiva imaginación para forjar, en mejores condiciones, la patria

necesaria.

La siguiente generación, la del 27 —la de Federico y Alberti, Miguel Hernández, Pedro Salinas y Jorge

Gui llén; Dámaso Alonso y Rafael Lapesa, Xavier Zubiri y José Gaos; Fernando de Castro y Severo

Ochoa; Jiménez Díaz y Joaquín Garrigues—, fue tan varia y alentadora como la España liberal, a cuya

sombra se desarrolló. Pero más allá del entreverado destino, las pasiones que se iban azuzando liquidarían

pronto el experimento republicano tan densa y prometedoramente comenzado.

Todos los componentes de estas generaciones, los cuales desde Unamuno hasta el más joven continuaban

trabajando en perspectivas distintas, se vieron arrastrados, conjuntamente con la del 36 —la de Laín,

Ridruejo, Tovar, Espriú, Luis Rosales, Aranguren, Ferrater, Mora, Cela, Maravall, Torrente Ballester,

Francisco Giral, Caro Baraja, García Pelayo, Tuñón de Lara, Faustino Cordón, Grande Covián— a la más

cruenta de las guerras civiles en la que se perdieron vidas, haciendas y la emocionada esperanza de una .

España cuyo progreso en paz y justicia había movido a la procer meditación.

Esperanza_________

Sin embargo, ahora, aún padeciendo la crisis económica y el terrorismo como agobíadoras incidencias

ibéricas de un fenómeno europeo, existen datos de que, nuevamente, cunda la esperanza: desde una

monarquía inserta cumplidamente en la voluntad popular, hasta la equilibrada racionalización de la plural

actividad política y sindical, pasando por una Iglesia, la cual, exceptuando supuestos aislados, ha

arrinconado la proclividad a la cruzada y un empresariado que siente la necesidad de mayores, integrados

y comunitarios mercados, traspasando las fronteras de la autarquía.

Mas recientemente nos sobrevino la intuición de que empecinados anacronismos reaccionarios pudieran

violentar la nueva singladura española. Ante las crispadas imágenes del pasado febrero hemos de

preguntarnos ¿qué hacer con España?, ¿es que sobrevive con fuerza indeseable la maldición que había

decapitado el tenso esfuerzo de las generaciones aludidas?, ¿incurriremos una vez más en el mismo

desalentador fracaso?

Paro en tiempos de razón, la intuición sólo debe poseer idéntica certidumbre que las aventuradas

expectativas de las echadoras de cartas. Nada está escrito de antemano. España y los españoles somos ya

adultos para corregir cualquier destino atrabiliario y para asentar el que es menester, en el trabajo debido

y solidario de la ciudadanía liberadora. ¿Qué hacer, pues,, con España? Trabajar sin temor todos cuantos

sentimos su dolorido presente y su claro futuro, marginando de esta empresa colectiva a los que se

empecinan en torpes, desvariados y crueles retornos.

 

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