Autor: Múgica Herzog, Enrique . 
   Los restos de un naufragio     
 
 Diario 16.    01/04/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

MUGICA HERZOG

Secretario de relaciones políticas del PSOE

Los restos de un naufragio

Múgica parte del axioma de que «desde que España entra en la era contemporánea, el sobresalto ha sido

la ley de su historia y el sosegado convivir la excepción», para concluir con una serie de preguntas cuya

respuesta puede suponer una ruptura con esta dinámica histórica.

Afortunadamente, los españoles alcanzamos, al fin, la sartriana edad de la razón. Se depusieron actitudes

extremosas, se alentaron talantes conciliadores, se desarmaron visceralidades, en orden a la necesaria

convivencia.

El resultado fue el consenso para forjar un código de libertades en el que todos los ciudadanos se

reconocieran y que, al amparar planteamientos válidos, no se vulnerara la defensa de los más distintos

intereses, Estrictamente quienes obstaculizaban la democracia en la unidad nacional por medios violentos

no eran protegidos. Sí, por el contrario, imprecados por la conciencia colectiva y sancionados por el

ordenamiento penal.

Pues bien, como consecuencia de esto, desde e! siniestro periodo fernandino, desde el atormentado

alborear de la España con temporánea, nunca ha existido mayor cohesión, desde plurales sensibilidades,

en la aceptación de las instituciones libres y de las ideas que, generosamente, las sustentan.

Subditos y victimas

Sin embargo, la inciden cía de la crisis económica en la reflexión de algunos, la vinculación de otros a

nostalgias autoritarias, el temor de terceros a la impugnación de privilegios y el desmedido fanatismo de

quienes no soportan la idea de España como nación una y diversa, todos ellos minoritarios, promovieron

la crítica a la labor realiza da por las Cortes generales. ¿Que se pudo mejorar? Naturalmente. Mas a la

vista ¿i lo conseguido, cualquier alternativa es tosca o cruel, y conduce a la degradación de los ciudadanos

a nivel de subditos, en el mejor de los casos; de víctimas, en el peor.

Esta hostilidad se explica al no percatarnos de algo importante, y al no proceder en consecuencia: que la

andadura de la nación y de la gran mayoría de sus habitantes hacia fronteras en las que los derechos

pudieran ejercitarse con ejemplaridad, marginaba como flecos a los que no dedicamos atención sufi cíente

a movimientos y plataformas que si nacidas en el régimen anterior nos parecieron excrecencias que

desaparecerían, con naturalidad, en la nueva situación.

No obstante, la extrema derecha continúa pensando en los luceros que iluminaron, torpemente, los

siniestros paredones, Ei otro extremismo emplea el terrorismo como monstruoso instrumento. Cada cual

es el mono del otro. Diversos por sus impulsos, se identifican por sus acciones. Y siempre, bien como

provocadores de dictaduras o como empresa rios de las mismas, intentan imponernos su ley brutal,

Mascarón de proa

Creíamos que eran los restos, a deshacer, de un naufragio. Y, en realidad, lo son. Solamente nuestro

temor pudiera transfigurar los restos en feroz mascarón de proa. Su fuerza, en este supuesto, dependería

de que mostráramos debilidad, Seamos, por consiguiente, responsablemente fuertes en esta esperanzada

singladura española.

La ruptura con las instituciones y las ideas absolu listas del antiguo régimen, que se inició en Francia y se

propagó al resto de las naciones europeas, no estuvo exenta de violencia.

Se trató de mantener por la fuerza privilegios que durante varios siglos confundieron lo nacional con lo

patrimonial, mas la sociedad que pugnaba por romper el cerco estamental no sólo demandaba mayores

cotas de libertad y justicia, sino también había cobrado empuje para imponerlas. En el choque fueron

derrotados los grupos empeñados en el mantenimiento en unos intereses, que, al contradecir frontalmente

las exigencias de la modernidad, se revelaran como anacronismos.

Sin embargo, al cabo de cierto tiempo, la plenitud constitucional fue acatada por todos, y la dialéctica de

los puntos de vista contra puestos se sostuvo sobre el fundamento de las distintas interpretaciones del

texto fundamental.

Persistieron tensiones, mas la crispación no se envició en el cruel desgarramiento de la contienda civil.

Las naciones europeas combatieron entre sí, pero no se enfrentaron bélicamente en su interioridad misma,

España fue la excepción.

Guerras intestinas, cantonalismos indeseables, pronunciamientos más o menos cruentos fueron, entre

otros, nuestros signos de identidad. El esfuerzo de los sectores renovadores por incorporar el país al

con cierto de los pueblos tolerantes chocaron con las resistencias de quienes disponían de poderes

suficientes o irracionales intransigencias ideológicas.

La última guerra civil y el régimen impuesto por los vencedores nos unió en un particularismo morboso,

solamente aliviado en sus postrimerías por la resistencia obrera, la contestación intelectual y la

aproximación folklórica a Europa, que merced al turismo nos convirtió en la sala de fiestas del Mercado

Común.

Tras la muerte del general Franco se avecinó una situación insólita. No fue el primer día del mundo, pero

la historia hizo, atónita, una pausa, ¿Continuaría imper térrita la derecha su dominio sin quiebra?

¿Proseguiríamos la izquierda con un testimonialismo digno de mejor causa? ¿Seguiría aquélla vinculada

al terco esfuerzo de abroquelarse en el pasado como si del pre senté se tratara? ¿íbamos nosotros a porfiar

por un futuro tan luminoso como incierto, desdeñando las posibilidades sugeridas por el ahora en que nos

encon

 

< Volver