Autor: Zapatero Gómez, Virgilio. 
   Divorcio y familia     
 
 Diario 16.    18/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

VIRGILIO ZAPATERO GÓMEZ

Diputado del PSOE por Cuenca, Ponente en la ley de Divorcio

Divorcio y familia

Hay algunos aspectos en la polémica cuestión del divorcio que normalmente no han sido tratados en

nuestro país y que, sin embargo» constituyen un campo de dedicación en otros países donde ya existe el

divorcio: los nuevos matrimonios de los divorciados como una forma de estabilidad de la familia. Esta es

la cuestión presente en este artículo.

Intentar frenar una ley de Divorcio, alegando que destruye la familia, es ceguera o demagogia. Y ambas

son malas consejeras del legislador.

Digo que es cerrar los ojos a la realidad, pues en España desde hace más de cuarenta años no ha habido

posibilidad de divorciarse y ahí están las estadísticas de separaciones y nulidades. También la familia

española, pues, padece de una crisis semejante a la que se presenta en todos los países. O es hacer

demagogia: pues todos los sociólogos coinciden en que la crisis familiar viene determinada por otros

factores muy diferentes a los estrictamente legislativos.

En concreto, tal crisis ha venido determinada, entre otros, por el propio desarrollo del sistema

socioeconómico que genera un nuevo tipo de familia basada en la igualdad entre sexos y la libertad de los

cónyuges. Estas son las causas de la inestabilidad familiar que ninguna ley de Divorcio ha creado.

Pero si la ley de Divorcio no es directamente la causante tal crisis familiar..., ¿es un factor que acelera tal

crisis?, ¿es correcto el slogan «divorcio genera divorcio»?

Sin miedos

Bajo nuestra perspectiva no es totalmente correcto si queremos mirar en este tema hacia el futuro sin

miedos infundados. Más aún, uno de los remedios contra la galopante crisis de la institución familiar

puede ser una buena ley de Divorcio. Nos encontramos en este punto con posturas muy contrapuestas.

Pues mientras la derecha rechaza el divorcio porque —alega— supone la destrucción de la familia, otros

sectores la rechazan igualmente, por lo que supone de defensa de la institución familiar.

No vamos a negar que en aquellos países que se han dotado de una ley de Divorcio ha desaparecido un

buen número de «familias».

Pero tampoco podemos olvidar la existencia de otro factor compensatorio de dichos efectos cual es la

presencia y el progresivo crecimiento de la tasa de «rematrimonios». Es muy correcta la cuestión que

plantea un experto como Roussel cuando dice que «el análisis de la frecuencia de los rematrimonios

debería permitir responder en parte a una cuestión esencial; la divorcialidad... ¿Está motivada por un

rechazo cada vez más extendido del estatuto del esposo y esposa, o bien por la sola voluntad de romper

una unión singular con o sin la intención de contraer una nueva?

Si la frecuencia del rematrimonio resultara débil, habría que concluir que la divorcialidad pone en

cuestión el estado mismo de casado y que su intensidad creciente significa una contestación cada vez más

frecuente de la institución matrimonial misma». Y el resultado es que «la mayoría de los que se separan

legalmente no ponen en cuestión la institución matrimonial. Simplemente, desean romper su propia

unión», que no funciona para, en la mayoría de los casos, establecer una nueva.

Rematrimonio

Y así, por lo que se refiere a Francia, la medía de rematrimonios de los divorciados en 1966, 1967 y 1968

fue del 62 por 100.

En los EE.UU. más del 90 por 100 de los divorciados antes de los treinta años vuelven a casarse. En

Inglaterra, Hart encontró que al 73 por 100 de los divorciados les gustaría volver a casarse. En Alemania,

entre el 60 y el 80 por 100 de los divorciados vuelven a casarse.

Más preocupante debería ser para el legislador el incremento de los «matrimonios a prueba», que se

está extendiendo en la práctica social y que, según L. Roussel, «la mayoría de la población admite» y

ha llevado a Margaret Meed a proponer la institucionalización de un doble modelo de matrimonio,

justificando el matrimonio a prueba como la mejor defensa de la estabilidad del matrimonio.

Pero dejando a un lado esta realidad compensatoria del divorcio, me parece que pretender elaborar una

ley de Divorcio timorata plagada de frenos y contrafrenos, significa olvidar otro hecho más preocupante y

que a largo plazo sí cuestiona absolutamente el modelo familiar hasta ahora conocido.

Posturas estéticas

No se trata, desde luego, de adelantar acontecimientos ni plantear en España posturas intelectualmente

estéticas y a la última moda. Todo llegará sin que necesitemos pisar el acelerador legislativo. Si cito tales

hechos lo hago, en primer lugar, para poner de relieve el anacronismo de las posturas de ciertos sectores

que tratan de inducirnos a una discusión divorcio sí, divorcio no.

Pero, en segundo lugar, y fundamentalmente, porque entiendo que sólo una ley de Divorcio audaz puede

hacer frente a los nuevos vientos que soplan en el norte de Europa. Es curioso que cuando, en Suecia se

creó una comisión ministerial para reformar el Derecho de Familia liberalizando la legislación del

divorcio se partía de «la convicción de que mediante una modernización del instituto matrimonial, de

igualmente fácil resolución, sería posible extender el ámbito de aplicabilidad del matrimonio y, por

consiguiente, reducir el número de parejas que cohabitan sin estar casadas».

Quien se casa, ciertamente, se casa con unas normas que él no ha definido y acepta un estatuto que no ha

fijado, sino que le viene impuesto por el legislador. Pues bien, en mi opinión, sólo una ley de Divorcio

audaz, que haga del matrimonio no una muros y fuertes rejas, sino un instituto atractivo y del que se

puede fácilmente salir si las circunstancias lo requieren permitirá que los ciudadanos puedan realizar en

todo momento el derecho a la familia y el derecho a la felicidad, que es, al mismo tiempo, el derecho a la

dignidad y a la libertad.

 

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