Autor: Solana, Luis . 
   Un congreso de transición     
 
 Diario 16.    29/10/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 18. 

OPINIÓN 29-octubre-81 / Diario 16

LUIS SOLANA

Diputado del PSOE por Segovia

Un congreso de transición

El XXIX Congreso del PSOE ha sido una reunión partidaria con ecos nacionales que estimo no se está

analizando bien. Quizá de las pocas cosas que un militante puede hacer mejor que un analista político sea

la vida interna de su propia casa. Me va a permitir el lector dar una opinión personal.

Ciertamente, la primera sorpresa para los espectadores ha sido el ambiente de paz y consenso ambiental

que se respiraba en estrado y pasillos. Eso se ha dictaminado rápidamente como un «fenómeno búlgaro».

Los asistentes, los informadores y muchos congresistas esperaban sangre: Esa sangre política que viene

saltando al ruedo de todos los congresos políticos habidos hasta ahora.

La identificación entre un congreso y un circo romano había calado ya en muchos hispanos hasta el punto

de que, cuando un congreso no es un coliseo, se quejan. Pero la realidad es que la serenidad y

coincidencia registradas en el XXIX Congreso no son fruto sólo de una dirección orgánica eficaz en la

corrección de disidencias, es también resultado consciente y querido de la inmensa mayoría de los

militantes del PSOE.

Manos atadas

Hablemos claro, los socialistas llegaban a este congreso con el espanto en los ojos de las imágenes del 23-

F y con la amargura en los carnets del 28-C: De su XXVIII Congreso. Tenían que responder a los dos

hechos con la serenidad y con la coincidencia. Eso era psiquicamente lógico y, políticamente,

imprescindible. Quien no pueda comprender esto (no digo identificarse) no entiende nada de los

componentes del ser último del militante socialista. (Está empezando a producirse un talante socialista

como en los viejos tiempos, que ha dado la cara por primera vez durante el XXIX Congreso.)

Otra cosa es si la dirección del partido ha empezado a desconocer a sus propios compañeros y ha

desconfiado de ellos hasta el punto de atarles unas manos que nadie pensaba mover. Esto es otro cantar.

La realidad es que ese impresionante 99 por 100 de votos a favor de la gestión del equipo que dirige

Felipe González es verdad: No llegan ni al 1 por 100 los socialistas que discrepan de la gestión global de

su dirección, que es lo que se sometía al voto.

Pero el XXIX Congreso del PSOE creo que, básicamente, es un congreso de transición, un congreso

puente, un congreso que cierra unos debates y abre otros: Nada nuevo absolutamente, nada viejo

totalmente. Vamos a los temas concretos.

El XXIX Congreso ha cerrado definitivamente el problema de identidad que se puso de manifiesto en el

XXVIII. Ya no hay dudas de lo que no es el PSOE. Y esto, no sólo porque lo digan unas resoluciones,

sino porque lo tienen perfectamente asumido los militantes, que es la mejor forma de garantizar una

definición.

El XXIX Congreso ahora abre el debate de qué es el PSOE. La ponencia aprobada tiene ese valor y esa

miseria, ya que decir que los socialistas luchamos por la felicidad humana es tanto, y tan poco a la par,

que, lógicamente, debe tomarse sólo como lo que es: El inicio del debate definitorio socialista; sin prisas,

con serenidad y ya jamás poniendo en entredicho el partido mismo.

Voy a más. Es posible que ningún partido socialista pueda fijar su definición de una vez y para siempre,

sin que tenga que modificarla en cada época histórica. Sólo las definiciones generales como la que

incluye el programa máximo del PSOE aguantan el tiempo sin necesidad de retoques: La utopía no tiene

nunca erratas.

A la vez que ese debate hacia el mañana, se ha fijado un programa que tiene aliento sólo para unos meses:

El programa económico. Es un programa redactado mirando de frente a unas próximas fechas electorales

y a un posible «Boletín Oficial del Estado». Muy poco nerviosos ha puesto a los redactores del texto

económico los programas electorales de sus colegas francés o griego. Ya tenemos un programa electoral

en lo que más agobia a los ciudadanos: El paro y la crisis económica. Bravo por la sinceridad de estar en

el poder ser y no en el debería ser, cuando afronta el PSOE la posible responsabilidad de dirigir España y

de corregir las serias desigualdades de todo tipo que existen entre los españoles.

En los aspectos internos también hay temas de corto plazo y otros de apertura de futuros debates. A corto,

el más importante es que se ha resuelto el problema latente y siempre preocupante de reparto de poderes

entre las dos primeras figuras socialistas: González y Guerra. Uno tendrá el Estado, otro tendrá el partido.

Ese magnífico entendimiento —nunca suficientemente entendido— entre los dos líderes socialistas estaba

empezando a tener grietas: No entre ellos, sino en la organización que rigen. Ellos se pueden entender sin

dificultad, pero no es tan fácil que todo vaya igual de lubricado entre sus seguidores.

Hacia el futuro se han abierto varias líneas de discusión orgánica, todas apasionantes. La primera, la del

orígen y control del poder. ¿Cómo se resuelve la tensión permanente entre disciplina y libertad? El

interrogante es de tan difícil respuesta que renuncio a entrar ni de lejos aquí y ahora en la solución; pero

la pregunta estaba en el aire en el XXIX Congreso y va a intentar resolverse antes del XXX con toda

seguridad.

La segunda línea es la de la representación de las minorías en un partido como el socialista. Los primeros

intentos de solución se han insinuado durante los debates del congreso y serán, sin duda, objeto de serena

discusión a todo lo ancho y largo del partido en estos tres años que faltan antes de la próxima reunión

magna. Incluso, es casi seguro que los próximos congresos regionales alumbren ya algún tipo de solución

o de ensayo.

Trabajadores

La tercera, las relaciones entre el sindicato y el partido. Atención al discurso de Nicolás Redondo al cierre

del congreso. Hay en él toda una teoría política del papel del partido y del sindicato. Más o menos, el

mensaje es el siguiente: Si es la clase obrera, en general, y los sindicatos, en particular, los que soportan el

coste máximo de la crisis económica, no se puede tolerar que una decisión política que afecte a los

trabajadores deje de ser consultada y, más aún, aceptada, por quien luego tendrá que soportar sus efectos:

Los trabajadores y su organización sindical.

El PSOE, pues, ha terminado un congreso de transición o de tránsito hacia nuevas metas. El XXIX

Congreso se recordará como el pilar del largo puente socialista que cierra viejas heridas y abre nuevas

discusiones. Bienvenidas sean la paz y la serenidad de sus sesiones.

¡Ah!, por cierto, ¿cómo es que nadie ha reparado en la escena de la bandera de España presidiendo junto a

la del PSOE todas las sesiones? Entre los socialistas, lo obvio es ya realidad desde este congreso.

 

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