Autor: Morán López, Fernando. 
   Ante la victoria de Reagan     
 
 Diario 16.    05/11/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

FERNANDO MORAN

Senador del PSOE por Asturias

Ante la victoria de Reagan

Nuestro rey Felipe envió la Armada, según la leyenda escolar, a luchar contra los hombres, no contra los

elementos. Pero los elementos, la tormenta, los vientos que impulsaban mejor a las ligeras naves inglesas

y desmantelaban a los pesados galeones, estaban allí. A Carter le han aplastado las crisis, la económica, la

de la bipolaridad de poder, la desconcertante crisis de los conceptos mediante las cuales los dirigentes

americanos median el porvenir de los países.

Entre tantas tormentas, Jimmy Carter ha apelado a la tradición más general, incluso se diría que más

vulgar: populismo teñido de versículos de la Biblia, buena voluntad, imagen —corrigiendo rápidamente la

inicial— de firmeza frente al Este, sentido común, incluso agresión verbal frente a sus contrincantes. De

nada ha servido, los elementos estaban allí.

La victoria de Reagan es, evidentemente, la derrota de Carter. Por el momento, poco más. Es también, y

sobre todo, un jalón más de la curiosa relación entre Presidencia y sociedad americana. Desde los años

sesenta, en la misma medida en que la sociedad se vuelve más estable, más sólida, más segura de sí

misma, la Presidencia cae en prestigio, casi en credibilidad. La sociedad americana ni se encuentra en un

periodo de euforia suicida, como bajo la Presidencia de Hoover antes de la crisis de 1929, ni en un

desgarramiento de conciencia, minoritario, pero profundo, como durante la revuelta de los campus

universitarios en los sesenta.

Trabajar para el contrario

Al mismo tiempo, un inocultable declinar de la Presidencia como institución. El más alto oficio del

mundo quema a sus ocupantes. Demasiado grande para hombres elegidos conforme a unas prácticas que

ponen en primer plano, sobre las verdaderas cualidades de Estado, la imagen, la capacidad de conseguir

fondos para la campaña, la hábil singladura entre los intereses de los grupos y los principios. Los últimos

presidentes han corrido el siguiente destino: uno, Kennedy, fue asesinado y con él la esperanza de un

estilo nuevo; quien le siguió, Johnson, no se presentó a una nueva elección destruido su crédito en la

guerra de Vietnam; el próximo, Richard Nixon, dimitió para evitar el impeachement, tras el mayor

escándalo político de este siglo en América; Ford pierde la elección y ahora Carter vuelve a Plains a

cultivar cacahuetes. Más que coincidencias, una tendencia que sería alarmante si el resto de los poderes

del sistema americano no gozasen de mayor prestigio y de mejor salud. En efecto, paralelamente a este

desgaste de la Presidencia, el Congreso ha mejorado notablemente la calidad de sus trabajos. Sus hombres

representan uno de los mejores niveles parlamentarios del mundo.

Siendo como es alarmante el desgaste de la institución presidencial y no dejando de preocupar el carácter

anodino y gris de esta última campaña electoral e incluso la personalidad conocida del triunfador, la

articulación y solidez del aparato político americano permite pensar que solamente en un margen operan

las ideas y temperamento del elegido. Pero, ay, evidentemente, este margen es decisivo en las

emergencias.

El presidente Carter se plegó a los aires de conservadurismo que la crisis y los hechos que señalaban el

límite del poder exterior directo de los Estados Unidos despertaron en las clases medias americanas. Al

hacerlo, ha ido construyendo las posibilidades de triunfo de un competidor que inicialmente contaba

poco. Al no haber diferencias esenciales de programa en lo económico —en especial en las reducciones

de impuestos— la confrontación se convirtió en dos monólogos paralelos ante el aburrimiento —y quizás

también la sensación de seguridad de lo conocido— del americano medio. Las minorías, en especial la

negra, nada tenía que ganar y algo tal vez ha perdido en la confrontación entre dos hombres de la América

tradicional. La juventud más tradicional que ha tenido América en este segundo medio siglo ha dejado

hacer.

Y ahora, ¿qué?

Hoy las cancillerías y la prensa de todo el mundo se hacen esta pregunta. La respuesta es difícil. Es

evidente que el triunfo de Reagan hace más complicado el proceso para encauzar las relaciones entre

las superpotencias, de nuevo, hacia cierta forma de distensión que los datos objetivos —no los datos

hipertrofiados militares— aconsejan. Reagan ha afirmado que retirará la petición de ratificación por el

Senado del tratado SALT II. Su idea es rearmar y luego ofrecer un Tratado más comprensivo y que

responda mejor a la paridad. En esta formulación, que parece cruda, le acompaña la opinión de un duro

más matizado y que entiende la política exterior como, esencialmente, la relación de poder entre las

superpotencias: Kissinger. Es el crédito de Kissinger lo que impide a los análisis descalificar

totalmente las afirmaciones de Reagan. En todo caso, estamos evidentemente ante una fase de tensión

entre las superpotencias. ¿Cuánto durará? Nixon fue elegido en 1968 en base a una campaña de halcón y

al verano siguiente se había montado entre Kissinger y el embajador soviético en Washington, Dobrynin,

el sistema que llevaría a la cumbre de 1972 que abriría el camino a la distensión.

En el otro gran tema que nos implica la renegociación del Tratado hispanoamericano es lógico pensar que

la posición americana está ya definida por el Pentágono y el Departamento de Estado. El solo efecto es la

imagen que nuestros negociadores crean percibir. En todo caso, bien haríamos parte y parte en tecnificar

al máximo nuestras visión.

Los iraníes no han favorecido la reelección de Carter liberando los rehenes. Siguen como tales bajo

Reagan. Sin duda, en la decisión de no liberarlos ha influido el tener algo con que negociar con Reagan en

el caso que triunfase. En todo caso, el conflicto iraní-iraquí ha mostrado una complejidad que se resiste a

la fácil resolución en término de la relación dialéctica de las superpotencias. Irán ha demostrado la

limitación del poder de los dos grandes; pero la guerra ha permitido a los Estados Unidos algo que

perseguía: instalar su flota en el golfo Pérsico, con lo que se compsa sobradamente el avance soviético en

Afganistán. Respecto a Europa no parece que ni Reagan ni Carter piensen mucho en sus verdaderos

problemas. De la crisis enconómica puede salir América capitaneando un nuevo sistema de poder

económico en que se concierten los intereses de las zonas periféricas-América Latina, ASEAN; Japón. Ni

Europa está con temple para encarar tal reto, ni a los Estados Unidos les atormenta la indecisión de

seguridad en las zonas grises europeas.

En Pekín hoy debe haber preocupación. Más que en Moscú. Pese a la misión de Bush para tranquilizar a

los dirigentes chinos, Reagan da la imagen de algo anacrónico.

Mucho ha pasado en América; pero nada que cambie sustancialmente la situación mundial. Una

campaña gris. Un presidente que parece llamado a galvanizar una sociedad de enormes

posibilidades. Estamos en lo gris, no diría yo que en lo mediocre. La gran sacudida del mundo industrial

liberal no se ha producido todavía. Pero tendrá que producirse.

 

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