Autor: Gómez Llorente, Luis. 
   Maniobra socialdemócrata     
 
 Diario 16.    10/05/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 20. 

Maniobra socialdemócrata

Luis Gómez-Llorente

El compañero Luis Solana, diputado socialista por Segovia, nos acaba de sorprender con un brillante

artículo (DIARIO 16, 5-V-80) en el que propone nada más y nada menos que un «pacto de legislatura»

entre el PSOE, los nacionalistas (PNV, minoría catalana) y los social-liberales de UCD. «El máximo

pensable de votos parlamentarios», dice. De donde se infiere, cual es obvio, el deseo de que caiga el

Gobierno Suárez y le sustituya un Gabinete reflejo de semejante alianza.

Con la elegante desenvoltura que le es tan propia, Luis formula una propuesta genial; de un solo golpe

vulnera a sus dos adversarios, pues la operación seria tan letal para el suarismo como para la izquierda

socialista.

Pretende desalojar a Suárez del poder desgajando de UCD al grupo social liberal. Derechiza al PSOE

llevándole a un compromiso de poder con la derecha, marginando al resto de la izquierda, lo que

agrandaría inexorablemente los enfrentamientos entre la clase trabajadora. Es una operación

socialdemócrata perfecta.

Parlamentarismo y electoralismo

Una característica típica de la socialdemocracia es pretenderse equidistante de la derecha más

reaccionaria y de la izquierda no socialista. Los planteamientos de clase pasan a un segundo plano. Por

algo les disgusta la terminología característica del movimiento obrero.

En el fondo, sus planteamientos no son contradictorios, pues para los fines reformistas que se proponen

no les resulta imprescindible pensar en la unidad de las izquierdas. Es natural que piensen en coaliciones

hacia la derecha, pues se necesitan unos u otros compañeros según el tipo de viaje que cada cual se

propone realizar.

La influencia de la teoría liberal del Estado les lleva a una preocupación obsesiva por el parlamentarismo,

y su secuela electoralista (hipervaloración de estos instrumentos en el planteamiento de conjunto de la

lucha de clases), de donde que rehuyan propugnar un cierto tipo de estrategia en materia de alianzas que

pudiera «asustar» a determinadas franjas del electorado.

El PSOE, más allá de lo que en uso de su legítima libertad de pensamiento y expresión pueda opinar un

afiliado, diputado o no, declara en la resolución política de su congreso extraordinario de septiembre de

1979 que se deberá seguir una política autónoma e independiente, y que «tan sólo ante eventos de

extrema gravedad para la perduración del sistema democrático, el Partido Socialista debería consentir el

sacrificio de aportar su colaboración a una política de estricta defensa del marco democrático, en

colaboración con las demás fuerzas democráticas».

Nótese la absoluta excepcionalidad de la hipótesis contemplada. Repárese en que para tal situación no

establece exclusiones hacia la izquierda, y no se olvide que la misma resolución añade que, en todo caso,

una colaboración con otras fuerzas políticas, «con muy severa acotación de los límetes temporales y de

los contenidos programáticos, deberá ser sometida y aprobada por el comité federal del partido».

Todo esto conviene recordarlo cuando se empieza a hablar alegremente de «nuevas mayorías»

parlamentarias. No es bueno iniciar estrategias y maniobras que luego desembocan en hechos

consumados.

Acatamiento

Sabido es que el tema de las alianzas fue un punto discutido en el congreso del PSOE, y que llegó al

pleno, defendiendo Manuel de la Rocha, elemento caracterizado del sector crítico, una enmienda que

apuntaba en la dirección de seguir preferentemente una línea de unidad entre la izquierda, y que fue

rechazada, quedando ese texto que todos los socialistas debemos acatar, aunque a algunos nos parezca en

la practica un tanto ambiguo lo de la «política autónoma e independiente». Más una cosa es acatar y

respetar esa parte de la resolución, la más débil a mi juicio de un texto por lo demás excelente, y otra bien

distinta que nos fuésemos a quedar con los brazos cruzados y la boca muda ante una operación tendente a

la alizanza con la derecha, lo que objetivamente resultaría hostil hacia el resto de las fuerzas obreras,

quiérase o no se quiera, dígase o no se diga.

Nadie haga planteamientos maniqueos. No pretendo que mañana se plantee el frente popular, ni el frente

popular es la única fórmula de entendimiento dentro de la izquierda. La tan citada resolución, que ningún

socialista debe olvidar, y que deben tener bien presente los responsables a quienes se encomendó su

ejecución, habla de promover un bloque «de fracciones y capas sociales (que) forma ya un bloque de

intereses que hay que cohesionar progresivamente porque sus aspiraciones tienden a coincidir en un

proyecto de creación de una sociedad en la que se hayan eliminado la opresión y explotación de clase».

En la edificación de ese bloque se puede ir más o menos deprisa, y en su momento no preguntaremos qué

se ha hecho en esa dirección, pero lo que no parece tolerable es adoptar posiciones que sean

contradictorias con ese objetivo.

Partido radical

No sé si Luis Solana ha participado en las recientes campañas electorales de Euskadi y Cataluña, pero

puedo decirle que en ellas nuestros compañeros de las respectivas nacionalidades han explicado con

justas palabras lo que son PNV y Convergencia Democrática de Cataluña: sendas fuerzas derechistas.

Basta observarles en la Cámara de los Diputados, recientemente ante el Estatuto de Centros Escolares, y

cada vez que se divide la línea de las votaciones por donde pasa el muro del dinero. Alabo la resuelta

decisión de los socialistas catalanes negándose a entrar en el Gobierno de Jordi Pujol.

Es deseable, ciertamente, que los social-liberales de UCD, u otros ciudadanos, tuvieran el valor de crear

el partido radical, socialdemócrata, o liberal, que el hábito no hace al monje, y que nuclease ciertas capas

intermedias del electorado. Hace poco he propugnado eso en un artículo como necesidad para clarificar

el panorama político, y como posible partenaire complementario de derechas o izquierdas en posibles

Gobiernos resultantes de nuevas elecciones, con un programa de netos compromisos a luz pública.

Mas una cosa es eso, y otra los confusos juegos de salón.

Un partido de la clase trabajadora tiene que plantearse con todo rigor la oportunidad de su acceso al

Gobierno, en función de la relación de fuerzas existente en ambas Cámaras del Parlamento y en la

sociedad; el estado de conciencia entre los trabajadores, de su cohesión y grado de unidad; en suma, de

las asistencias que pueda tener para actuar conforme a su programa y sin caer en un descrédito del que se

beneficiarían aquellos otros que mejor pudieran entonces representar el generalizado malestar social.

Papel histórico

Caso bien distinto es el de la derecha. No se trata sólo de actitudes personales. Personas honestas, e

individuos oportunistas puede haber en todas partes. La diferencia es de fondo. La derecha, como clase

dominante, tiene en sus manos el poder de facto, las finanzas, las empresas, los medios de comunicación,

la voluntad conservadora patente de los acomodados, en definitiva, una base de apoyo natural y explícito

a todo gobierno de signo derechista.

Quienes encarnamos el proyecto de transformar la sociedad somos quienes hemos de ponderar bien con

quienes hemos de hacerlo, y cuando estamos en condiciones de llevarlo a cabo. De otro modo corremos el

riesgo de convertirnos en factor de mansa integración en el sistema económico-social, malogrando el

papel histórico que nos corresponde a tenor de las ideas y de una larga trayectoria que no debemos

desviar ni malbaratar.

Fisuras propias

El sentido de nuestra crítica al Gobierno ha de culminar en una modificación del estado de conciencia y

de la voluntad del pueblo que suponga la base suficiente, paralela al desarrollo de las organizaciones de

base, que suponga la apoyatura suficiente para un Gobierno de izquierdas capaz de introducir los cambios

sustanciales que el país requiere.

Por sí solo el articulo de Luis Solana no hubiera pasado de ser una especulación ingeniosa, lo que no es

poco, y debe agradecérsele que con su trabajo estimule el debate político entre socialistas y cara al

público, que falta hace. Más se agiganta la significación posible de sus opiniones al coincidir

temporalmente con unas manifestaciones de Felipe González en Valladolid, refiriéndose un tanto

misteriosamente a determinadas posibilidades de obtener la mayoría en el actual Parlamento. Supongo

que el compañero González llevará en la cabeza una idea distinta. Sería bueno lo aclarase un poco, al

menos para decirnos que ha sido pura coincidencia.

Seamos prudentes, no ocurra que haciendo piruetas basadas en la fragmentación de otros partidos

acabemos produciendo fisuras en el propio.

 

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