Autor: Morán López, Fernando. 
   La posibilidad de un eurosocialismo     
 
 Diario 16.    10/03/1980.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 22. 

10/mayo/80

En el actual mundo interrelacionado, el socialismo europeo, al tomar conciencia y alinearse con las

aspiraciones del Tercer Mundo, ha comenzado a buscar un modelo para sus países que no desconozca las

otras realidades. El socialismo surge como solución a muchos problemas que tiene planteados la vieja

Europa. En este sentido, la reunión, los pasados días 3 y 4, de los Partidos Socialistas del Mercado

Común podría ser una gran noticia.

La posibilidad de un "eurosocialismo"

Fernando Morán (*)

El Congreso de la Unión de Partidos Socialistas de la Comunidad Europea se ha reunido en Luxemburgo

los días 3 y 4 de este mes de marzo en un momento de inflexión de la situación internacional.

Los reunidos en Luxemburgo se han debido preguntar por qué modelo deben seguir sus formaciones.

Es cierto que salvo pecar de un universalismo de talante utópico modelo socialista en Europa hará un

modelo europeo: enriquecido por los aportes propios y limitados por sus datos.

Corresponderá a un estadio de desarrollo económico, a un curso cultural determinado, incluso a

una situación geontratégica concreta. Es inevitable y en cierto modo positivo. Nada profundo se crea sin

relación a las circunstancias precisas, sin evitar la inconcreción de tiempo y lugar que es lo que, como se

sabe, quiere decir utopía.

Ahora bien, aparte de la calificación moral e ideológica que merezca esta interiorización del análisis

histórico socialista, ocurre que este realismo es fundamentalmente irrealista, porque nunca Europa ha sido

tan dependiente de la situación global, ni ésta se ha caracterizado como ahora por el fin de los modelos

que se presentaban con validez universal. Frente a esta realidad del pluralismo cultural y político y frente

al hecho de que existe hoy un protagonismo de todos los pueblos, la salida no es ni el universalismo

utópico del mensaje; ni un modelo desconesionado, coherente en nuestro ámbito pero que renuncia a una

visión global.

El socialismo europeo es la concreción en las circunstancias de esta área de un análisis lo suficientemente

general y conteniendo desarrollos en variables diversas. Un análisis que satisfaga estas dos condiciones

cumpliría una función integradora en un mundo disgregado. Un socialismo eurocéntrico colaboraría con

el proceso general de disgregación cultural, raíz de una fragmentación peligrosa. Hay que cultivar el

propio jardín, pero a condición de que éste no tenga tapias.

La situación de Europa y el socialismo

Europa está resistiendo la crisis con mayor conciencia intelectual. No con suficiente conciencia, es cierto,

pero con capacidad de racionalizarla. Es evidente que sufre más quien tiene hambre —o tiene alto índice

de mortalidad infantil— que quien tiene conciencia de que el sistema no elimina el hambre o la

enfermedad y sabe que su posición, de continuar el sistema, le afectará algo, bastante; pero no hasta el

punto de sufrir estas plagas. Pero, le ocurre al europeo que sus creencias estaban basadas en la seguridad

de un progreso general. Y este progreso está en crisis. Incluso la idea del progreso.

El europeo asiste a los siguientes hechos a escala mundial:

A) La conciencia casi extendida de que los modelos generales no tienen validez.

B) La intuición de que los motores del progreso —los valores adquisitivos basados en el objetivo del

bienestar y en la competición son una simplificación.

C) Que su cultura no es el modelo paradigmático.

D) Que tiene todavía, una capacidad de poder económico y militar necesario para defender a sus

sociedades, pero no para aproximar a los distintos pueblos.

En una situación de tensión internacional, el europeo se acerca a la actualidad de los problemas cada vez

más consciente de que ciertos hechos que han venido ocurriendo le obligan a salir de su refugio y a

intentar proporcionar orientaciones globales. Entre ellos:

a) La conciencia de la crisis de la bipolaridad (que permitía que su vida internacional fuese cada vez

más intramuros); crisis que se manifiesta en la disminución de la capacidad real de cada superpotencia y

de las dos unidas, para determinar los procesos mundiales. Irán se escapa al juego bipolar. Y aún más

China o el Japon.

b) Que esta disminuci6n real de la capacidad ordenadora de las superpotencias se presenta aún cuando

estas poseen —y multiplican— su capacidad de destrucción nuclear.

c) La existencia de una paridad nuclear entre ambas que permite a cada una la impunidad las acciones

limitadas en zonas periféricas y que, en lo que se refiere a Europa, hace poco creíble de

defensa o respuesta masiva en el caso de un conflicto limitado de Europa, y, aun en las primeras fases de

un conflicto más general en Europa.

La distensión necesaria

La situación del europeo es, por primera vez dé riesgo. La cobertura de sus sociedades exige un tiempo

para reconstruir un sistema que hasta ahora se basaba en certidumbres que no se han verificado. La

certidumbre del respaldo nuclear exterior suficiente; la certidumbre de que los métodos keynesianos

corregirían el ciclo; la certidumbre moral de que la violencia ciudadana era cosa residual, secuela de

épocas no civilizadas, no racionalizadas, supuestamente pasadas.

Un clima de guerra fria produce una simplificación de análisis y encierra a las sociedades en un proceso

de afianzar lo existente; aun cuando se sepa que lo existente no responde a los retos de la época. La guerra

fría impediría la evolución de los grupos —más numerosos de lo que creíamos hasta hace poco— que

buscan en el Este una flexibilización de la dominación soviética, y reducirían a los europeos a una actitud

de defensa de un sistema que saben en crisis.

Entre las fuerzas europeas es el socialismo la que por su ideología está en mejores condiciones para

intentar esta salida de la crisis de valores y de instrumentos de análisis.

Si las circunstancias no son las idóneas para pensar a largo plazo, la gravedad de la situación tiene sus

ventajas: hace impensable la complacencia y disipa el sentimiento de falsa seguridad.

La izquierda ha vivido engañándose creyendo cierto lo que era opinable, y seguro lo que estaba minado.

De la misma manera que en los años veinte, no solamente los comunistas sino también los partidos

socialdemócratas, comulgaban de una versión según la cual el imperialismo era el último intento de un

capitalismo condenado y sin capacidad de recuperación; en los años cincuenta el keynesianismo hacía

pensar que cabía aminorar los enfrentamientos sociales a través del Estado benefactor. Ambas eran

visiones, por otra parte, eurocéntricas: el destino del mundo se decidiría por el curso de las sociedades

industriales europeas. Pero el mundo se ha convertido en algo grande, diverso, interrelacionado. No hay

ya un patrón único, pero es exigible un análisis global. Al tomar conciencia —con su tardía, pero luego,

inequívoca alineación con las aspiraciones del Tercer Mundo— de la nueva situación, el socialismo

europeo está comenzando, con la modestia nacida de la experiencia, a buscar un modelo para sus países

que no desconozca las otras realidades. Si esto se ha profundizado en Luxemburgo es una gran noticia

entre tantas otras inquietudes.

(*) Senador del PSOE por Asturias. Diplomático y ex director general para África del Ministerio de

Asuntos Exteriores.

 

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