Autor: Múgica Herzog, Enrique . 
   Sobre vasco-judíos, facciosos y demócratas preocupados     
 
 Diario 16.    18/11/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

ENRIQUE MUGICA HERZOG

Sobre vasco-judíos, facciosos y demócratas preocupados

«Resulta asombrosa la manera con que se salió de un régimen, en el cual, y en los que mandaban, había

cundido la corrupción y los hábitos traducidos en vileza. Fueron quienes ahogaron la libertad,

amordazaron la palabra por el temor y pisotearon la justicia.» Son los posesos por la nostalgia del

genocidio.

Cuando en reciente entrevista expresé con la natural sinceridad requerida por la sensibilidad política que

la preocupación era una vivencia ampliamente compartida, un repelente libelo diario en el que escriben

junto a alguna oveja perdida, fanáticos y necios, y leído por sectarios, bribones, buenas gentes obcecadas

y varios curiosas movidos por rigor profesional o complacencia folklórica, me calificó, primeramente y

con infantil deje despectivo, como «el judío-vasco Múgica Herzog», para a continuación, y más allá de mi

humilde persona, continuar lucubrando desde sus imbéciles supuestos habituales. El maridaje judeovasco,

tan peyorativamente empleado, evidencia que el complejo redaccional integrado por excombatientes

desposeídos de abusos, y mozos extraviados en un tiempo en que no es de recibo la golilla inquisitorial,

prosigue anclado en el complejo antisemita de aquel Adolfo Hitler, cuya fotografía probablemente

iluminará algunas mesas de trabajo.

Nostalgia del genocidio

Y en cuanto a lo de vasco me siento tan entrañablemente enraizado en mi varias veces milenario pueblo,

del que surgió España por eso decía Miguel de Unamuno: «Que el alma de mi Bilbao, flor del alma de mi

España, recoja mi alma en su regazo», que al leer lo que sobre él escriben pintorescos plumíferos, los veo

posesos por la nostalgia del genocidio que no consiguieron realizar cuando tuvieron poder para ello.

Reitero que vivimos preocupadamente, y a ratos agobiadamente, pero de aquí a las conclusiones a las que

llegan esos descarriados, media un abismo. Existen causas procedentes de la crisis mundial, las cuales, sin

embargo, no deben servir de pretexto para que los responsables económicos excusen su incapacidad.

La carestía energética no puede ser un sésamo omniexplicativo, y no siempre los árabes cuentos de las

mil y unas noches se infantan bajo turbantes. El terrorismo es un cáncer para la democracia contra el que

operarán terapias adecuadas, mas conviene señalar, sin valorar, qué atentados se prodigaron a pesar de la

férrea batuta del huésped del Valle de los Caídos, recordando el postrer viaje de su penúltimo presidente

del Gobierno.

Resulta asombrosa la manera con que se salió de un régimen en el cual, y en los que mandaban, había

cundido la corrupción y los hábitos traducidos en vileza. Fueron quienes ahogaron la libertad en

reclusión, amordazaron la palabra por el temor y la decencia por el amedrentamiento, elogiaron la

presunción, humillaron la discreción y pisotearon la justicia. Por ello, y con cuánta razón Willy Brandt ha

dicho, inaugurando el congreso de la Internacional Socialista: «Sólo cuando el régimen antiguo y

autoritario se desmembró, la nación española fue capaz de demostrar la madurez y el sentido de

responsabilidad política que realmente poseía.

Y aunque esta nueva democracia española no nació en tiempos de prosperidad económica y pronto se vio

cargada con muchas de las hipotecas de décadas anteriores, ha demostrado ser capaz en pocos años de

ganarse la confianza de los países vecinos, y dicho sea de paso, de todo el mundo. Ha ganado esa

confianza como futuro y bienvenido miembro de Europa occidental; como miembro con

responsabilidades europeas e internacionales.»

Catastrofismo de invernadero

Naturalmente que las palabras de amigos cuya ejecutoria honra a los hombres de bien, pueden apreciarse

negativamente desde el abroquelamiento cerril de trasnochados chovinistas, contrafiguras del patriota.

Pero aquéllos también se llamaron Maurras en Francia —cómplice del ocupante nazi—, y en España

cuantos conformaban sus mentes por dictadores foráneos, inclinando sumisamente la cerviz ante sus

mandatos.

Algunos de ellos y sus herederos espirituales siguen babeando a diario. Mal que les pese, su catastrofismo

no pasará de voraz planta exótica exhibida en invernaderos. Recuerden —«avive el seso y despierte» que

la libertad para todos por nosotros mantenida lo es incluso para cuantos la utilizan como evacuatorio de

sus resentimientos. Pero que también ha de ser defendida no sólo contra quienes pretenden destruirla por

los hechos, sino frente a los que convierten las primeras planas en llamativos carteles incitando al

golpismo o exculpando el terrorismo.

Austeridad con esperanza

Los demócratas españoles pueden sentir cansancio, pero tienen la necesaria decisión para superar

desmoralizadoras inhibiciones. Saben que la alternativa a lo que tenemos es el sufrimiento con fatalismo

o la austeridad con esperanza. Y optan por ésta. Ha de terminar la ausencia de liderazgo político, el cual

en nuestro sistema manifiesta la colectiva voluntad del cambio opuesta al moroso continuismo con

deterioro.

La opinión pública, cuando presiente la cercanía del peligro, ha de movilizarse, mas no con populismo

incierto que acompaña a un nombre propio, aunque se lo merezca, sino con razonable y apasionada

conciencia que empuja hacia nuevos equilibrios renovadores a través de esas herramientas esenciales

definidas en el articulo 6 de nuestra Constitución, y que son los partidos, los cuales «expresan el

pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumentos

fundamentales para la participación política».

Es a ellos a quienes compete en estos momentos difíciles y con la misma mirada de Francisco Giner de

los Ríos, en el imperecedero verso machadiano— contemplar a la nación, obrando en consecuencia «bajo

una encina corta, en tierra de tomillos, donde juegan mariposas doradas... Allí, el maestro un día soñaba

un nuevo florecer de España».

 

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