Autor: Múgica Herzog, Enrique . 
   Parlamento y fuerzas armadas     
 
 ABC.    19/04/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA, SOCIEDAD ANÓNIMA

MADRID

ABC

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

PARLAMENTO Y FUERZAS ARMADAS

HAY un momento en nuestro siglo XIX en que los sectores más vivos de la sociedad española, del

Ejército y el pueblo —desde los conservadores que no confundían moderación e involución, hasta los

progresistas de todo tipo, hostiles a la fantasmamagórica milagrería, corrompida liviandad y caprichosa

arbitrariedad imperantes— derrumbaron el tinglado de la farsa emprendiendo en 1868, a través de La

Gloriosa, una esperanzados singladura que pronto se torcería en moroso desencanto. Es entonces cuando

Pérez Galdós, al trasponer sus "Episodios Nacionales" en espejo de nuestros apasionados predecesores,

exclama, contemplando la reciedumbre del general Prim. «No hay Patria sin Ejército ni Ejército sin

libertad.» Con sus palabras no define una realidad permanente, sino una ilusionada visión que se debe

realizar ya que, ciertamente. no existe la Patria sin el Ejército; no sólo porque el surgimiento de la idea de

nación la defiende el pueblo en armas, en los campos de Valmy, frente a las tropas —nobiliarias en sus

cúpulas y pagadas en sus bases— del Antiguo Régimen, sino porque también la nación, como patrimonio

común de la ciudadanía y no finca particular, ha de ser mantenida frente e la agresión. Pero bien

pudiera existir Ejército sin libertad o incluso contra la libertad, como sucede en algunos paises

hispanoamericanos. Mas Galdós está evocando a la Armada en la bahía de Cádiz, en aquel septiembre de

1868, y sintiendo la necesidad de que se confirmen como impecable constante de la historia española las

palabras, siempre vivas, de Simón Bolívar: "Un soldado feliz no adquiere ningún derecho para mandar a

su patria, no es el árbitro de las leyes ni del derecho. Es el defensor de la libertad."

Para ello se requiere el ensamblaje de dos condiciones:

— Que la nación, a través de sus representantes, se preocupe por las Fuerzas Armadas.

— Que las Fuerzas Armadas respalden la voluntad nacional en todo momento con afecto y disposición de

servicio.

Partiendo de definir la Defensa nacional como la disposición, integración y acción coordinada de todas

las energías y fuerzas morales y materiales de la nación ente cualquier forma de agresión, debiendo todos

los españoles participar en el logro de tal fin, se filan en la ley las orientaciones que obligan a su puntual

desarrollo enriqueciendo la estructura, organización y medios de los Ejércitos para cumplir sus funciones,

convirtiéndose en competencia del Parlamento lo referente a la organización territorial, a la enseñanza

militar, a los programas de armamento, a los efectivos totales de la Fuerza y sus plantillas, a las escalas, al

régimen de ascensos y recompensas, sistema de Ingreso y retiro y empleo de los miembros de las FAS

mediante criterios unificadores, así como las formas de hacer el servicio militar y la movilización de los

recursos necesarios —energéticos, alimenticios, industriales, sanitarios, de transportes, comunicaciones y

materias primas— para satisfacer las necesidades de la Defensa.

No obstante, los socialistas no hemos podido incluir entre las materias de aprobación por las Cortes el

objetivo de Fuerza conjunta, entendiendo por tal el total de medios de toda índole que precisa disponer y

mantener la Fuerza para poder alcanzar los objetivos estratégicos militares. Reducimos a ello el alcance

del concepto, marginando los reiteradamente citados objetivos por entender que éstos incluyen

contrarrestar los riesgos y amenazas que inciden sobre España, las cuales han de ser tratadas,

estrictamente, por el Ejecutivo con cautela y prudencia, ya que, si designáramos a las naciones o bloques

que pudiesen convertirse en eventuales agresores, no solamente destruiríamos nuestras defensas, sino

también perturbaríamos las relaciones diplomáticas, económicas, culturales y de cualquier clase que

mantenemos con esos países ante los cueles no podemos balar la guardia, pero con los que hemos de

sostener comunicación provechosa. Y en esta dirección no pedimos tampoco que el despliegue de la

Fuerza en las distintas áreas de la nación sea contemplada por ley, ya que ello tendría como consecuencia

una peligrosa publicidad contraria a la imprescriptible reserva con que las FAS han de maniobrar. Idónea

y eficazmente, frente a los riesgos y amenazas.

No se trata de que desfilen las plantillas ante las Cortes, sino su organización en unidades con las

dotaciones y medios necesarios. Nuestros pedimentos vienen amparados, además, por una amplia

tradición legislativa militar, integrada por las leyes constitutivas del Ejército del 9 de lunlo de 1821, 29 de

noviembre de 1877, 19 de julio de 1889 y la de bases para reorganización del Ejército de 29 de junio de

1918.

De una u otra forma, las Fuerzas Armadas, que constituyen el componente esencial de la Defensa, aunque

no el único, poseerán la operatividad exigida para enfrentarse con los riesgos y amenazas, cumpliéndose

las sabias palabras de quien vinculó egregio carácter militar y condición de estadista, el general De

Gauile, al reclamar «toda la Defensa bajo el control del militar, y el militar bajo el control del político»,

entendiendo a éste como el trabado conjunto del Ejecutivo y del Parlamento.

Por su parte, la imbricación responsable y ejemplar de la FAS en el Estado surge de su propia

esencialidad: la de prepararse para la guerra, bien frenando las apetencias del enemigo mediante la recta

consolidación de la fuerza o bien —en ultima instancia— resignándose, aunque con vigor, a ejercerla

cuando la agresión arremete contra los valores que Defensa «tiene por finalidad garantizar da modo

permanente, y que son la unidad, soberanía e independencia de España, su integridad territorial y el

ordenamiento constitucional, protegiendo la vida de la población y los intereses de la Patria en e/ marco

del artículo 97 de la Constitución», a tenor de la ley debatida, expresando dicho artículo la primacía del

Gobierno. Sí, como decía Clauswitz, "se hace la guerra con toda la potencia de nación", ¿quién mejor que

la representación nacional para suscitar la potencia —pues en ello va la propia supervivencia del país— y

exigir que la Institución militar la haga operativa rindiendo la capacidad del enemigo?

El protagonismo de la representación popular ha de surgir del concepto de disciplina, el cual, a través de

las reales ordenanzas, constituye el factor de cohesión que obliga a todos por igual, debiendo ser

practicada y exigida como norma de actuación y teniendo su manifestación colectiva en el acatamiento a

la Constitución, a la que la Institución militar está subordinada; mas también ha de nacer de la propia

convicción de los Ejércitos, sugestivamente entrañada de que su eficacia será tanto mayor cuanto se

encuentren, permanentemente, asistidos por el afecto del pueblo y la cálida dedicación de sus

mandatarios.

Se trata de recorrer, con armoniosa prontitud, la singladura que media entre la disciplina como

acatamiento y la disciplina como sonora Inclinación del espíritu que —al verse correspondido— se

prodiga fecundamente protegiendo y enalteciendo a la nación.

En este sentido me parece prometedor el "dossier" sobre Fuerzas Armadas, Política y Sociedad que se

inserta en la «Revista de Aeronáutica y Astronáutica», publicada por el Ejército dei Aire en su número del

pasado febrero. Varios jefes de nuestra Aviación, entre los que se encuentran diplomados de Estado

Mayor, analizan con puntual reflexión y ceñida sobriedad algunos temas relativos a la Constitución,

pretendiendo "crear inquietud, despertar una sana curiosidad que nos lleve a interesarnos en dichos temas,

buscando una formación amplia, sólida y científica que nos permita conocer con claridad la función que

corresponde a las FAS en un Estado moderno, sus relaciones con la política y su integración en la

sociedad".

Ante las dificultades que brotan en el contexto social, numerosas mentes lúcidas de las Fuerzas Armadas

se percatan de que su potencia como «última ratio regis», postrera razón de la afirmación del Estado,

procede de su homogeneidad en relación al entorno; pero ello no les conduce a premeditar la sustitución

de un entorno a consolidar desde la democracia por otro, torpe y despiadadamente, reordenado mediante

la dictadura.

Se trata, por el contrario, de saber que el fecundo patriotismo ha de impulsar la creación de un Estado

moderno, capaz de realizar extensas potencialidades, las cuales produzcan amedrentamiento a sus

enemigos y sentimiento de solidaridad a los amigos.

Hemos de pensar que España con paz, libertad con fortaleza y Justicia con solidaridad constituyen la

indestructible unidad que amamos.

Enrique MUGICA HERGOZ

 

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