Autor: Reflexiones socialistas (grupo de opinión). 
   Los males de la Patria, a debate     
 
 Diario 16.    19/05/1980.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 23. 

Diario 16/19-mayo-80

OPINIÓN

La ocasión del debate parlamentario sobre política general y, en concreto, sobre los más graves problemas

que afectan actualmente a España es el punto de partida para este análisis.

El paro como principal secuela de la crisis económica, la construcción del Estado de las autonomías, las

«cuestiones militares» y el terrorismo son aquí ampliamente tratados.

Los males de la Patria, a debate

Equipo Reflexiones Socialistas (*)

El debate parlamentario sobre las líneas de actuación del Gabinete recién «remodelado» puede pasar

a la historia como otro decepcionante «debate del siglo» con que periódicamente nos distraen

nuestros diputados, si es que a lo largo de sus lances, y como ha venido ocurriendo hasta ahora,

seguimos sin atisbar solución alguna para los graves problemas nacionales, soportando una vez

más, por el contrario, lamentaciones reiteradas, banales acusaciones y justificaciones sin entidad.

La expectación que se ha creado en torno al día 20 puede aumentar todavía más la desilusión y

desprestigiar, en este momento delicado, a una institución fácilmente identificada con los que desde sus

escaños hacen una política sin ideas ni futuro. Puede, pues, que la frivolidad en los planteamientos,

la ramploneria y perogrullez de los argumentos, así como la imprecisión e inviabilidad de las propuestas,

contribuyan a que la confusión entre democracia, partitocracia e ineficacia, continuamente alentada

desde posiciones añorantes, cobre tintes de evidencia con el riesgo que ello supone. Es imprescindible

desde esta perspectiva y absolutamente necesario si se quiere afianzar el proceso democrático, que

los protagonistas acierten en su cometido, esten a la altura de su responsabilidad y aborden, con la

decisión y coraje que se requiere, los temas que están sobre el tapete y que son de todos conocidos.

Para cualquiera es evidente que el desempleo crece incontroladamente, que los precios suben más de lo

que oficialmente se admite y que el terrorismo se cobra diariamente sus víctimas por más que Televisión

nos lo cuente con la rutina de quien lee un parte meteorológico. Por otro lado, el revuelo que genera

cualquier gesto u opinión de algún miembro de las Fuerzas Armadas, la indisimulada beligerancia

de unos obispos celosos defensores de sus privilegios, o las, no por recientemente espectaculares

novedosas, agresiones a la liberta de expresión y otras libertades, son datos suficientes para valorar basta

que punto las cuestiones que siempre han atormentado nuestra convivencia siguen esperando

solución.

El paro como principal problema

Entre todos estos problemas es el paro el que aparece como más acuciante y exige una urgente

solución. Es, sin duda, el aspecto más doloroso de una crisis económica donde se mezclan factores

históricos, estructurales y exteriores que, unidos a la incapacidad manifiesta de nuestros mandatarios, la

hacen aparecer como imposible de superar. Por ello, por las secuelas sociales y morales que acarrea un

desempleo masivo, con su incidencia en la convivencia y seguridad ciudadanas y, en fin, por la

posibilidad de que este ambiente social de al traste con una democracia no asentada, requiera la máxima

dedicación del Gobierno.

Don Fernando Abril, que ya nos ilustrase sobre lo importante que es cambiar de marcha para no

estrellarse autonómicamente se entiende, ha cambiado su obsesiva y exclusiva preocupación por la

inflación por el descubrimiento de que el paro puede llegar a ser un «problema critico». Lastima que el

señor Sánchez Terán no parece que vaya a secundarle en sus afanes, aplicando esa eficacia que le

caracterizo en la solución del problema pesquero, cuando nos recuerda que «el paro no es un problema

del Gobierno, sino de toda la sociedad». La solución, nos lo temíamos, entonces es cosa de todos y en

especial de «los empresarios, que deben invertir más, y de los trabajadores, obligados a crear un clima

social adecuado» que aliente tan benéfica función económica. No sabemos si completará esta solución de

tertulia con la persecución del fraude al exiguo seguro de desempleo o con la aplicación de otros paños

calientes a que nos tienen acostumbrados por estos pagos.

Lo que hay que volver a denunciar es la despreocupación real de todos por resolver el problema y su

inutilidad para instrumentar, incluso, el viejo recurso a la construcción de unas infraestructuras

inexistentes y cuya carencia repercute especialmente sobre la clase trabajadora. Se comenta por sí solo,

habría que añadir, la falta de visión para prever las repercusiones de la crisis mundial en nuestra

maltrecha economía, evitando en lo posible que nos empobrezcamos aún mas, y que al aumentar de modo

galopante el paro otra vez aparezca en nuestra geografía la trágica realidad del hambre, si es que no lo ha

hecho ya.

Autonomías y democratización del Estado

La otra gran preocupación del país es la del desarrollo político. Y esta, indudablemente, se mueve en dos

dimensiones: la configuración del Estado de las autonomías y la democratización de los aparatos del

Estado. No sabemos en cuál de las dos andaduras vamos peor.

Decíamos recientemente, en estas mismas páginas, que el Estado de las autonomías atiende, a nuestro

juicio, a tres propósitos fundamentales: La descentralización administrativa, a fin de dotar a nuestro

Estado de una mayor eficacia, agilidad y proximidad al ciudadano, la redistribución social y territorial

del poder político en la intención de acercarse a una democracia real con amplia participación

popular; y en último, pero principalísimo lugar, el reencuentro de España con su tradición como

comunidad plurinacional, en el entendimiento de que la existen cía y unidad de nuestro pueblo se asienta

en el reconocimiento de aquélla y no en el uniformismo centralista.

Ahora bien, desconocer que el desarrollo del capitalismo español ha configurado unos centros de

gravedad económica y unas zunas de dependencia con los desequilibrios y tensiones que ello implica,

hace inviable a la postre meras soluciones jurídicas y formales del problema. El hecho nacional regional

no es algo abstracto, sino que tiene lugar en el seno de una formación social determinada y ante el se

adaptan diferentes posiciones de las clases sociales presentes. No es de extrañar, pues, que la autonomía

propugnada por la derecha no sea capaz de resolver un problema que sólo desde otro modelo de sociedad

puede ser superado coherentemente, ni sor premie tampoco que los fondos de solidaridad internacional

que se arbitren, por bien nutridos que esten, no basten para superar la realidad socioeconómica de la

explotación de unas regiones por otras.

Es obvio que desde posiciones de izquierda los problemas históricos de Vascongadas y Cataluña no

podían ser abordados al margen de la evolución de otras autonomías, ya que sólo desde actitudes

solidarias y renuncia de privilegios de todo tipo podrá alcanzarse una solución asumible por todos.

Los intereses de clase del partido del Gobierno y la ingenuidad de otras fuerzas políticas han hecho que

en los casos vasco y catalán se haya ido a remolque de los acontecimientos, cediendo no ante la razón,

sino ante la presión y actuando sin imaginación ni realismo y, por supuesto, de espaldas al resto del país.

Cuando concluyan, y ojalá nos equivoquemos, las transferencias de competencias, los problemas no

habrán hecho más que empezar, se habrá consolidado la actual situación de nacionalidades pobres y ricas

y el objetivo de un armónico y homogéneo Estado federal pro pugnado en nuestras resoluciones

congresuales aparecerá obstaculizado por particularismos y egoísmos cuyas consecuencias pagarán

principalmente los trabajadores españoles.

En cuanto a la democratización del Estado ¿qué vamos a decir? Es evidente que la forma de nuestra

transición política, sin ruptura, desde la legalidad franquista y conducida por los herederos del dictador,

no permitía soluciones drásticas, reformas a fondo, exigencias de responsabilidades políticas (amnistiadas

en su momento) ni, por consiguiente acciones que malbarataran la imprescindible reconciliación nacional.

Pero sí era preciso, si se es honesto y no se trata de hacer creer al pueblo que vive en democracia mientras

soporta un vergonzante franquismo con rostro humano, actuar ágilmente en la derogación de la

legislación represiva y en la separación de puestos de responsabilidad de conocidos antidemócratas que

nunca estarán por la ineludible modernización. Al tiempo, se hacia imprescindible ser rápidos, eficaces y

progresivos en la elaboración de una legislación a tono con el sentir de la sociedad española actual en

materia de derechos civiles, eliminando para siempre tabúes peculiares, influencias clericales y resabios

que bien pudieran calificarse de medievales.

Los últimos acontecimientos que tanto han escandalizado a nuestra opinión pública dan medida puntual

de donde estamos y lo poco que hemos avanzada.

La cuestión militar

En este orden de ideas, aunque sea entrando en un terreno resbaladizo, pero inevitable por los hechos más

recientes, es preciso ocuparse de la cuestión militar. Hasta ahora la derecha reaccionaria está incitando a

las FF. AA., de forma partidista, egoísta y antipatriótica a la intentona involucionista; la derecha llamada

civilizada está utilizando a los Ejércitos y, en cierto modo, a su capitán general, romo pretexto de su

lentitud, ante la reivindicaciones de la izquierda o como seguro ante el furor de la extrema derecha.

Mientras la oposición parlamentaria cultiva, con cierta inconsciencia, un halago donde no caben

objeciones y una ignorancia manifiesta de los problemas de fondo.

Es hora de que todos los ciudadanos, los poderes del Estado y la propia clase militar en primer lugar,

recapaciten sobre el papel de los Ejércitos en la vida española. Si su sentido del honor y la disciplina es el

de sus compañeros muertos en la defensa de la legalidad constitucional republicana o el de los que se

alzaron erigiéndose en árbitros últimos de la situación. Es preciso aclarar también si se persigue un

modelo de relaciones poder civil poder militar análogo al del mundo occidental o se prefieren otros

esquemas. «Por último, hay que saber si la defensa nacional se basa en la dependencia incondicional del

amigo americano, en la beligerancia entre bloques y en la organización de unos Ejércitos de corte clásico

o en una postura independiente, no beligerante, y en unos Ejércitos fundidos en un pueblo dispuesto a la

lucha por su libertad como ocurre en Suiza y en Yugoslavia.

Todos coincidimos con el teniente general Gabeiras de que «es imprescindible la evolución hacia un

Ejército de corte europeo» y que ello implica, además de la modernización funcional que habrá que

adecuar a las necesidades y capacidad presupuestaria, el mantenimiento de lo que esa alta jerarquía

castrense ha llamado "la linea de legalidad constitucional".

La actualización de nuestro Ejército pasa, en definitiva, por la inhibición de los ciudadanos que lo

integran de las contiendas partidarias, su constante afán por lograr una mayor eficacia y preparación

técnica y su aceptación, sin reservas de ningún tipo, de la supremacia del poder político legalmente

constituido. Sólo asi nuestros militares dejarán de ejercer ese poder «metaconstitucional» que han venido

asumiendo desde Rafael de Riejo.

El terrorismo

Un último tema, aunque no menos grave, es el terrorismo. Seudorrevolucionarios que sólo pueden

provocar la reacción; separatistas que sueñan con una Albania cantábrica y fascistas nostálgicos de los

peores años de barbarie de la historia española y europea, asesinan a nuestros conciudadanos, ya sean de

paisano o de uniforme, mientras el Gobierno y la sociedad permanecen atemorizados y sin que se sepa

qué obscuras fuerzas, dentro o fuera de nuestras fronteras, les alientan y les apoyan y con qué fin. No está

la gravedad en la fuerza de los terroristas sino en la debilidad social: Por un lado, la indiferencia o el

miedo de las gentes, y por otra, la desconcertante ineficacia de los aparatos coactivos del Estado (Policía,

judicatura, etcétera).

Además, no nos engañemos, lo más peligroso del terrorismo que opera en nuestro país no está, con serlo

mucho, en la monstruosidad ética de sus crímenes, similares a los de otras naciones europeas de

democracia consolidada, sino en las fuerzas, que por reacción, intentan desencadenar en nuestro caso. Si

los terroristas supiesen que todos íbamos a permanecer firmes e inconmovibles en la defensa del orden

democrático tal vez repensaran sus métodos y cambiasen de estrategia para conseguir sus propósitos.

Hay que volver a insistir, en definitiva, en lo tantas veces dicho pero nunca hecho. Hay que conjugar una

mayor eficacia policial (sin que para ello sea preciso menoscabar los derechos de los ciudadanos), con

imaginación, generosidad y valor políticos para resolver los problemas reales que subyacen tras la acción

terrorista. No sólo hay que perseguir a sus autores sino que hay que restar todo apoyo social a través de la

construcción de una sociedad más justa donde la autenticación de la democracia deje ser un eterno

programa incumplido.

(*) El Equipo Reflexiones Socialistas está formado por Manuel Turrión, Manuel Abejón, Federico

Fernández, Pedro Sancho y José Manuel Morán, todos ellos miembros del PSOE, donde mantienen una

postura crítica.

 

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