Autor: Morán López, Fernando. 
   De cómo no se usa ni al Parlamento ni a la opinión/ y 2     
 
 El País.    05/08/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

El País, 5 de agosto del 1981

TRIBUNA LIBRE / EL DEBATE SOBRE EL INGRESO DE ESPAÑA EN LA OTAN

De cómo no se usa ni al Parlamento ni a la opinión/y 2

FERNANDO MORAN

El Pentágono y el Departamento de Estado se escudan tras la resistencia del Congreso de Estados Unidos

—real o potenciada con fines negociadores a conceder a España una garantía de defensa; incluso usan la

reluctancia de los legisladores para rebajar las contrapartidas económicas, de suministros militares, de

transferencias tecnológica. El Gobierno español prefiere lidiar solo, como los buenos maestros, sin

apoyos, sin testigos. Siempre ha sido así, por parte y parte.

En las renegociaciones precedentes, en su debido momento, los americanos anunciaban: tenemos un

doble limite, el Senado no aprobara un tratado con un régimen muy democrático, por muy convencidos

que puedan estar en Capitol Hill de que lo más conveniente estratégicamente sea un régimen como el del

general Franco; la segunda limitación reside en que el Congreso no puede traspasar un cierto umbral en

las concesiones económicas.

Cuando era preciso, como en 1968, descendia de su magnificencia jupiterina el mismo senador Fullbright

para defender las competencias del legislativo. Para Franco no habla problema. Como Ángel Viñas ha

recogido de los archivos, el general no confiaba el control de las negociaciones a ninguna institución o

departamento. No ya a las Cortes españolas; ni siquiera, en lo decisivo, a los equipos negociadores

españoles. Los diplomáticos que andaban en el asunto podían encontrarse con un cambio copernicano de

orientación; o descubrir que filtraciones a la Prensa, como la célebre Flora Lewis, tenían origen en las

oficinas del Departamento de Estado. Se empleaba todo. Por el contrario, como señalaba la otra noche en

RTVE, el teniente general Díez Alegría, en dos temas Franco no delegaba: en las relaciones con Estoril,

en la cuestión de la monarquía; en la relación con Estados Unidos. Solamente una persona estuvo al tanto

en la segunda cuestión de lo que se pensaba en el palacio de El Pardo, y esa persona era el general Vigón.

En lo que se refiere a Washington, si el Congreso puede alegarse a veces como instrumento en la

negociación, la realidad se impone. Desde la guerra de Vietnam, desde la conciencia de los efectos

derivados de la autorización lograda cuando el incidente del golfo de Tonkin, el Congreso ha ido

haciendo notar su poder, incrementándolo en lo que trata de la capacidad de vincularse

internacionalmente el Estado. Se ha convertido en un factor decisivo en la configuración y ejecución de la

política exterior (la literatura sobre el tema es enorme, una obra muy conocida hace historia del proceso:

la de Thomas M. Franck & Edward Werband, Foreign Policy by Congress, Oxford Univ. Press, 1979). El

sistema de división de poderes se mantiene en este punto o. incluso, se compagina con un cierto

predominio del legislativo. Reservas, enmiendas, understandings, senses, aparte de las sesiones de

información y comparecencias (hearings) constituyen una importante panoplia congresual (Richard Haas.

Congressional Power: Implications for American Security Policy. Adelphi Paper, London, 1979).

Bien es verdad que hoy el presidente Reagan cuenta con un Senado más controlado y con una Cámara de

Representantes donde los mismos demócratas no resisten a su proyecto de presupuesto. Podría el

Ejecutivo influir más y más directamente para que España obtuviese mayores contrapartidas. Con lodo, la

limitación que representa el Congreso es real y la diplomacia española hace bien en tenerla en cuenta.

Solos ante el peligro, orgullosamente solos

Pero, ¿por qué ejercería tal presión el presidente? ¿Necesita hacerlo? La opinión del Gobierno Calvo

Sotelo por la OTAN, incondicionada (ya se han olvidado recuérdelo el lector los condicionamientos

respecto a una mejoría en las conversaciones sobre Gibraltar, el allanamiento del camino hacia la CEE),

ardorosa, visceral, de ritmo galopante, elimina la necesidad de Washington de ofrecer garantía de defensa

y elevar las contrapartidas. Ya encontrará España lo que busca en la OTAN. ¿No dice Madrid que allí se

encuentra todo lo necesario? A la OTAN se remiten.

Cabria, no obstante, que frente al exterior el pueblo español apareciese más exigente, menos acomplejado;

reclamando lo que corresponde a quien, a pesar de todos los intentos desestabilizadores, es una

democracia. Sí, pero desde el 23 de febrero nos ha entrado una extraña congoja que reaviva el tradicional

donjulianismo español: que vengan los extranjeros a sacarnos de nuestros internos dilemas. Un mal de

soledad que nos empequeñece y que disminuye nuestra capacidad real de negociación.

El Gobierno prefiere actuar en solitario. Es un error de concepto. Si la política exterior de una gran

potencia es, casi, la mera proyección de la política exterior, en una potencia media, la definición exterior

determina y acota la orientación interior. Por ello, cuando tratan las potencias medias con los grandes, que

propenden a proyectar sobre las primeras su sombra hegemónica, movilizan a la opinión. Para que la

opinión se centre en un proyecto nacional, se coordina previamente donde está institucionalmente

representada: en el Parlamento.

Falta de voluntad negociadora

He intentado, desde 1979, convocar a los ministros de Asuntos Exteriores a una concertación de la

posición que podía ser nacional. El señor Oreja poseía el don parlamentario, impagable, de acudir a la

convocatoria del Senado y del Congreso en pleno y en comisión, hablar mucho y bien en términos

generales. Gustaba a la afición. Su sucesor es más esquivo parlamentariamente, se complace en parecerlo.

Parece inspirado en el lema de Gracián, quien recomendaba al héroe barroco «tener cifrada la voluntad».

El 2 de diciembre pasado le instaba yo en el Senado a que se definiese en materia de alianzas y le

reiteraba, desde mi modestia, la buena disposición de la oposición para que se configurase una posición

común, nacional, que constituyese una sólida posición negociadora de España en el momento de la

renovación del tratado con Estados Unidos. A nuestro eventual socio le podría, a la postre, convenir más

un texto duramente negociado, que tuviese la casi unanimidad de las Cámaras, que una relación casi

sigilosa con un Gobierno minoritario. No hemos tenido éxito, no ya la oposición, sino tampoco, pienso, el

pueblo español en este tema.

Prefieren ir solos que mal acompañados, arriesgados, para lograr la honra o cargar con un resultado que

posteriormente pudiere crear frustración en los mismos estamentos cuya voluntad supuesta se

alega para adoptar esta determinada opción. De lo que se trata en la doble operación tratado/accesión a la

OTAN es, nada menos, que de definir la posición general de España por mucho tiempo. Desde hace más

de dos años, el Gobierno habla de un debate. Primero se trataba de un debate nacional, luego se

transformó en mero debate parlamentario. Si tomamos como precedente los actos parlamentarios más

decisivos censura, confianza, investidura podría durar dos o tres sesiones. ¿Bastan tres días, con las

limitaciones a que constriñen los reglamentos de las Cámaras, para deducir la aprobación, interiorización

y asimilación por el pueblo soberano de tal tema?

No hay que poseer una posición intelectual y política decidida, en uno u otro sentido, para concluir que si

temas tan importantes como la aprobación de un proceso autonómico concreto exigen el referendum, ¿no

está justificada la consulta al electorado cuando se trata de una decisión de la que dependerá toda nuestra

política de defensa y la política exterior general, cual es la entrada en la OTAN? En este punto, el

Gobierno juega con la normal desinformación del ciudadano. Incluso deja decir que la Constitución

prohibe el referéndum en material de política exterior, cuando el articulo 87, a veces aludido, solamente

cualifica el empleo de la iniciativa popular en dichos temas, cosa bien diferente. El referéndum, si bien

consultivo, está inequívocamente consagrado en nuestro texto constitucional, en el articulo 92, para "las

iniciativas políticas de especial trascendencia". Ni en las Constituyentes, en ningún momento del proceso,

ni en los comentarios al texto —alguno redactado por ilustres miembros de UCD, se afirmó en ninguna

ocasión o lugar que del referéndum se excluían las cuestiones internacionales.

La diferente actitud

Respecto al tratado, el Gobierno de Estados Unidos presentará el texto a la aprobación (advise and

consent) del Senado. Pero antes informará del curso de las negociaciones. Desde los años sesenta, la

práctica se extiende asimismo a los acuerdos ejecutivos. La posición americana tendrá la fuerza que

representa estar respaldada por el legislativo. De parte española, se prefiere el sigilo, la sorpresa casi el

hecho consumado, no ya para el tratado, sino para éste y para la enviada en la OTAN.

La diferencia puede residir en que en América la democracia se entiende como un proceso de controles

continuo y fluido; no como el simple cumplimiento de unas normas procesales formales —incluso

arañándolas—; no como si la democracia se contuviese en el juego mecánico de las mayorías.

Decía un pensador español, deteniéndose en la prosa de un escritor, quien, otrora falangista, había optado

valientemente por la lucha democrática, que el estilo y el lenguaje cambiaban más lentamente que la

ideología. Está el Gobierno, en este tema de las alianzas, hablando con un alarmante acento de un tiempo

que pensábamos sobrepasado.

 

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