Autor: Calzada, Luis. 
   Diez años en el PCE     
 
 Diario 16.    02/01/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

Diez años en el PCE

La historia que Enrique Múgica jamás había contado (I)

Nunca hasta ahora había contado esta historia. En la memoria de Enrique Múgica se entrelazan los

recuerdos de aquella tarde de comienzos del 54 en que recibió la consigna de «poner en marcha una

organización comunista en la Universidad», con los de aquellos meses en la cárcel, casi diez años

después, en los que se desató contra él toda una lluvia de reproches: «Parece mentira... con lo que te

quiere Santiago... con lo que te quiere Federico...» Santiago... Federico... A ambos los distingue en aquel

amplio piso del número 171 de St.Germain des Prés en aquel invierno parisiense de mediados de los

cincuenta en que Carrillo le recibió con un «abrazo terrible» y le dio dinero para que comprara libros.

Nunca olvidará aquel «abrazo terrible» en presencia de un testigo mudo llamado Julián Grimau y

tampoco el rudo tirón de las solapas que una década más tarde le dará Javier Pradera, durante su viaje de

novios, llamándole «traidor». Enrique Múgica jamás había contado esta historia y el hacerlo ha

significado para él un pequeño pero necesario exorcismo personal.

Luis CALZADA

«Todo comenzó en 1952. Yo tenia veinte años y leí en el periódico "Unidad", de San Sebastián, un

llamamiento de Gabriel Celaya a cuantos se sintieran amigos de la poesía, con objeto de allegar fondos

para construir un panteón para Miguel Hernández. Reuní todos mis ahorros, que eran exactamente cinco

duros, y fui a llevárselos a Celaya a un desvencijado piso de la parte vieja que servía de sede a la Editorial

Norte. Cuando llegué Celaya estaba con un hombre joven, bien vestido y de aspecto agradable que

comentó a hacerme preguntas y dio muestras de interesarse por mí cuando empecé a hacer comentarios

contra el régimen de Franco...»

Hijo de un violinista donostiarra afiliado a Izquierda Republicana y a la UGT, y de una parisiense de

origen judío, las vivencias infantiles de Enrique Múgica habían sido vivencias tristes. Al comienzo de la

guerra civil él y su madre fueron evacuados a Burdeos en un barco repleto de mujeres y niños, no

regresando a San Sebastián sino cuando su padre ya había muerto.

«Federico»

Para un muchacho extravertido, soñador y vitalista como él, nada tan lógico como entrar en conexión con

los círculos intelectuales de San Sebastián, único reducto progresista de la primera posguerra. Su

plataforma de encuentro será el Circulo Cultural Guipuzcoano, a través del cual conocerá a su amigo del

alma, el fallecido autor de «Tiempo de silencio», Luis Martin Santos. Celaya era en aquel ambiente todo

un respetado punto de "referencia y para el joven Enrique resultaba poco menos que obligado acudir a su

llamada.

"Cuando ya había hablado bastante, Celaya me tomó el pelo, dictándome que tuviera cuidado, que a lo

mejor su amigo, el hombre de aspecto elegante, era franquista. Sólo entonces me lo presentó, diciéndome

escuetamente que se llamaba "Federico". Tendría que pasar mucho tiempo antes de que supiera que

acababa de conocer a Jorge Semprún, ya por aquel entonces destacado dirigente del PCE en el interior."

Poco después de aquel encuentro, Enrique Múgica empieza a recibir literatura comunista francesa. Le

llegan en concreto con regularidad las revistas «Les Lettres Françaises», que pilotaba Aragón; «La

Pensée», «Economie Politique» y «La Nouvelle Critique».

Javier Pradera

Fuertemente impregnado por estas ideas, pero sin adquirir aún ningún compromiso político, nuestro

hombre se traslada a Madrid en octubre del 53 para terminar la carrera de Derecho. Se instala en una

pensión próxima a San Bernardo y en seguida entra en relación con los núcleos estudiantiles más activos.

Dentro del bando falangista recuerda, por ejemplo, a quienes solían reunirse en el Hogar Guitarte, en el

patio de la Facultad: Fernando Elena, Francisco Iriagaray (actual corresponsal de Radio Nacional en

Moscú), Eduardo Navarro (ex vicesecretario general del Movimiento) etcétera.

Entre los monárquicos recuerda a Juan Garrigues y a Muñoz Salvadores, y entre aquellos más

progresistas con los que inmediatamente conectó al hoy juez Clemente Auger, a Ramón Tamames y a

Javier Pradera, habitual editorialista de «El País».

«Javier todavía tenía por aquel entonces parte de la mística del acercamiento entre el Movimiento y el

pueblo. Su tío era delegado de Prensa del Movimiento y él se mostraba muy activo en el Servido

Universitario de Trabajo.»

"Yo me sentía allí como un ser de otro planeta, porque había leído a Sartre, conocía el existencialismo y

tenia una mentalidad mucho más liberal que la media.» Quizá por eso con quien más intima es con

Ramón Tamames, que abiertamente se declara republicano y de izquierdas.

Juntos contemplan en enero del 54 los incidentes desatados en la Universidad a raíz del viaje de la reina

de Inglaterra a Gibraltar. El SEU organiza una manifestación ante la Embajada británica y la Policía la

reprime con dureza, cargando con caballos contra los estudiantes. Al día siguiente los periódicos

describen a los manifestantes como alocados agitadores y montones de papel impreso arden en la

Universidad al grito de ¡«Prensa libre!»

Varias Facultades se declaran en huelga. La Policía rodea la Universidad. Suenan tiros y un estudiante

resulta herido de bala. Como un reguero de pólvora corre entonces la consigna: "¡ Vamos al paraninfo!»

Múgica y Tamames forman parte del grupo que aguarda las explicaciones del rector. Pese a su fama de

progresista, Pedro Laín trata de disculpar a la Fuerza Pública y llega a advertir que no estoy dispuesto a

consentir esta convención tumultuaria». Enormes abucheos lo despiden.

«Trabajar en serio»

Al día siguiente Múgica queda citado con el crítico de cine Enrique Ducay, al que también ha conocido a

través de Celaya. El lugar de encuentro es el café Alcalá, en la plaza de Manuel Becerra, y ambos llegan a

la vez. Una tercera persona les está esperando.

A Múgica le llama la atención su elegante traje, rematado por un jersey con cuello de cisne, pero no lo

reconoce.

-- ¿No te acuerdas de mi? le pregunta.

—Pues, no.

-- Me llamo Federico y nos conocimos hace dos años en casa de Celaya.

Múgica apenas si tiene tiempo de reaccionar. Federico Sánchez, o si se prefiere Jorge Semprún, quiere

saber con pelos y señales todo lo que ha sucedido en el campus. Apenas ha concluido Enrique su relato,

Federico baja la voz y le anuncia con gran seguridad: "Ahora vamos a trabajar en serio... Vamos a montar

una organización comunista en la Universidad...»

MAÑANA, SEGUNDA PARTE:

Con Carrillo y Grimau en París

 

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