Autor: Solana, Luis . 
   ¿Hay que pactar con las Fuerzas Armadas?     
 
 Diario 16.    14/08/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

LUIS SOLANA

Diputado del PSOE

¿Hay que pactar con las Fuerzas Armadas?

El portavoz socialista de la Comisión de Defensa del Congreso pregunta en este artículo si hay que pactar

con las Fuerzas Armadas. Tras asegurar que en democracia y libertad hay que pactar con todos y con todo

pone sólo una barrera: no con el delito y a costa de la disciplina.

Emilio Romero es un periodista del que se podrán decir muchas cosas, excepto que no olfatee

determinados sectores sociales con capacidad de perdiguero de Burgos. Quiero decir que los olfatea y

sabe explicar de qué va el origen del tufillo. No entro en la personalidad del sabueso, porque nada tiene

que ver con lo que viene a continuación ni me interesa en este momento. Es cuestión y problema para el

cazador, no de quien se coloca en posición de muestra.

Emilio Romero lleva una temporada repitiendo que es preciso —quizá cara al juicio del 23F pactar con

las Fuerzas Armadas. El tema es de tal importancia y tan sugerente que no me importa intentar tocar

también la colmena. ¿Tiene sentido o no que la democracia española pacte con las Fuerzas Armadas aquí

y ahora? ¿Qué es lo que habría que pactar con las Fuerzas Armadas? Vamos a revisar las aristas de

semejante poliedro cortante.

Libertad

Las Fuerzas Armadas constituyen una parte del funcionariado con un encargo concreto y de altos vuelos

definido por la Constitución, y no son en principio uno de los poderes clásicos. Pero la realidad española

dice que hay un Ejecutivo que dubita, un sobrecargado judicial, un incomprendido legislativo, un eficaz

cuarto poder y un quinto nebuloso: las Fuer zas Armadas, ¿Que esto no viene en los manuales de Derecho

Político? Puede ser. Pero viene en los de Historia y en los de Sociología, por ejemplo. Hay quien ha

llegado a decir supongo que en broma que Leopoldo Calvo Sotelo envía los textos legales a tres

Cámaras: Congreso, Senado y Junta de Jefes de Estado Mayor. Por supuesto que no me lo creo.

El tema es serio porque quien tiene la fuerza final por cesión de la comunidad nacional puede gritar cada

mañana «¡Todos al suelo!» y reinventar la violencia como solución. No es nuevo, a pesar que los países

civilizados descubren en su historia que la violencia termina por no tener más salida que la muerte, Las

cosas son también así en una España que por fin ha confirmado que libertad es palabra equivalente a vida,

porque todos los que no aman la libertad han disparado ya desde todos los ángulos y posiciones. No hay

duda de lo que nos estamos jugando y con quienes.

La realidad es que la democracia y ¡a libertad tienen un alto componente de pacto y transacción. Quien en

democracia piense que puede «barrer» se ha equivocado de sistema, ya que en el equilibrio de las fuerzas

está la entraña de la libertad.

España es ahora un buen ejemplo de pactos y acuerdos sociales, económicos, políticos, sindicales... Todo

se pacta. (Por cierto que, a veces, hay quien se escandaliza al grito de ¡contubernio!, ¡contubernio! por no

tener ni idea de vivir en libertad). Otro tema son las formas de los pactos, pero eso no desvirtúa la esencia.

Pactan los sindicatos con los patronos, pacta el poder con la oposición, habrá que pactar la reforma

administrativa entre el Gobierno y los funcionarios y un etcétera largo y extenso en un país sin construir

desde la convivencia. ¿Y con las Fuerzas Armadas? Pues no hay por qué llevarse las manos a la cabeza,

también hay que pactar. Pactó Suárez (dicen que hubo engaño), está pactando Calvo Sotelo y tendrá que

hacerlo González. Y eso no es cesión de poderes, sino reconocimiento de poderes y se práctica por mucho

que se diga en Inglaterra, en EE.UU. o en la U.R.S.S., por citar ejemplos disparatadamente dispares.

Interpretación

El problema es que pactar con las Fuerzas Armadas en España puede ser mal interpretado por unos y por

otros. Todavía hay quien duda que el cañón y el «Boletín Oficial del Estado» sean fuerzas equilibradas

en estos momentos. Un conocido teniente coronel, por ejemplo, decía el otro día que había que tener

cuidado con que la prensa irritase a las Fuerzas Armadas durante el proceso del 23F. Estaba poniendo el

cañón demasiado a la vista: se equivocaba. Aquí hay presuntos rebeldes, presuntos sublevados, presuntos

delincuentes, presuntos lo que sea que tienen que ser juzgados con los textos legales en la mano. Todo se

puede pactar con las Fuerzas Armadas excepto una cosa: la disciplina. Cuando eso se ponga sobre el

tapete, avíseme el señor Romero, porque estaremos a punto de volver al siglo XIX y, sinceramente, me

gusta más el XX.

Se han roto juramentos y fidelidades, se han partido en pedazos y a tiros las escayolas (tan débiles, claro)

del edificio indefenso de la convivencia y el diálogo libre, se han vuelto las armas contra los que las han

entregado. Insisto, que la justicia diga lo que estime conveniente, pero pactos ahí no, o se terminó el

invento (no crean que estoy hablando de la democracia, hablo de las Fuerzas Armadas).

Disciplina

Se puede y se deben pactar las reformas, los cambios que afecten a un colectivo sensibilizado por un

pasado perdido y por un presente que no acaba de entender. Lo acepto. Pero el Gobierno o el partido que

pacte o juegue con la disciplina está destrozando la entraña del sistema militar. Constitución, Reales

Ordenanzas, Código de Justicia Militar tienen que cumplir se por el bien de las propias Fuerzas Armadas.

De lo demás hablamos cuando sea y de la forma que estudiemos sea posible y eficaz.

Acordemos la prudencia en la calle, en la tribuna y en la pluma (en todas, por cierto), pero no el castigo

justo a quien pudo cerrar tráficos y callar voces. El pacto, pues, con éste como con cualquier colectivo es

necesario, conveniente y oportuno, pero no con el delito ni a costa de la disciplina. Cuidado con las

confusiones coladas de rondón y de matute. Generosidad y comprensión por el bien de una España en paz

y libertad, toda; cambalache temeroso a costa de la injusticia y de la indisciplina, que no se pida a nadie,

porque sería tanto como dormir drogado una noche a cambio de vivir ya siempre entre pesadillas.

Diario 16

14 de agosto de 1981

 

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