Autor: Reflexiones socialistas (grupo de opinión). 
   ¿Crisis de Gobierno o del régimen?     
 
 Diario 16.    21/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

«REFLEXIONES SOCIALISTAS»

Colectivo formado por Manuel Turrión, Manuel Abejón, Federico Fernández y José Manuel Morán,

militantes del PSOE.

¿Crisis de Gobierno o del régimen?

Este coletivo, desde posiciones críticas dentro del PSOE, analizan la actual situación política, producida

con la dimisión de Suárez y la nominación de Calvo-Sotelo. La política que consideran necesaria para

salir de la crisis «no será estrictamente socialista, pero será una solución patriótica».

Cuando el país todavía no se ha recuperado de la sorpresa que le produjo la dimisión del señor Suárez,

seguimos sin saber qué causas le movieron a ello, ni qué papel jugaron, y quizá sigan jugando en la difícil

conclusión de la crisis, algunas fuerzas que, aunque todos los indicios apuntan a que no actuaron

directamente en esta ocasión, nadie duda que existen, actúan y seguirán actuando, y condicionan al

normal desenvolvimiento de nuestra joven y frágil democracia.

Conociendo al señor Suárez, hay que descartar que la consciencia de su propia incapacidad para resolver

los problemas de gobierno, las tensiones de un partido de «notables», o la precaria mayoría parlamentaria

de que disfrutaba, le hayan llevado a la dimisión, ya que dichas circunstancias ni eran nuevas, ni más

preocupantes o manifiestas que en otras épocas. Con seguridad, amén de las causas por todos apuntadas, y

que hacen referencia a lo que ha dado en llamarse «poderes fácticos», que, además, hubo una vulgar

estratagema para salvar «los restos del naufragio», atajando que se hiciera ineludible «borbonearle» como

a Arias y tratando, a la vez, de capitalizar gesto tan «patriótico y desinteresado» para la campaña electoral

que, según algunos, ya ha comenzado.

El «tapado»

Pero si parece ocioso preguntarse por los poderes que «echaron» a don Adolfo, no lo es tanto, sin

embargo, hacerlo por el papel que están jugando estas fuerzas en el desarrollo de los últimos

acontecimientos y que parece como si pretendieran intercalar nuevos obstáculos entre los deseos de un

pueblo que quiere resolver los graves problemas que le atenazan.

No nos importa, pues, analizar si la mentada dimisión fue «aconsejada» por obispos o banqueros, ni si son

esos mismos los que apoyarán, en su momento, a Calvo-Sotelo. Lo que nos preocupa es que, por más

espectacular que haya sido el relevo, poco se puede esperar de un hombre que como vicepresidente

económico nada hizo por resolver los problemas de los trabajadores y que, a la postre, confirmaré que lo

que no hiciese entonces, tampoco lo hará ahora desde la presidencia del Consejo.

El cambio no parece, en definitiva, orientado a sacar al país de la crisis y sí a consolidar unos privilegios

que se afianzaron en las últimas décadas y que pudieran verse levemente erosionados con la frágil vida

democrática que se nos permite.

Las beligerancias

Es obvio que la tragedia del paro —que hasta Aguirre Gonzalo reconoce ya como problema prioritario—,

la inflación y estancamiento económicos, la carencia de equipamientos sociales, la ineficacia de la

Administración Pública, los continuos atentados a derechos y libertades, la inseguridad personal de toda

índole, el comportamiento, presumiblemente delictivo, de algunos sectores de los aparatos del Estado, la

beligerancia de una Iglesia que no está dispuesta a ceder un ápice en sus privilegios medievales y, en

definitiva, el desinterés de los que detentan el poder político y económico en la democratización del

Estado y la sociedad civil, ni son los objetivos reales, buenas intenciones y palabras aparte, del programa

de don Leopoldo, ni puede configurarse en que se superen con la acción de gobierno que se va a seguir.

Sus verdaderos cometidos van a ser muy otros y atenderán, con la ceguera histórica de que siempre hizo

gala la derecha, a contentar a los que se siguen sintiendo dueños del país, sin reparar en lo inviable y

suicida que puede resultar, aquí y ahora, tal proceder.

Por ello, si se es consciente que aquí la crisis mundial se ve agravada por factores históricos y

estructurales, además de condicionamientos específicos y exteriores, a los que hay que añadir la impericia

demostrada por los que van a seguir gobernando, habrá que hacerse a la idea de que la salida de la crisis

sólo se logrará si se instrumenta una política firme, decidida y enérgica, capaz de atajar los problemas en

su raíz, y que siente las bases para que el pala no se hunda cada vez más.

Bajo nivel de lucha

Es evidente, por otro lado, que con la actual correlación de fuerzas político-sociales, estimable a través de

las consultas electorales, el bajo nivel de las luchas sociales, la falta de pujanza de las organizaciones

obreras, la complejidad de las circunstancias en que estamos y el propio contexto internacional, es difícil

proponer, como sería nuestro deseo, una política meridianamente socialista.

Pero no es menos cierta la esterilidad de una táctica pretendidamente socialdemócrata y realmente

claudicante, con la que ni se superarían los problemas, ni se entusiasma a los trabajadores ni, tan siquiera,

se convence, a pesar de que a veces parezca que ese es el único objetivo, a los Ferrer Salat y compañía.

Y esta política no es otra que aquella que cree empleos, institucionalice y concluya convenientemente el

Estado de las autonomías, modernice y democratice la maquinaria del Estado, mantenga la independencia

del poder civil frente a las presiones de sacristía, eleve el tono social y cultural de la sociedad, propugne

la solidaridad, responsabilidad y participación de los ciudadanos, exija la austeridad y sacrificios

imprescindibles, salvaguarde la independencia nacional, e introduzca aquellos factores de cambio que

vayan ensanchando el poder de los más frente a los de siempre. No será una política estrictamente

socialista, pero será una solución patriótica, innovadora y progresista al servicio de los que más lo

necesitan.

Lo delicado del momento y la gravedad del futuro, si por desacierto se precipitan y adelantan los

acontecimientos, deben hacer reflexionar al candidato a presidente sobre su responsabilidad histórica,

azuzándole para que deponga los particulares intereses que representa en aras de una política al servicio

de España, y que la oposición tiene la obligación de exigirle y complementar.

 

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