Autor: Reflexiones socialistas (grupo de opinión). 
   El legado republicano     
 
 Diario 16.    14/04/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

«REFLEXIONES SOCIALISTAS»

Manuel Turrión, Manuel Abejón y José Manuel Morán

El legado republicano

«Son más bien los valores de la democracia y de la libertad, de la reconciliación entre los españoles, de la

convivencia tolerante, de la solidaridad y responsabilidad de la ciudadanía, el legado y lección de la

Segunda República.»

En 1931, los últimos impulsos de la restauración canoyista hacía tiempo que se habían extinguido. La

farsa pseudodemocrática del turno de los partidos dinásticos, los errores de la política militar de

Marruecos —tan enérgicamente denunciados por los socialistas de la época, la arcaizante alianza entre el

Trono y el Altar, el apoyo del Estado a un capitalismo débil, ineficaz y dependiente de poderes foráneos,

eran los rasgos más relevantes de lo que Ortega llamase la «España oficial», incapaz de enfrentarse con

una «España real» representada por un pujante movimiento obrero, el auge de las ideologías liberal y

socialista y la briosa actividad de una intelectualidad a la altura europea. Tampoco la dictadura

primorriverista fue capaz de apuntalar un régimen en ruinas desde hacía tiempo. El «delenda est

monarchia» orteguiano fue algo mes que una brillante exclamación intelectual; era el grito desgarrado

que, desde la entraña de España, exigía como única salvación posible un cambio radical de las estructuras

políticas que posibilitara el remedio de los males nacionales. Era preciso, pues, acabar con un reinado

donde el propio rey había hecho caso omiso de la legalidad establecida y abordar sin demora la creación

de un poderoso instrumento para el cambio de la sociedad española. Y así lo entendió el pueblo español

cuando eligió en las urnas la democracia republicana.

La República significó la culminación de más de un siglo de intentos de modernización social y política,

de anhelos de secularización de la vida colectiva, de afanes por democratizar el Estado, de apertura a la

cultura europea, de conquista del poder por las capas más progresistas e innovadoras de la burguesía, de

su descentralización y, en fin, de la posibilidad de que la clase obrera organizada se integrara, como en el

resto de los países europeos, en la toma de decisiones políticas.

A este último respecto es de señalar que es gracias a la posición del PSOE y de la UGT —cuya fuerza era

decisiva por la masiva afiliación y entusiasmo militante de la clase trabajadora, más que por el activismo

político de los republicanos históricos o de los monárquicos desengañados, por la que se consuma el

triunfo del 14 de abril.

El significado

Quede, pues, constancia clara que el 14 de abril de 1931 no resulta una fecha gloriosa porque en ella se

produjera el tránsito, por otra parte pacífico y festivo, de una forma de Gobierno a otra, sino porque

representa una mutación profunda de valores en la vida española. Valores que serían conculcados durante

el bienio negro, combatidos en los campos de batalla durante la guerra civil y perseguidos cruelmente

luego durante casi cuatro décadas.

Aquel interés de considerar la enseñanza como tema prioritario, aquellos valores de libertad, tolerancia,

europeización de nuestra sociedad civil y democratización y puesta al día de nuestro Estado, no pudieron

ser acompañados por los cambios sociales y económicos profundos que para la viabilidad de todo el

proyecto eran ineludibles. Y ello, por la resistencia feroz de la clase dominante, alentada por la

solidaridad que le brindaron la Iglesia oficial y una parte del Ejército, la crisis económica internacional, el

agitado contexto político mundial y, por qué no confesarlo, también por los errores, insuficiencias y

equivocaciones tácticas de las fuerzas democráticas y republicanas. En particular la composición

interclasista de dichas fuerzas, con un apoyo de masas obreras y campesinas decisivo, pero con una

acción de Gobierno orientada por una ideología idealista, demasiado afanada en cambiar el sistema

político y menos en abordar simultáneamente transformaciones socioeconómicas, explica, aunque no

justifica, que los cambios legales, culturales y políticos quedaran sin el soporte social adecuado.

¿Qué queda hoy de la herencia republicana? Quedan aunque sólo sea en la memoria— los intentos de

modernización política de Azaña, el desarrollo de la cultura, la transformación educativa, la legislación

social de Largo Caballero, las obras públicas de Prieto, etcétera. Por otra parte, seria caer en la nostalgia y

en la inoperancia política rememorar tan sólo los símbolos heroicos; la bandera tricolor y el himno de

Riego, a cuyo conjuro cientos de miles de españoles murieron en las trincheras y en los paredones de

ejecución, no tienen más valor que el del recuerdo emocionado de aquellos que con honor supieron

luchar, perdiendo en España y ganando en Europa, por la libertad y la democracia. Ni siquiera la forma

republicana de Gobierno, con lo que tiene de racional, de progresista y democrática, es la esencia última

de aquella herencia. Son, más bien, los valores de la democracia y de la libertad, de la reconciliación entre

todos los españoles, de la convivencia tolerante, de la solidaridad y responsabilidad de la ciudadanía, el

legado y lección de la Segunda República. Lo que importa son dichos valores, lo que no importa es la

forma de Gobierno que los asuma; y es así como creemos que lo entendieron todos los que combatieron

contra el fascismo en este medio siglo.

Una última palabra nos gustaría decir como socialistas. Y es que, durante buena parte de su historia, el

PSOE se mostró indiferente (más que accidentalista) acerca de las formas de Gobierno. Su propósito era

cambiar por la acción política y por la presión social la propia estructura de la sociedad. Hubo un

momento en que los acontecimientos históricos le hicieron combatir, para defender las libertades y la

supervivencia misma de España, por la forma de Gobierno republicana (que, dicho sea honestamente, se

presenta en teoría como la más compatible con su proyecto histórico).

Después, durante el franquismo, el socialismo español, sin abandonar su republicanismo ni minimizar sus

programas, postuló siempre la necesidad de que un Gobierno provisional sometiese al pueblo la cuestión

de la forma de Gobierno. Los acontecimientos posteriores (XXVII Congreso, del PSOE, debate

constitucional y referéndum de aprobación de la Constitución y silencio de los Congresos XXVIII y

Extraordinario sobre el teme de la forma de Gobierno) y, sobre todo, la asunción por el régimen político

vigente de los ideales democráticos y modernizadores, que en su dia fueron patrimonio del

republicanismo y que el socialismo siempre estimó como imprescindibles para su existencia y la eficacia

de su acción, hacen que, como en otros países europeos, en la España actual el Partido Socialista pueda

llevar a cabo lealmente su proyecto de cambio social en el marco de la Constitución.

 

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