Autor: Múgica Herzog, Enrique . 
   El partido y otros entes     
 
 Diario 16.    13/06/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

Diario16 / 13-Junio-81 OPINIÓN

ENRIQUE MUGICA HERZOG

Secretario de Relaciones Políticas del PSOE

El partido y otros entes

Múgica defiende la subsistencia de los partidos frente a otros entes políticos o parapolíticos y

especialmente en su participación en la vida municipal, a propósito del acceso al poder del nuevo primer

ministro francés, «el socialista Pierre Mauroy, que hace unos días regresó al Ayuntamiento de Lille, del

que ha sido alcalde durante diez años».

La administración de una ciudad si se lleva con sagacidad, dedicación y sentido integrador como lo ha

hecho Mauroy —y como lo están haciendo numerosos alcaldes socialistas que afortunadamente hay en

España— permite conocer el pulso concreto, las cotidianas preocupaciones, las esperanzas ciertas de los

ciudadanos; ofrece la posibilidad de atender, adecuadamente, las demandas sociales extrapolando de las

cuestiones pormenorizadas referencias generales; y, por último, suministra a las direcciones de las

grandes organizaciones políticas las bases de la reflexión en profundidad que deben realizar para atender,

resolutivamente, a las necesidades populares.

Cuando los electos para la gestión municipal y provincial se cuentan por millares y los partidos a los que

pertenecen poseen la porosidad en la comunicación, suscitada por su democracia interna, la fluidez de los

datos que llegan a las ejecutivas centrales da pie a que éstas asuman decisiones razonables y

sugestivamente compartidas.

En contraste, cuando los planteamientos organizativos surgen en lugares convencionales, elaborados por

nombres en los que la insoslayable función teórica prima, importantemente, sobre los convenientes

pragmatismos, se puede producir impermeabilidad ante la realidad social por carencia de canales

informativos.

La Platajunta

En el periodo cercano en el tiempo pero ya tan lejos en la costumbre, que precedió a las primeras

elecciones, los datos y la actividad de la Platajunta resultan aleccionadores al considerar cuáles

fueron las organizaciones que enraizadas en honda sensibilidad popular supieron traducirla en

multitudinarias y responsables adhesiones, y cuales las que descompusieron su ánimo vocinglero en

desfallecimiento residual.

El primer ministro francés en su visita a Lille dirigiéndose a los radicales de izquierda, los cuales

invariablemente tratan de compensar su poca entidad con la ambición de proponer síntesis, les dijo:

«Es falso fabricar la política artificialmente. Son los electores quienes atribuyen el peso a los

partidos.»

Entonces los socialistas españoles vivíamos con nuestros compañeros franceses aquellos

momentos difíciles porque sabíamos de ellos, como ahora, vivimos la reciedumbre del gran partido

que, renovadamente, han forjado, porque también lo tenemos aquí y ahora. Y es que el socialismo

democrático —tan alejado de ese torpe, engreído y brutal de la «Nomenklatura»— es la sal de la

tierra, consiguiendo la complacencia de una existencia en plenitud, y, en cualquier caso, incitando al

gusto de la salud cuando aquélla se debilita en crisis.

Los partidos

No cabe duda de que nos encontramos sumergidos en esta, mas tampoco hemos de olvidar que cuando

aún no había sobrevenido en su dimensión presente, cuando las lamentables secuelas dejadas por la

dictadura no habían incidido en la pesadumbre que permite a quienes fueron sus aprovechadores suscitar

hirientes involuciones, hubo un periodo para la clara meditación y el equilibrado quehacer.

En él, desinteresada y convincentemente, elaboramos la Constitución que el pueblo refrendó, la cual en su

título preliminar o parte principal manifiesta: «Los partidos políticos expresan el pluralismo, concurren a

la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación

política.»

Las multitudinarias presencias del 27 de febrero y del 8 de mayo constituyen fecundo signo diferenciador

no solamente de las aspiraciones democráticas sino de la ejemplaridad con que los partidos las sirven.

Hay que salir de las urbes, peregrinar por los pueblos y las pequeñas ciudades, recorrer la austera

geografía rural, empaparse del color de los campos, contemplar el rotundo perfil de la chimenea fabril y

del tractor, para comprender que las disquisiciones de tertulia y los arbitrismos sofisticados no cuajan en

el ámbito difí cil que reclama, imperativa mente, soluciones.

En las últimas semanas he tenido la suerte de convivir en Casas del Pueblo andaluzas con los hombres

de talante serio que trabajan la espera para trocarla en esperanza. Casas del Pueblo de Rus y Begijar

en Jaén, de Fuentevaqueros —manantial donde Federico García Lorca hizo brotar su atormentado fin y

su glorioso destino—, en Granada; espacios ahondados en medio del arracimado y blanco caserío

donde se forja el quehacer socialista en simbiosis de rebeldía y responsabilidad, de contenida tensión y

fecunda serenidad.

Los militantes saben la importancia del partido, cómo se ha forjado en instrumento de sus anhelos, en

recipendiario reconfortador de sus ansiedades.

Plataformas

Estoy convencido de que esas plataformas que algunas clientelas madrileñas quisieran fundar no van en

absoluto contra lo que los partidos representan, que no han de mermarlos, y mucho menos suplantarlos.

Por supuesto no hemos de temerlas puesto que pudieran contribuir, desinteresadamente, a estimular el

debate cultural. Lo único que me preocupa es la utilización que consigan hacer de su aparición los eternos

antagonistas de la libertad. Aquellos que difundan la idea de que nacen porque los partidos no sirven;

aquellos que perpetuamente entonan un irrisorio miserere ante lo que siempre vivirá, la organización

política, porque su existencia es consustancial con la historia de la libertad misma.

 

< Volver