Autor: Múgica Herzog, Enrique . 
   Iglesia y democracia     
 
 Diario 16.    26/05/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

ENRIQUE MUGICA HERZOG

Secretario de Relaciones Políticas del PSOE

Iglesia y democracia

«Los tiempos van cambiando y los torpes residuos del nacionalcatolicismo ya no encuentran acomodo

para sus desvencijados sueños de Cruzada.»

Lo de más papistas que el Papa viene de tejos. Incluso, alguno de nuestros tribales apostólicos prefieren la

herejía si la creencia puede llegar a perjudicar sus catolicísimas tripas. Así, durante el bienio negro de la

II República a don Manuel Jiménez Fernández, cuando quiso poner algún freno al desvergonzado

malaprovechamiento del latifundio, bajo cita de encíclicas, le salió respondón un diputado integrista

prefiriendo la proclividad carismática a la ejemplificadora obediencia.

Todavía resuenan en nuestros oídos los gritos del «Tarancón al paredón» con que beatos

desmesurados obsequiaban al cardenal madrileño, mientras el arzobispo don Gabino Díaz Merchán,

nuevo presidente de la Conferencia Episcopal, se encuentra con la grotesca hostilidad de los panfletos

ultras. A Dostoievski se le ocurrió hacer descender a la tierra a Cristo para enfrentarlo en Sevilla al gran

inquisidor. Naturalmente recibió nuevo tormento antes de ascender al lugar del que nunca debiera

haber bajado.

Más los tiempos van cambiando y los torpes residuos del nacionalcatolicismo ya no encuentran

acomodo para sus desvencijados sueños de Cruzada. Solamente hallan buena disposición en ciertas

sotanas tridentinas, en el límite de la jubilación ritual —pues la teológica e intelectual hace años la

dejaron atrás—, y en contados prelados dominados por el resentimiento, la adulación de sus íntimos o el

visionarismo intemporal.

Una expresión de la fortaleza democrática actual, fundamentada en convergencias hondas, capaces no

sólo de afrontar sino de humillar la frustración que los frustrados alimentan, deriva de comparar el

panorama eclesial presente con el que existía en la época anterior a la guerra civil, y el que le siguió en

prolongación dogmática y lacerante.

Entonces la famosa Carta Colectiva con las excepciones de Mateo Múgica, obispo de Vitoria, y Vidal y

Barraquer, arzobispo de Tarragona, animaban las «detentes» de los nuevos cruzados mientras

consideraba, despiadadamente, a quienes se vieron forzados a defender con indeseada dureza su derecho a

la felicidad. El imperio de Cristo Rey —que recientemente continuaba siendo en arbolado por lunáticos y

feroces guerrilleros— sometía a los unos por la piedad, a los otros mediante la amenaza.

Ley del Talión

Afortunadamente las circunstancias han cambiado y solamente los anclados en amedrentadoras nostalgias

persisten en reincentivarlas. Por esto, no es extraño que quemen como viruta lo antes enaltecido como

incienso, rechazando los para ellos turbios despropósitos contenidos en la reciente comunicación de la

Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal.

Si los prelados tachan de abominables los delitos terroristas, muestran también su preocupación por

«reacciones de venganza inmediata respondiendo a los terroristas con la ley del tallón, en tanto que

algunos abogan por la abolición drástica del sistema de libertades que garantiza la Constitución». Hace

unos días escuché a un sacerdote que por su atuendo tradicional parecía brotar de una iconografía

arcaizante, justificar la pena capital no por decisión de persona, sino por imperativo de Estado. Es bueno

que los agnósticos subrayemos la reiteración por los obispos del «no matarás» como universal ético

proclamado en todos los supuestos, en que la barbarie antigua ha de ser superada.

Recuerdo que en mi primera juventud, en San Sebastián, leyendo las publicaciones que procedían de la

vecina y, entonces, tan lejana Francia me sorprendía leyendo en «Esprit» —la sabrosa revista cristiana

fundada por la vocación profética y liberadora de Emmanuel Mounier—, cumplidas y asombrosas

referencias a la Iglesia de Francia. Eran los tiempos de los sacerdotes obreros, de Francia, país de misión,

mientras aquí estábamos todavía en aquellas misiones predicadas por curas vocingleros e ignaros que

parecían sacados de sarcásticas páginas barojianas.

Pues bien, si no se desandan los nuevos y prometedores caminos podremos también hablar, hic et nunc,

de la Iglesia de España.

 

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