Autor: Morán López, Fernando. 
   El mundo en los años ochenta     
 
 Diario 16.    13/12/1979.  Página: vi-vii. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

El mundo en los años ochenta

Fernando Morán (*)

El mundo siempre ha sido, como el titulo de la gran novela de Ciro Alegría, ancho y ajeno. En los ochenta

lo va a ser un poco más, para los occidentales, quiero decir. Desde los sesenta, con la descolonización, se

fue viniendo abajo el supuesto del eurocentrismo: se fue descubriendo la pluralidad de culturas y los

pueblos excluidos fueron reivindicando la consecuencia de este pluralismo; primero, políticamente —

independencias, no alineación—, luego, económicamente nuevo orden económico internacional—. Pero

hasta hace muy poco seguían imperando en los análisis los instrumentos y preconceptos eurocéntricos.

Desde la gran revolución iraní y el papel reivindicador del Islam ya no es posible. El primer cambio —a

él volveremos— es lo que podría depominarse mutación en los instrumentos de análisis. El mundo es, en

verdad, muy ancho y muy variado. Lo es también en términos de poder. La bipolaridad nunca lo ha sido

verdaderamente. Pero era un eje referencial para casi todas las situaciones que se pudiesen plantear. Lo es

cada vez en menor medida.

El mundo será en los ochenta un lugar bastante peligroso en el que hemos de vivir. A causa de los

peligros, siempre existentes, de rupturas de los equilibrios de poder entre los bloques. Pero también —y

aun presentando mayor riesgo— por la crisis económica y por la crisis de modelos. No existen modelos

de organización política, de sociedad, ni siquiera de prejuicios que tengan una vigencia que se aproxime a

lo universal. Esto viene siendo así desde la crisis del liberalismo del europeo, del tiempo, para

entendernos, de Thomas Mann. Pero los modelos quo se alzaron frente a esta crisis, el socialista y el

fascista, han sido, el primero debelado y el segundo colocado en la necesidad de una

profunda renovación intelectual.

A pesar de su corta vida, las pretensiones de la descolonización, lo que podría denominarse ideología

modernizante tercermundista, ha ido demostrando su dificultad para motivar políticas concretas que

permitan el desarrollo y que, a la vez, respeten los valores autóctonos.

Frente a tanto cambio y tantos saldos de insuficiencias, las inercias. La inercia de seguir pensando las

superpotencias en términos globales, cuando su poder efectivo no es universal; la inercia de la definición

ideológica frente al antiguo adversario comunista o capitalista; la inercia de pensar en términos de

desarrollo sobre la base de la existencia de recursos infinitos —a pesar de las serías advertencias de los

informes del Club de Roma y la carta de Sicco Monsholt; la tremenda inercia de las Iglesias establecidas

respecto a las manifestaciones de necesidad de religiosidad creadora; más que inercia en este caso, una

reacción defensiva que si no conduce al integrismo, lleva a un cerrar filas desde el dogma y la disciplina.

Estas inercias han caracterizado estos años, y probablemente seguirán operando y en algunos puntos,

incrementándose en los primeros años de los ochenta. Hacia mediados o finales de la década, sin

embargo, tendré que terminar la actitud defensiva y excluyente frente a los nuevos factores y los países y

minorías hasta ahora rectores capitalistas y comunistas tendrán que encontrar una lectura de sus intereses

adaptada a la nueva realidad.

La crisis

La admisión de una realidad está siempre retrasado respecto al momento en que ésta aparece. El mundo

de 1971 a 1977 ó 1978 se ha considerado seguro, cuando los factores de crisis ya se habían desarrollado.

En nuestro caso concreto, la consideración por parte de los occidentales —en especial de los Estados

Unidos— de la situación como segura y controlable ha permitido nuestro ensayo de reconstrucción

democrática en la forma de la amalgama reforma-ruptura.

La distensión comenzada decididamente ´ en la entrevista de Vladivostock en 1974, el comienzo de las

SALTI, la construcción europea, la liberación de la pesadilla indochina para América, la nueva paridad en

el Próximo Oriente desde fines de la guerra de Yom Kippur, el equilibrio a la U.R.S.S. por China y el fin

del proceso de guerrillas en Latinoamérica, coincidieron en hacer recobrar a la potencia hegemónico

occidental su confianza. Ni siquiera el tremendo episodio del Watergate y el desprestigio de la institución

esencial, la Presidencia, sumieron en pesimismo, ni en desconfianza respecto a su papel mundial. La

U.R.S.S. por su parte, tras la aceleración de la desestalinización en los cincuenta y tras reforzar

brutalmente la cohesión de su zona en Checoslovaquia en 1968, sigue una actitud de inercia, conforme a

una dirección política de tecnócratas de elevada edad. Solamente en lo militar, la U.R.S.S., desde fines de

los sesenta, tiene una politice activa, preparando una nueva paridad militar.

A fines de los sesenta, Occidente llevaba tres décadas de aplicación, en resumen exitosa, de las técnicas

keynesianas de corrección del ciclo. Estaban en voga, por otra parte, las recetas monetarias de la escuela

de Chicago. El pensamiento económico se asentaba en el desarrollismos extendido a otras áreas por los

técnicos de Naciones Unidas, por ejemplo a Latinoamérica por la escuela de la CEPAL.

El sistema se basaba en: a) una influencia muy limitada de los países periféricos en la configuración del

orden económico mundial; b) el mantenimiento de la relación real de intercambio en favor, decisiva e

inapelablemente, de los industrializados: c) en un sistema monetario casi único o, en todo caso,

preponderante, basado, desde los acuerdos de Bretton Woods de 1944, en la admisibilidad del dolor y en

su convertibilidad en oro; d) en la dependencia del capitalismo periférico respecto al capitalismo central.

No es momento ahora de analizar cómo cada uno de estos supuestos se ha desintegrado. La influencia

limitada pese a los movimientos políticos de no alineamiento— se ha de transformar en una

multiplicación de los centros de poder y, sobre todo, en la constatación de la incapacidad de los

supergrandes de controlar — e incluso de entender los procesos ajenos con sus instrumentos de

dominación y análisis. La relación real de intercambio continúa operado desfavorablemente para dos

tercios de la humanidad; pero, en ciertos productos, como el petróleo, está llegando al punto de

compensar la desigualdad general.

Desde la segunda devaluación del dólar de 1973, la caída es una tendencia, que se aminora desde hace

unas semanas. El dólar ha perdido desde 1973 a 1979 un 50 por 100 de su valor respecto al marco

alemán y un 45 por 100 respecto al yen. Como consecuencia, la tendencia es al fraccionamiento del

sistema monetario y financiero en varios sistemas y una tendencia general al proteccionismo. La periferia

va comprobando la imposibilidad de desarrollarse mediante la adopción del modelo central. La

imitación consumista agota el excedente que produce la innovación tecnológica importada. Las

oligarquías periféricas el ejemplo es claro en el Cono Sur no encuentran seguridad en el sistema

y reaccionan defensivamente ante las expectativas del pueblo en una involución política. Los mismos

esquemas integracionistas europeos se basaban en supuestos expansionistas. Inevitablemente se

orientan, también, hacia la protección.

La nueva lectura del equilibrio de poder

La conciencia y la alarma ante la crisis produce hacia 1978 una reconversión de las lecturas del equilibrio

de poder. Los Estados Unidos, y a través de ellos de Occidente, pensaron desde los años cincuenta en la

U.R.S.S. como en una superpotencia.

Importa menos que los planificadores tuvieren idea mas exacta. La imagen proyectada y aceptada era la

de una potencia con responsabilidades y capacidades rectoras. De hecho, la U.R.S.S. tuvo que aceptar su

papel mundial, por su enfrentamiento con una verdadera superpotencia, antes de que tuviese influencia

general. Su visión es siempre psicológicamente defensiva. Consciente de sus debilidades tecnológicas y

económicas y de la necesidad de una tremenda presión política para mantener la cohesión del complejo de

Europa oriental, donde el comunismo había llegado súbitamente e impuesto desde fuera y donde las

nacionalidades tienden a la dispersión. De ahí el carácter agresivo de muchas de sus formulaciones

externas.

Pero en estas circunstancias desde fines de los sesenta se produce un avance sustancial del aparato

estratégico soviético ICBM y armas de teatro y medias como los SS20 y los Backlire y un incremento

considerable de su capacidad nuclear. La nueva paridad —superioridad de teatro, compensadas por el

mayor número de cabezas nucleares y medios tecnológicos americanos— permito a la U.R.S.S.

intervenciones como las de Angola y el Cuerno de África. El escenario se convierte en global.

Ante esta realidad, desde 1978, los Estados Unidos, en vísperas del fin de las conversaciones SALT1I y

anunciándose un año electoral, proyectan una lectura, del equilibrio con tintes de alarma. A la distensión

psicológica de los setenta, sucede, de nuevo, como en los años cincuenta, una militarización del

pensamiento político. Esta lectura y un análisis de los acuerdos SALT tienen el electo de sacudir a

Europa, que vuelve a ser consciente de su vulnerabilidad. De ahí un doble movimiento: hacia el refuerzo

del sistema general, y comienzo de un pensamiento estratégico propio (euroestrategia). Nada permite

suponer que en los ochenta la posición general de los países occidentales va a ser de inferioridad. Pero la

alarma ha servido para que se comience a ser consciente de que los equilibrios anteriores y las coberturas

de defensa nuclear no pueden ser consideradas como algo automático y natural. Y

para presentar la opción armamento indefinido o distensión institucionalizada.

El cambio de los instrumentos de análisis

Desde los sesenta, a todos los efectos de planificación internacional, el método aplicable generalmente era

el de los estadios de desarrollo. Era más simple que el analizar las especificidades culturales, religiosas,

históricas. A cada estadio —despegue, desarrollo autopropulsado, etcétera— corresponderá, a la postre,

un tipo de organización politica. Servía, además, para justificar a vista de arcángel a las dictaduras de los

países conectados con el capitalismo central. Eran, a pesar de todo, dictaduras para el desarrollo.

Paralelamente en el Esto la teoría del desarrollo marxista era también aplicable universalmente. En este

sector, la especificidad del marxismo chino fue más precoz en la ruptura de los esquemas.

No solamente la revolución chiita en el Irán, sino todo el fermento Islámico y el renacimiento de

doctrinas políticas de salvación, plantean a los pilares de la pretendida biporalidad un problema de

análisis y de práctica. Todo sería más fácil si la desintegración, o mejor, el fraccionamiento del sistema

económico en subgrupos importancia creciente, por ejemplo, del Japón y de los países de la ASEN,

crecimiento calculado más rápido de los países intermedios, etcétera— y el peso financiero de los países

de la OPEP no redujese el poder de los antiguos centros.

La perspectiva es, pues, de múltiples centros regionales y de diferentes valores que regirán las actitudes

políticas. En consecuencia, la posibilidad de tensiones y aun conflictos locales. La inercia de tratar estos

conflictos concretos desde el prisma de una bipolaridad no existente crearía riesgos serios de catástrofe.

En esta perspectiva incide la previsión de cambio de personal político formado en las antiguas ideas.

Evidente en la U.R.S.S., donde lo probable es una dirección tecnocrática durante unos cinco años, que

debe dejar paso a gente con otras ideas. Lo mismo que en el Este. Cambio que se anuncia en China. En

América una institución disminuida, como es la presidencia, no encuentra todavía verdaderos candidatos.

En Europa el papel de la socialdemocracia tradicional se agota y el nuevo centrismo es una amalgama de

un neoliberalismo económico indefenso ante la crisis y de un populismo conservador con imagen

decisionista (Thatcher). La Iglesia vive un periodo defensivo que se manifiesta en una vuelta a la

concepción de Iglesia como potestad frente a la Iglesia como comunidad de fieles.

Las perspectivas de los años ochenta

El lector no debe concluir en el pesimismo. Los primeros años de la década que se inicia, es cierto, van a

ser defensivos por parte de los dos bloques tradicionales. Van a tratar de consolidar posiciones. Ante la

multipolaridad es posible que se llegue a un acuerdo conservador. Es casi probable que asi sea dada la

mutua capacidad de destrucción. Serán años desconcertados respecto a los problemas de fondo. En

Europa la nueva ampliación de la CEE obligará a una consolidación, tal vez con ribetes proteccionistas.

Pero durante estos años se dibujarán las tareas para el segundo quinquenio:

a) Búsqueda y consolidación de un nuevo equilibrio.

b) Instauración de un orden económico mundial, financiero, monetario que tome en cuenta los

nuevos datos.

c) Admisión de la descentralización del poder y creación de zonas para el tratamiento de problemas

específicos.

d) En lo que se refiere a Europa, superación del pesimismo respecto a la relación entre Estado y sociedad

que es el supuesto del nuevo conservadurismo.

(*) Senador del PSOE por Asturias.

 

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